27/4/10

La profesora de piano

La profesora Erika Kohut es una de las más reconocidas en el conservatorio. Es especialista en Schumann y Schubert, a los que interpreta con intensidad y con los que se conmueve hasta las lágrimas en pleno goce estético; es implacable con sus alumnos cuando no alcanzan determinado grado de compromiso al interpretarlos. Erika parece reseca, árida, inflexible; sin embargo, si alguien llegara a conocerla como nosotros, sabría que desea ser amada.
En el plano privado, sus gustos poco tienen que ver con lo romántico. Frecuenta los sex shops desafiando con su mirada a los hombres, que se sienten incómodos ante su presencia en ese ámbito masculino. Disfruta de la pornografía, donde las mujeres aceptan sumisas los portentosos desafíos que imponen los hombres. Espía a las parejas que hacen el amor en un autocine descargando primitivamente sus más bajos instintos. Como su prima lejana, el personaje interpretado por Ingrid Thulin en Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972), es capaz de mutilarse para sentir algo. Hay poco lugar para un hombre en su vida, su madre -con la que vive y comparte la cama- ocupa e invade todos los resquicios posibles para que nada florezca a su alrededor.
La profesora de piano, de Michael Haneke, es un drama tan intenso que roza la comedia, dada la conducta tan inflexible de su protagonista que, en cada paso, se adentra en lo más bajo de la condición humana. Ahora si se provoca alguna risa a lo largo de este film es la que brota de un espasmo nervioso.
Finalmente aparece un hombre en esa tierra baldía, un muchacho más joven, el insistente Walter Klemmer, que se anota en el conservatorio para acercarse al objeto de su afecto. No será tarea fácil, deberá sortear la indiferencia y aceptar la humillación que implica el amancebamiento del amor romántico que lo guía: la profesora impone su propio conjunto de instrucciones para sentirse amada, seguramente aprendidas y mamadas de tanta película porno; Erika está guiada por la mente, nunca por el corazón. No existen páramos ni cumbres borrascosas para ella. Es más, es peligroso acercarse a ellos porque implican el riesgo de la autodestrucción.
Walter acepta la propuesta y aprende a manejarse ante tanta instrucción sadomasoquista, está ante una excelente profesora; demasiado tarde, Erika descubre que no es eso lo que mejor le sienta a su idealismo disfrazado del más degradado materialismo. La escena final -ambientada en un gran teatro - muestra a Erika ansiosa esperando a su objeto amado, en su cartera se oculta un cuchillo -hasta ese punto ha llegado la escalada entre los amantes. Pero Walter no se presta al juego. En un ámbito social se guarece en el grupo -siempre se lo ve en grupos, el deportivo, el de su clase social- y sólo la reconoce como profesora. Y Erika, que estaba dispuesta a pasar por alumna y ponerse a la par del muchacho -reemplazando a una alumna que no podía tocar esa noche- no se presenta a la función y se aleja, tras clavarse una puñalada en el corazón (¿para sentir en carne propia el rechazo del muchacho?), del ámbito de la representación donde se da el hipócrita juego social, ya sea porque se siente incapacitada para participar de él o por ser demasiado auténtica en su sentir para hacerlo.
El animarse a amar -como ella puede, como ella quiere- excluye a Erika de la sociedad. En un comienzo era Walter el que estaba excluido -se le cierra la puerta del ascensor en la cara, separándolo de la arcaica sociedad madre-hija-, se para en umbrales a la espera de ser admitido por la profesora que recién le dirá que sí en el baño del conservatorio, donde comenzará el amancebamiento del muchacho. El desarrollo del film mostrará que Walter sólo puede practicar ese tipo de amor en la periferia de su vida social -un cuarto de limpieza en el vestuario deportivo, el departamento donde conviven las mujeres, espacio de por sí excluido del intercambio que la sociedad admite- dejándola a Erika puertas afuera del teatro con su accionar. Su mentalidad masculina -tantos años de patriarcado- clasifica a esa mujer más como una puta que como una pareja digna de ser presentada en el juego social.
Nuestra solidaridad para con Erika. Con todas sus rémoras lo ha apostado todo al sentir y le ha ido mal. ¿Cómo alguien tan inteligente pudo errarle tan feo? Víctima del patriarcado más abstruso actúa como un robot a control remoto: cree que con su accionar va a tener el control de su situación y termina siendo la víctima más degrada que se pueda admitir. ¿Cómo es que Erika ha pergeñado ese mapa del amor y lo ha puesto en ejecución?

Como siempre en Haneke, el misterio permanece. Su cámara observa conductas desequilibradas en ámbitos limpios y decorosamente ordenados. Aún los baños poseen un orden y una simetría que las conductas de los personajes tienden a desestabilizar. Sin embargo, la implacabilidad de su mirada acumula datos para el espectador.

Estamos acondicionados para pensar que el atroz daño que la profesora le produce a su alumna para que no pueda tocar el piano es una forma de celos: Walter -poco antes- se había mostrado solidario con la temerosa muchacha. Pero esta chica, que no pone toda su pasión cuando toca el piano, viene acompañada de una madre que dice "cuánto se ha sacrificado con su hija" en la práctica del piano (ahora impedida por el "accidente"). Erika la corrige: "su hija se ha sacrificado", sabedora de lo que es tener al lado una madre que vive sus avatares como propios. ¿Y si Erika con su accionar quiere evitarle a la chica una vida como la que su propia madre le dio, puro esfuerzo y práctica de piano, poco lugar para desenvolverse en lo social? De hecho, en el teatro, la alumna dañada forma parte del rebaño del que Erika, al separarse de su madre, al ser despreciada por Walter, queda excluida.
Estamos acondicionados para creer que aquellos que interpretan las emociones más sublimes no son capaces de las mayores degradaciones. A Erika no le ha quedado más que conformarse con su madre; trata de romper con eso y paga un precio muy alto. Esa madre -desembarazada hace mucho de un padre y que es capaz de soltar a boca de jarro, como un castigo hacia la hija por haber llegado tarde y dejarla sola, que su padre ese día ha muerto, algo que no produce ninguna emoción visible en ambas- solícita y guardiana de su hija, le ha inyectado todos sus prejuicios sobre el sexo a la vez que la vampiriza. Erika, a la deriva con sus pulsiones, las descarga en violencia hacia su madre e instrucciones que los hombres deben conocer para poder acceder a ella.
Por otro lado, estamos acondicionados para creer que el arte sólo puede deparar sensaciones gratas y que su frecuentación sólo puede deparar consecuencias positivas para nuestras vidas. ¿Cómo hacer para competir con la sensación de completud que produce una pieza de Schubert o de Schumann, esa sensación de totalidad a la que Erika se ha acostumbrado de tanto abundar en el goce estético y que ningún hombre -haga lo que haga- podrá equiparar? Esa terrible sensación embriagadora que produce el ser uno con el objeto estético, tan similar a la de ser uno con la madre, algo que la misma Erika ha saboreado -como la miel que la madre le introduce con los dedos en la boca a su hijito al comienzo de La luna (Bernardo Bertolucci, 1979)- y en la que ha quedado pegoteada.
Los dardos de Haneke no se detienen aquí. Disfraza a nuestro caballero -negro- con todos los azúcares del amor romántico, las reglas de cortesía y, al mismo tiempo, la impetuosidad para expresar sus deseos. A medida que el relato se desenvuelve notamos que nos están ofreciendo otra versión de Caperucita roja: sólo hace falta que Erika pulse unos pocos botones para que el macho más educado y refinado detone lo que tiene en su memoria más ancestral: años de considerar a la mujer como algo inferior, una presa a cazar, un objeto a poseer y mancillar.
Basada en la novela de Elfriede Jelinek -premio Nobel de Literatura- el film sería imposible de ser imaginado sin la presencia de la gran Isabelle Huppert, esa niña vieja capaz de representar los repliegues más rugosos del espíritu humano con helada impasibilidad, que ganó su segunda Palma de Oro a la mejor actriz (la primera fue con un Chabrol, Niña de día, mujer de noche, en 1978), secundada aquí por la veterana Annie Girardot y el joven Benoît Magimel.

14/3/10

La isla siniestra

La isla siniestra es otra inmersión de Martin Scorsese en las aguas del cine comercial -como lo fueron El aviador y Los infiltrados- lo que ha derivado en éxitos comerciales y nominaciones para el Oscar -ganó al mejor director por el segundo film. Scorsese ahora cuenta con la aprobación de la industria y la taquilla pero con la mirada ceñuda de sus admiradores que encuentran poco de lo que lo convirtió en uno de los directores más excitantes de la generación que dió a luz lo que se llamó el nuevo cine estadounidense de los años 70.
La isla siniestra no es un mal film -posee una calidad en sus aspectos formales y técnicos altamente superior a la de la media los films comerciales- pero se va desinflando a los dos tercios de su metraje, cuando comienzan a darse explicaciones sobre el derrotero del agente Teddy Daniels, sobre quién es en realidad, y el motivo para que esté en un asilo-prisión de lunáticos altamente peligrosos.
El film recurre a toda una batería de artilugios -tormentas, relámpagos, acantilados- propios de la imaginería gótica que logran una ambientación irresistible para el espectador, más cuando el maestro Scorsese pone todo su cuidado formal aprendido de mucho film noir mamado en su infancia y adolescencia, pleno de angulaciones inquietantes en el armado de los encuadres y juegos de claroscuros expresionistas. Pero el director se queda corto de inspiración cuando debe ir cerrando el relato, lo que no le sucedía a los genios que tiene como modelo, el gran Hitchcock de Cuéntame tu vida (Spellbound, 1945) y nuestro adorado Stanley Kubrick de El resplandor (The shining, 1980).
Con aquel film Hitchcock introdujo el psicoanálisis de manera masiva en la producción de Hollywood -con ayuda de Salvador Dalí en la secuencia onírica- a través de una psiquiatra (Ingrid Bergman) que posibilita que otro médico (Gregory Peck) pueda recuperar el control de su conciencia a través de la superación de un hecho traumático vivido en su infancia. El aspecto catártico tenía lugar en el climax del film. En La isla siniestra se da poco antes, ya que el climax del film está dado por una nueva vuelta de tuerca que encaja, tras haber sido falseada más de una vez. (Algunos espectadores, molestos con la forma de Scorsese de presionar la tuerca para que encaje abandonaron la sala antes del final)
En cuanto a El resplandor -otra aventura de un gran director con un material clase B, esta vez exitosa- los ecos resuenan por doquier. Abrazos a mujeres que se transforman en otra cosa, música de autores clásicos contemporáneos llenando de acordes ominosos cada recoveco del asilo, el tema de la mente como laberinto del que no se puede escapar, los fantasmas de un pasado mal sepultado que se empeñan en disfrazar el presente...
Otros grandes directores intentaron darle forma a la locura de manera más o menos exitosa pero con presupuestos menos rimbombantes. No hay más que recordar la primera aventura de Hitchcock como productor independiente: Psicosis (1960), de la que se encuentran ecos aquí en el desdoblamiento del personaje de Daniels con el interpretado por la siempre cautivante Patricia Clarkson; o los logros de Roman Polanski en Repulsión (1965), donde una Catherine Deneuve con disfraz de bella durmiente hacía de su esquizofrenia un arma letal en pleno Swinging London. Sin olvidar a la enigmática Imágenes (Robert Altman, 1972), donde una autora de cuentos infantiles -Susannah York- juega a las escondidas con marido y amantes entre los pliegues inestables de su deteriorada mente.
¿Y qué decir del legado de Ingmar Bergman, aquí traído de las tinieblas por la presencia de uno de sus actores más característicos, Max von Sydow, el famoso padre Merrin de El exorcista (William Friedkin, 1973)? Dada su abstracción quizás uno se de cuenta que Persona (1965) es uno de los films de horror más espeluznantes de la historia del cine, para no mencionar La hora del lobo (Vargtimmen, 1968) o, cuando el gran sueco filmaba ya con piloto automático y era una gran marca registrada, Cara a cara (Ansikte mot ansikte, 1975), donde la psiquiatra Liv Ullman debe ser asistida por otro profesional para que la exorcise de los demonios de su infancia, habitados por abuelitos que no son los de un cuento de hadas precisamente.
Uno de los logros fundamentales de La isla siniestra radica en la dirección de actores. Di Caprio está muy convincente en sus idas y vueltas por el limbo y demuestra una vez más que una estrella también puede ser un gran actor, como lo hizo el año pasado en Sólo un sueño (Revolutionary Road, Sam Mendes). No por nada se ha hablado de él como el sucesor de Robert De Niro y ya iguala en cantidad a éste en su colaboración con Scorsese (ya llevan 4 filmes juntos). Mark Ruffalo siempre da bien como segundo, y aquí le toca ser el compañero de Teddy Daniels y de los doctores protagonizados por Sydow y Ben Kingsley.
Y yo me pregunto si hay alguna película donde aparezca Ben Kingsley que no merezca ser vista. Su autoridad, su ambigüedad, se constituyen en manos de Scorsese en un pilar fundacional de esta isla. No podemos saber a ciencia cierta si es un hombre profundamente humano o uno de los villanos más tortuosos que podamos recordar. Y esa inasibilidad que transmite en su interpretación le da una verosimilitud al film que merece ser admirada. Si Scorsese logró que Sharon Stone pudiera ser nominada para el Oscar por Casino (1995), imagínense lo que puede conseguir de semejante actor.

22/2/10

Chinatown

Polanski, Evans, Nicholson y Towne son auténticos vampiros. ¡Pero qué vampiros! Entre los cuatro consiguieron que Barrio Chino fuera una película extraordinaria. Por desgracia no creo que volvamos a verlos reunidos otra vez, créanme. Esos milagros se dan una sola vez en la vida. Esos tipos son, en su estilo, lo más temible de Hollywood, uno reyes del doble juego, de la manipulación, y seguro que fueron a degüello los unos con los otros. No me quiero ni imaginar lo que fue ese rodaje. Pero al final les salió una obra maestra. El mayor mérito lo tiene Bob Evans, que seguro que tuvo que estar todo el rato de árbitro, porque los otros debieron pasarse el tiempo saltando a la yugular de los demás y soltándose cada vez más golpes bajos. Pero eso no les impidió hacer la película más perversa y más degenerada de la historia del cine. No hay película más tétrica, ni más enloquecida ni más desesperada que Barrio Chino. Ni nunca la habrá.
Brian de Palma



Barrio Chino es uno de los mejores films de una década pródiga para el cine estadounidense. Y también es el fruto de una amalgama de talentos que estaban en la mejor faceta de su madurez creativa: el director Roman Polanski, el productor Robert Evans, y el actor Jack Nicholson.
Polanski regresaba a Hollywood tras el logro de El bebé de Rosemarie y el homicidio de Sharon Tate, su esposa. Robert Evans venía de haber producido una serie de éxitos que reflotaron a la compañía Paramount Pictures: aquel film de Polanski (1968), Love Story (1970) y El padrino (1972). Nicholson traía en su haber una década de trabajos en films de bajo presupuesto hasta que comenzó a ser notado en Busco mi destino (1969) y Mi vida es mi vida (1970), transformándose en un actor de prestigio que acumulaba nominaciones para el Oscar pero que sólo sería una estrella tras el formidable éxito de Barrio Chino.
El guión de Robert Towne, -desde entonces considerado uno de los mejores guionistas de Hollywood y afamado por haber aportado ideas y retoques en muchos guiones problemáticos como script doctor-, es objeto de estudio en las universidades de cine de los Estados Unidos. Propone una relectura del género negro (el film noir, como lo etiquetaron los franceses) que reevalúa los aportes de dicho género a la vez que toma distancia de ellos.
Aquí el detective Jack Gittes es altamente reconocido por sus tareas investigando los pedidos de sus clientes que, mayormente, quieren saber si sus parejas les son infieles. También goza de celebridad, suele aparecer en los diarios, y a diferencia de los Phillips Marlowes o Sam Spades, con su lado romántico e idealista, hace gala de un sonriente cinismo. Nunca usa impermeable, anda vestido de manera moderna y elegante y sus tarifas pueden ser muy altas (de hecho, tiene un despacho y asistentes). Desde un cometido que terminó mal cuando pertenecía a la fuerza policial y trabajaba en el Barrio Chino, Gittes se ha prometido no volverse a involucrar en una historia de las que debe investigar... hasta que pasa a ser un peón dentro de una trama que él no domina y que tiene que ver con uno de los casos de corrupción más flagrantes en la historia de Los Ángeles.
Los ingredientes del género están pero modificados. La mujer fatal no es rubia (como Rita Hayworth en La dama de Shangai) ni morocha (como la Jane Greer de Retorno al pasado), sino castaña. La Evelyn Murray que compone con suficiente dosis de enigma Faye Dunaway ha sido retocada por Polanski, que dio indicaciones a la actriz para que se maquillara como él recordaba que lo hacía su madre, la boca pintada en forma de corazón, las cejas depiladas y luego dibujadas por una línea. La mujer fatal -siempre una fuerza propulsora que puede arrastar al héroe hacia su propia destrucción- encamina al detective hacia una nueva desilusión -lo que cumple con el propósito trágico que el género destina a su héroe- otra vez en el Barrio Chino. Pero también esta mujer fatal es víctima, anudando con su historia el caso de corrupción política -un entramado donde el agua es utilizada en un periodo de sequía para abaratar las tierras del valle y poder así comprarlas a precios irrisorios- con el caso de corrupción familiar que lleva escrito en el cuerpo.
La década del 70 es aquella en que Hollywood comienza a reflexionar sobre su pasado. La cercana derrota en Vietnam más el descrédito de las instituciones tras Watergate produjeron una fuga hacia un pasado ideal. En este contexto, fue notable la intuición de Polanski al otorgarle a John Huston el papel del villano, director que ha quedado en la historia del cine como iniciador del género al adaptar y dirigir El halcón maltés en 1941. Simpático y campechano, Huston es la encarnación del mal, alguien que quiere más poder por el sólo hecho de tenerlo y adueñarse del futuro (no sólo de Los Ángeles, también del de su nieta).
La trama es complicada y enrevesada como el género exige. Está estructurada en base a dobles y duplicidades. Hay dos Evelyn Murray (una la real, otra la encarnada por una prostituta). Hay dos hijas, una que ha sido esposa -sin firmar documentos- y madre, y otra que puede llegar a serlo. Hay dos esposos, uno con papeles y otro con derechos de señor feudal. Hay dos eventos que suceden en el Barrio Chino, uno en el pasado e indeterminado, otro ante nuestros azorados ojos.
Polanski es un director muy visual y todo lo que tiene que ver con la mirada es determinante para él. Cuenta la historia desde el punto de vista de Jack (se dice que eliminó la narración en off típica de este tipo de relatos y predeterminada en el guión de Towne), observa a Murray y "su amante hija" con una lente en la que se reflejan anticipando al espectador una aberración mayor, deja constancia de una mácula oscura en el iris verde de Evelyn, le hace golpear la cabeza contra el volante del auto haciendo sonar un bocinazo, bocinazo que anticipa el final en el Barrio Chino, donde Evelyn hará sonar la bocina pero con el faltante de un ojo edípicamente arrancado.
El guión de Towne terminaba con un happy ending. Polanski lo reescribió y no permitió que la víctima saliera con vida. El poder se mantiene impune, hace que los subalternos gatillen y se abalanza sobre la próxima víctima, la "otra" hija. Hasta entonces Polanski nos había escatimado florituras estilísticas -no están los préstamos que el cine negro clásico ha tomado del Expresionismo alemán- pero se despacha con un plano secuencia que permitirá que descubramos con Jack qué es lo que le ha sucedido a Evelyn mientras la bocina suena. También ese final provee a Barrio Chino de las luces de neón y el asfalto húmedo característicos del género en su etapa clásica; hasta entonces nos movíamos en una Los Ángeles luminosa y abierta que, desde la escéptica mirada de Polanski sobre la condición humana, enmascaraba un castillo gótico donde el verdugo ha reemplazado a una doncella mayor por una más joven.
Y Jack descubrirá que ha sido víctima de un malentendido, como aquellos que solían darse cuando trabajaba en el Barrio Chino y no dominaba la lengua de sus interlocutores, permitiendo que se produzca un daño mayor.

4/2/10

Premios Oscar, las nominaciones

Película
- Avatar, de James Cameron
- Un sueño posible /The Blind Side, de John Lee Hancock
- Sector 9, de Neill Blomkamp
- Enseñanza de vida, de Lone Scherfig
- Vivir al límite, de Kathryn Bigelow
- Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino
- Un hombre serio, de Joel y Ethan Coen
- Up, una aventura de altura, de Pete Docter
- Amor sin escalas, de Jason Reitman
- Precious, de Lee Daniels

Dirección
- James Cameron por Avatar
- Kathryn Bigelow por Vivir al límite
- Quentin Tarantino por Bastardos sin gloria
- Lee Daniels por Precious
- Jason Reitman por Amor sin escalas

Actriz protagónica
- Sandra Bullock por Un sueño posible
- Helen Mirren por La última estación
- Carey Mulligan por Enseñanza de vida
- Gabourey Sidibe por Precious
- Meryl Streep por Julie & Julia

Actor protagónico
- Jeff Bridges por Loco corazón
- George Clooney por Amor sin escalas
- Colin Firth por Sólo un hombre
- Morgan Freeman por Invictus
- Jeremy Renner por Vivir al límite

Actriz de reparto
- Penélope Cruz por Nine, una vida de pasión
- Vera Farmiga por Amor sin escalas
- Maggie Gyllenhaal por Loco corazón
- Anna Kendrick por Amor sin escalas
- Mo’Nique por Precious

Actor de reparto
- Matt Damon por Invictus
- Woody Harrelson por The Messenger
- Christopher Plummer por La última estación
- Stanley Tucci por Desde mi cielo
- Christopher Waltz por Bastardos sin gloria

Guión original
- Vivir al límite (Mark Boal)
- Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino)
- The Messenger (Alessandro Camon y Oren Moverman)
- Un hombre serio (Joel Coen y Ethan Coen)
- Up, una aventura de altura (Bob Peterson y Pete Doctor)

Guión adaptado
- Sector 9 (Neill Blomkamp y Terri Tatchell)
- Enseñanza de vida (Nick Hornby)
- In The Loop (Jesse Armstrong, Simon Blackwell, Armando Iannucci y Tony Roche)
- Precious (Geoffrey Fletcher)
- Amor sin escalas (Jason Reitman y Sheldon Turner)

Película animada
- Coraline y la puerta secreta, de Henry Selick
- Fantastic Mr Fox, de Wes Anderson
- La princesa y el sapo, de John Musker y Ron Clements
- The Secret of Kelis, de Tomm Moore
- Up, una aventura de altura, de Pete Docter

Película extranjera
- Ajami (Israel)
- El secreto de sus ojos (Argentina)
- La teta asustada (Perú)
- Un profeta (Francia)
- La cinta blanca (Alemania)

Antes de ayer han salido las nominaciones para los premios más famosos de la industria del cine radicada en Hollywood.
Para mejor película la que más chance tiene, a mi modo de ver e intuyendo un poco el modo de votar de la Academia, es Avatar, ya que representa aquello que hace fuerte y perdurable a la industria: el gran espectáculo, los adelantos tecnológicos, las grandes recaudaciones.
Le pisa los pies Vivir al límite (The hurt locker, de Kathryn Bigelow, ex esposa de Cameron), un tenso film de género, muy bien realizado, que apoya el punto de vista del ejército de ocupación en Irak, es de producción independiente y encanta a los críticos pero ha recaudado muy poco en taquilla.
Las otras 8 se encolumnan con menos chances: Bastardos sin gloria está muy bien realizada por Tarantino pero tiene más posibilidades en el rubro actor secundario (antológico Christopher Waltz), guión original o dirección, que en el de mejor película. Tanto Enseñanza de vida como Precious, son buenos melodramas con buenas actuaciones pero no llegan a las alturas que gustan premiar en Hollywood, lo mismo la fallida Amor sin escalas, un tropezón del joven director de Juno. The blind side, que tiene a Sandra Bullock como única virtud ya que se trata de un melodrama muy básico, con todas las características de una película del canal Hallmark, ha sido un film muy taquillero, pero también muy menor. Sector 9 es un excelente film de ciencia ficción, como ya hemos destacado en este blog, pero tiene más posibilidades en el rubro guión adaptado o efectos especiales. Up! es una joya de los estudios Pixar, pero siendo un film de animación es poco proclive a ser votado en esta categoría. El film de los Coen, su mejor comedia, difícilmente sea votado ya que su interés es muy minoritario.
En cuanto al rubro dirección la tarea titánica de James Cameron difícilmente sea superada por la precisión de su ex esposa o el alto grado de estilización de Tarantino.
Como actriz, dudo que Meryl Streep se lleve el Oscar por Julie y Julia, por más esperpéntica que sea su interpretación. En cambio veo altas posibilidades para Sandra Bullock por The blind side, ya que ha sido siempre la rueda de recambio de Julia Roberts que ahora está en baja, es una ardua trabajadora del cine comercial y se prueba como actriz dramática sensible. Helen Mirren ya lo ganó recientemente por La reina y las otras dos candidatas son muy jóvenes como para tallar ante semejantes compañeras de rubro.
Como actor, Jeff Bridges, un actor todo terreno, es un número puesto. Al igual que Bullock es un enorme trabajador del cine comercial y parece que le ha llegado su hora. Freeman, por más Mandela que esté en Invictus, ya lo ganó hace poco como actor secundario en Million dollar baby. A Clooney siempre le faltan 10 para el peso y este caso no es la excepción. Colin Firth ya está premiado con ser nominado y el actor de Vivir al límite recién está empezando.
En el rubro que más nos interesa a los argentinos este año, El secreto de sus ojos compite con nada menos que un Haneke, La cinta blanca, de factura clásica y enigmática, y con Un profeta, un brillante drama carcelario de Jacques Audiard. Sin embargo creo que es la peruana Claudia Llosa la que más fuerza puede hacer contra la película nacional por sus característcias emotivas. El film de Haneke se ha llevado ya todos los premios importantes -Cannes y el Globo de Oro. Del film israelí se sabe que tiene mucho color local pero poco más.
Como actor secundario lo que hace Waltz en Bastardos sin gloria no tiene parangón entre sus colegas de este año, por más que Stanley Tucci sea lo mejor de Desde mi cielo (fallido film de Peter Jackson) y Woody Harrelson se esmere mucho en El mensajero. Para nosotros Christopher Plummer será siempre el capitán von Trapp de La novicia rebelde por más que aquí haga de Tolstoi y Matt Damon nos puede ofrecer cosas mejores que su líder impoluto en Invictus.
Nos gustan mucho las dos actrices de Amor sin escalas pero en el rubro mejor actriz secundaria es la cantante Monique la que se lleva la estatuilla, ya que tiene uno de esos papeles que son difíciles de olvidar. La Gyllenhaal merece ganarlo alguna vez como actriz porque es una de las más dúctiles que existen en el mercado y Penélope Cruz no puede ganarlo durante dos años consecutivos por representar el mismo estereotipo de latina ardiente que hizo en Vicky Cristina Barcelona.
Cabe destacar que este año en la ceremonia se honrará la carrera de la siempre radiante Doris Day, varias veces nominada y nunca ganadora de un Oscar.

28/1/10

El secreto de sus ojos


El secreto de sus ojos es la película nacional más exitosa del año pasado en la Argentina. Y tiene razones para serlo, ya que su director -José Luis Campanella- ha logrado una buena pieza de artesanía que conjuga lo popular con lo mejor del cine de género. Sazonar un buen melodrama y una trama policial con ingredientes varios como el culto a la amistad, la pasión por el futbol y esa melancolía tan propia de los porteños, más el adicional del contexto político -un arco que abarca desde el gobierno de Isabel Perón hasta las postrimerías del de Carlos Menem, en el que la justicia como institución se muestra como una máquina burocrática susceptible a los alientos del poder político de turno- hacen que la receta sea irresistible. Más si se le suman dos íconos populares como Ricardo Darín -destinado a ser la gran estrella del cine nacional desde Nueve reinas, con su imagen de hombre galante y pudoroso, idealista e inteligente, capaz de meter sus zapatos en el fango para descubrir su verdad- y Ricardo Francella, un bufo de proporciones que se atreve a aguas más profundas.
Un asesinato ocurrido en 1974 -se encuentra al asesino pero, por diversos motivos, no cumple condena- ha impresionado las retinas de Benjamín Expósito (Ricardo Darín), un empleado judicial que, contemporáneamente, se enamora de su jefa (Soledad Villamil, actriz tan bella y melancólica como expresiva), una abogada recibida en Cornell, de una clase social diferente a la suya. Aquella impresión subsiste 25 años después, lo que lleva a Expósito -ya jubilado- a escribir una novela que le servirá para ajustar cuentas con ese pasado que aún no cerró. Esto da pie para un ejercicio de la memoria, siempre impreciso, con flashbacks -como el del momento de la violación y el asesinato de Liliana- que parten de una foto o de la visita a la escena del crimen, o el de la reconstrucción de los últimos momentos de Sandoval (Francella), en el que Expósito supone que su amigo se sacrificó por él a raíz de unas fotografías que fueron vedadas a la mirada de los asesinos. Y también la escritura da pie a la autoindagación y a la investigación, lo que llevará Exposito a la revelación final de cómo hizo el viudo para sobrevivir al vacío de la perdida de su esposa durante tanto tiempo.

El film está claramente dividido en dos partes. En la primera asistimos a un policial de los clásicos: quién mató a Liliana (el motivo será un crimen pasional). Cuando lo sabemos, pasamos al policial negro (hay un asesinato por motivos políticos) y su trama de corruptelas -insinuada en los manejos judiciales de la primera. El asesino ha sido eximido de su condena por pertenecer a una organización cercana al poder -podemos suponer que es la Triple A; también lo hacen imaginar las distintas letras A que la máquina de escribir se empeña en escribir desfasadas. No hace falta que ningún personaje lo mencione. Que el asesino sea un custodio de Isabel Perón mientras es presidenta (en una imagen de noticiero trucada a lo Forrest Gump) dice más que mil palabras. La prosecusión de la investigación hace que Expósito deba sufrir un exilio interno -irse a vivir a Jujuy bajo la protección de Irene y su familia (que posee un feudo allí, algo que no nos parece inverosímil en el contexto de nuestra realidad nacional).
Los 25 años transcurridos desde aquellos hechos llevan a Expósito a darse cuenta que su existencia ha derivado en un vacío. No es el único; Irene también ha cumplido con todos los mandatos de su clase -se ha casado, ha tenido hijos, ha ascendido profesionalmente- pero también ha naufragado en el vacío. Ambos personajes harán justicia a las reglas del melodrama cuando acepten unir sus vidas tras tantas dilaciones y postergaciones. No sin que antes Expósito averigüe qué ha sucedido con el asesino de Liliana y su viudo. Una visita a las afueras resultará develadora. Se ha hecho justicia, una forma de justicia en un país donde la justicia es una quimera manejada por los políticos. La condena a cadena perpetua se ha cumplido, se está cumpliendo efectivamente. El viudo de Liliana ha sabido cómo llenar su vacío.
La mirada es un principio constructivo del film. No sólo las que se arrojan Expósito e Irene, que hablan del amor que se tienen y no se animan a expresar, también la del asesino hacia su futura víctima a través de una serie de fotografías. La mirada del pasado que tiene Expósito tiene la cobertura del thriller cinematográfico -no vemos quién está violando a Liliana- o del melodrama -la eterna despedida de Irene en el andén del tren: años más tarde ella no la recordará de esa manera.
Otro de los principios constructivos es el de las puertas: se abren, se entornan, se cierran. De hecho Expósito observará desde una puerta entornada (la puerta cerrada de) la celda final en que está el asesino. El film se cierra con un encuadre de una puerta cerrada del despacho de Irene: allí sucede algo muy privado, se discuten las alternativas de la consolidación del amor tanto tiempo postergado con Expósito.

Como siempre cuando un film nacional alcanza tanta trascendencia se escuchan voces discordantes acerca del verosímil empleado en los diálogos ("No se hablaba así en los años 70") como si el film debiera ser un documental arqueológico, o en la forma de representar a una institución: "la justicia no funciona de esta manera en este país". Los responsable del film crearon ese verosímil de la justicia nacional, tan respetable como cualquier otro en un film de ficción. Son objeciones menores derivadas de la tiranía a la que somete el realismo, que no es más que otra forma de representación y no la única; me parece que lo importante es destacar que El secreto de sus ojos es un film comercial muy bien realizado, que se inserta en el debate actual acerca de si se puede seguir adelante en un país sin memoria ("Olvídese Expósito, dé todo por terminado") y sin alguna forma de justicia que repare las heridas de las víctimas.
El film parece decir que cuando se haga justicia se podrá dejar de vivir en el pasado para conquistar el futuro y empezar a sentirse pleno.

22/1/10

Ojos bien cerrados

Estas reflexiones sobre Ojos bien cerrados (1999), fueron escritas a poco de la muerte de Stanley Kubrick, mi director favorito, en el seno de un curso que dicté sobre él:


Dentro de la filmografia de Stanley Kubrick este film postrero parece ser el más cercano a sus intereses. No sólo está uno de sus autores favoritos —Arthur Schnitzler es el autor de la novela que le sirve de base- sino que también está presente el espíritu de uno de sus directores predilectos, Max Ophüls, que abrevó en la obra del escritor en dos de sus más famosos films: La ronda y El placer. El recorrido del héroe de Ojos bien cerrados está adherezado por los elementos de estilo que ya hemos visto en otros films del director: una frontera intangible entre el realismo y el surrealismo, entre la vigilia y los sueños que lo sitúa en esa zona de su filmografía conformada por Lolita y Dr. Insólito.
Lolita se iniciaba con un viaje — la imagen de un auto se hundía en una ruta- que tenía la cualidad imprecisa y onírica de lo surrealista. El humor del personaje de Quilty, más matizado en este film, preside las repeticiones y asociaciones casuales que van entretejiendo el relato: la frase "¿Quieres ir adonde termina el arco iris?", pronunciada por una de las muchachas que pugnan por seducir al dr. Hartford (Tom Cruise) en la fiesta de Ziegler (Sidney Pollack) encuentra su correlato en la tienda "Rainbow fashions", donde se da una cierta situación de pedofilia, lo que vincula el film directamente con Lolita y con El mago de Oz, donde Dorothy, la protagonista, realiza un largo periplo por un mundo onírico para terminar dándose cuenta que no había lugar como el hogar, algo similar a lo que descubrirá el doctor. Otras asociaciones: tras asistir como voyeur a una orgía, el dr. Hartford regresa a su departamento y descubre que su mujer (Nicole Kidman) estaba soñando con ser la protagonista de una orgía. Buscando el paradero de un amigo pianista que ha desaparecido un poco misteriosamente, el Dr. Hartford inventa que debe darle unos análisis que son importantes para su salud. En una escena posterior, se entera que una prostituta con la que casi tiene relaciones sexuales ha recibido unos análisis que le confirman que es HIV positiva.

Por otro lado, esta insólita comedia romántica revela un lado moral. El tema es la fidelidad, y todo lo que pueda ponerla en peligro aparece como peligro mortal para el protagonista. Esto lo podemos ver a través de tres secuencias que insertan al personaje dentro de un amplio friso social. La primera es la del baile en la casa de Ziegler, donde debe socorrer a una prostituta con la que éste —un hombre casado- ha tenido relaciones. La muchacha es víctima de una sobredosis que pone en peligro su vida (alguien siempre pierde en el adulterio). La segunda es la de la orgía a la que concurre a espaldas de su mujer, donde Hartford es descubierto como un infiltrado en ese medio y es obligado a desenmascararse. De poco le sirve ahí su identidad como doctor y su dinero: sus contrincantes son infinitamente más poderosos y pueden darse el gusto de jugar con él (como lo hará Ziegler ante la mesa de billar más tarde). El castigo podría haber sido peor (aunque siempre penderá una amenaza mortal sobre él y los suyos) si una dama misteriosa no ofrendaba su vida a cambio de la suya (¿Amanda Curran le agradece de esta manera el haberle salvado la vida cuando lo de la sobredosis? ¿La vida de Amanda no tiene valor en ese mundo de imágenes descartables y decide "suicidarse" de manera altruista, ayudando a otro que tiene lo que ella no tiene, es decir, una familia? No conocemos las motivaciones de Amanda y las causas de su muerte quedan bajo un manto de confusión). En la tercer secuencia, la final de la película, el dr. Hartford ya se ha confesado ante su mujer (aunque no se nos muestra qué le confiesa) y, tan desorientado como siempre, le pregunta qué deben hacer. Se hallan en una gigantesca juguetería, rodeados de juguetes —oso y tigres, uno de ellos nos recuerda al que tenía la prostituta Dominó sobre la cama- en serie (al igual que se hallaban rodeados de personas que parecían imágenes en la fiesta —"no veo ni un alma" había dicho él-, o rodeado de máscaras en la orgía) y ella le dice que en ese mundo lleno de peligros han sobrevivido y que el mejor tesoro que poseen es el de su intimidad, con sus pro y sus contra, pero es lo que tienen. Y ahora que el está despierto —uno como espectador duda que lo esté ya que todo debe preguntárselo a ella- deben dedicarse a hacer lo que él buscó fuera del matrimonio: coger.


¿Qué sucederá con ellos? Una pista nos la puede dar el uso que Kubrick le da al vals de Shostakovich. Aparece en tres momentos del film: durante las imágenes iniciales, que dan idea de cotidianeidad matrimonial (el dr. Hartford apaga el equipo de audio del que brota el sonido, o sea que era sonido ambiente). La segunda vez, siguiendo la rutina laboral del doctor atendiendo en su consultorio y de Alice atendiendo a su hija en casa (aquí es como "musicalización", viene como tocado por el "narrador Kubrick"). La última vez es como fondo de los títulos finales del film, después de la escena en la juguetería. Si en las dos primeras ocasiones se connotó a esa música con sentidos que tienen que ver con lo rutinario, el más allá de la historia de este matrimonio podría apegarse a las mismas connotaciones, más si se ve en su recurrir a ella como un cierre de tipo cíclico. Bill y Alice seguirán juntos, pero rodando como en un vals, haciendo círculos sobre lo mismo... (Una lectura más positiva conectaría el tema del vals con La ronda de Ophüls y la función que se le asigna allí: el vals es necesario para que siga la ronda del amor).

Escuchá el Vals Nro. 2 de Dmitri Shostakovich

Es obvio que el concepto de lo que es el amor es harto complejo en Kubrick, y aparece descarnadamente desprovisto de los azúcares con que suele bañárselo. No se lo puede pensar como algo que se da de una vez y "para siempre", como le gustaría al acomodaticio dr. Hartford (y a las niñas y al Jack Torrance de El resplandor, que pronunciaban la misma frase y que ya estaban del lado de lo muerto y lo congelado en el tiempo) para acallar las dudas que la confesión de su mujer le despierta, que ponen en serio peligro una identidad tediosamente construida en base a un rol social —ser médico; resulta patético cómo muestra a cada uno su identificación- y el dinero que de ella se deriva (pocas personas han gastado en tres días tanto para no conseguir más que lo que ya tenían). Lo que la confesión de Alice pone en evidencia es que se halla ante una máscara —un yo tan débil y temeroso que entra en crisis cuando las cosas (que su mujer pueda desear a otro hombre) no encajan en esos esquemas condicionantes con los que ha crecido. En este sentido, Ojos bien cerrados casi hace un cartel de neón de su título: el dr. Hartford no escapa del destino de otros personajes de Kubrick, manejados para "parecer" mejores en el sistema que se desempeñan. Claro es que Alice —relacionada con el arte y en ese momento desocupada- prefiere mirarse a sí misma en el espejo que dejarse llevar por los reflejos condicionados de su marido, una especie de Hal -la computadora de 2001, odisea del espacio- que atrae las pulsiones de muerte que se hallan por los alrededores. Para salir del atolladero, Alice proclama que la relación debe renegociarse constantemente —"no digas para siempre"- y que al convencional "hacer el amor" hay que adosarle la dosis de salvajismo propia de los monos de 2001 ("coger"). Como se ve, el concepto de "amor" en Kubrick supone que uno de los miembros de la pareja siga los deseos del otro —relación de poder, el más conciente triunfa- e implica una dosis de violencia regulada por la misma pareja para permitir la supervivencia de la misma.


La posición de Alice al cerrarse el film es muy similar a la enunciada por Joker en la escena final de Nacido para matar: vivimos en un mundo de pura mierda —rodeados de imágenes seriadas y letales- pero he sobrevivido y ya no tengo miedo, quiero el culo y las tetas de María Culopodrido...
Para finalizar, hay un aspecto de comedia en Ojos bien cerrados que se relaciona con el subtema de los celos y la obsesión. Para vengar el daño que su mujer le produce con su confesión, Hartford se lanza a una búsqueda maquínica de sexo fácil y, si bien recibe multitud de propuestas, nunca las puede llevar a buen término por uno u otro motivo. En este sentido, Ojos bien cerrados tiene más de un punto de contacto con Después de hora de Martin Scorsese, también ambientada en Nueva York, inserta también en una lógica onírica y delirante, aunque mucho más paranoica. Pero el film de Kubrick tiene un trasfondo mucho más trágico, ya que después de la segunda confesión de su mujer, podemos ver cómo el rostro del dr. Hartford luce "la mirada de las 1000 yardas", mirada que hemos visto en otros personajes de su filmografia y que denota un dolor infinito ante lo vivido.

20/1/10

Sherlock Holmes


Esta nueva versión del clásico personaje de Arthur Conan Doyle tiene más de comedia que de policial ya que la trama principal tiene que ver con la relación entre los dos protagonistas, el famoso detective (interpretado por Robert Downey Jr. con cáustico ingenio) y su ¿fiel? colaborador, el doctor Watson (el sensual Jude Law). Watson ha decidido mudarse del edificio que ambos comparten en Barker Street para comprometerse con una señorita: de ahí en más, asistiremos a una serie de obstáculos planeados por Holmes para que su amigo no lo abandone. El caso policial es la excusa que se erige para mantenerlos juntos.
El film tiene mucho de la serie James Bond (el macguffin que obsesiona a Lord Blackwood, el eficaz villano), y se nota la mano de Guy Ritchie (Juegos, trampas y dos pistolas humeantes, Snatch, cerdos y diamantes) en el ritmo febril que se le imprime al relato y en los reconocidos flashbacks que aportan explicaciones sobre sucesos acontecidos y/o las deducciones de Holmes. Dirigido a un público adolescente -como la mentalidad que reflejan todos los filmes del ex de Madonna-, las mujeres representan más obstáculos y desafíos que posibilidades para el placer y la relajación. No es casual que no destilen sensualidad y que sean más masculinas en sus características que los protagonistas: el personaje de Rachel MacAdams -supuesto interés romántico de Holmes- inunda de color con sus rojos el desvaido tinte utilizado por la fotografía para representar la época victoriana y se muestra liviano de ropas, pero no logra eclipsar el fuerte homoerotismo que el film despide.
Así y todo, el film es harto entretenido y deja abierta la posibilidad para futuros capítulos de una serie.

Avatar


Avatar no es más ni menos que lo que uno espera de James Cameron pero en 3D. Un gran espectáculo con una historia mínima, desbordante de efectos especiales y lo último en tecnología. Y de Avatar lo que seduce no es la historia -una empresa privada trata de apoderarse, con la ayuda de un ejército de mercenarios, de un mineral que se encuentra en una luna lejana llamada Pandora que ayudará a sostener la economía del planeta Tierra- sino la posibilidad de sumergirse en ese mundo junto con Jake Scully, un soldado paralítico que mediante un "avatar" podrá recuperar las piernas y correr junto con nativos y unos cuantos monstruitos que habitan esa atmósfera.
Hay una metáfora que recorre la película y es la de "aprender a ver". Jake tendrá que ver que lo que pretende la empresa que representa no está bien, que afectaría al ecosistema de Pandora, y el espectador aprenderá que cuando el 3 D está aplicado con la "naturalidad" con que lo emplea Cameron ve una película radicalmente distinta a las que recurren habitualmente a ese sistema. Ver Avatar en la gigantesca pantalla Imax es sentirse Jack Scully, volar con él, palpitar con él.
Los efectos están particularmente bien logrados, no se notan las sobreimpresiones que se advertían en -por ejemplo- King Kong (Peter Jackson, 2005) cuando unos dinosaurios perseguían a un grupo de personas, y las capas de fondos que hay dentro de una misma imagen dejan sin aliento. Sin duda la gran virtud de Cameron es que sus simples historias -otra voltereta sobre el mito de Pocahontas- no dejan de ser historias muy bien contadas sobre las que él vierte las últimas posibilidades tecnológicas. Sin su capacidad narrativa, nada sería muy efectivo. Y si bien Cameron no posee la sutileza de un Spielberg, el efecto invasivo sobre el espectador de sus imágenes logra algo muy cercano a la fascinación.
La película tiene un mensaje anti imperialista y ecologista de llana liviandad. Lo gracioso es que para transmitirlo Cameron invada todas las pantallas del mundo alfombrado por más de 250 millones de dólares de presupuesto. Yo no creo como dicen que Avatar sea una experiencia revolucionaria para el cine pero sí que es un entretenimiento grandioso que bien vale cada centavo que en él se ha invertido.

10/1/10

Nashville

Recuerdo haberla visto por primera vez a principios de los años ´80 en la sala Lugones del Centro Cultural San Martín, a la que solía ir habitualmente. Estábamos en plena primavera alfonsinista, era una época de optimismo y plena de descubrimientos. Se había liberado la agobiante censura que había instaurado el gobierno dictatorial y todas las semanas se estrenaban en las salas comerciales films que habían estado demorados durante años: se podían ver La naranja mecánica, el Último tango y el Novecento de Bertolucci, y multitud de filmes en su metraje original, sin los cortes que los censores les habían infligido. Fue una época dorada para la cultura cinéfila, sólo comparable con el advenimiento masivo de la videocasetera, unos seis o siete años más tarde.
De Robert Altman ya había visto en un cine de barrio MASH, el gran éxito de taquilla de su carrera, con 18 años recién cumplidos y en doble programa con otra joya del cine de los 70, Cabaret (Bob Fosse, 1972). Pero MASH no me había llamado tanto la atención como lo hizo Nashville. ¿Qué tiene este film de 1975 que todavía me fascina? Durante años atesoré una copia imposible - doblada al español, formateada en pan/scan, sin ningún tipo de subtítulos para las canciones- que pasaron en un canal de televisión. En cuanto pude me compré el dvd zona 1 que venía sin subtítulos en español, pero con un comentario de Altman y subtítulos para sordos -en inglés. Fue el primer dvd zona 1 que me compré y fue una de mis mejores inversiones, ya que podía volver a apreciar el film en su formato widescreen. Siendo un film tan localista y minoritario, difícilmente se edite en la Argentina, aunque haya competido por el Oscar a la mejor película en su momento.
Hoy día, Altman es uno de mis directores favoritos, y Nashville, la joya de su corona. Para algunos críticos es el film estadounidense más importante de esa década. Para mí es un festín inagotable ya que aúna el entretenimiento con la curiosidad intelectual y la emoción. Nunca me canso de verlo. Nashville es un extraño coctel que mezcla el género musical con el film político, sigue el desarrollo azaroso de 24 personajes y documenta lo que era esa ciudad a mediados de la década del 70, la capital de la música country, lo que para nosotros sería Cosquín, con su gravitación para el folklore. Pero, por encima de todo, Nashville es una gran sátira, que observa a sus personajes a veces corrosivamente, otras veces piadosamente. Altman dijo: "Es una metáfora sobre los Estados Unidos"

A Altman le ofrecieron un proyecto cuya estrella sería el cantante country John Denver. Era un proyecto comercial, y el director necesitaba el dinero porque si bien desde MASH había hecho media docena de films (El volar es para los pájaros, Del mismo barro, Imágenes, El largo adiós, Los delincuentes, Racha de suerte), todos habían sido alabados por la crítica pero un desastre en la taquilla. Altman mandó a su guionista, Joan Tewkesbury, a que tomara notas sobre la ciudad y su pulso, y escribiera una historia con muchos personajes en base a lo que había observado. Tewkesbury pasó dos semanas en Nashville, tomando apuntes, explorando tabernas, conectándose con cantantes, y desarrolló un guión que sirvió de marco para lo que más tarde sería el film. El proyecto con Denver se cayó y Altman tomó el guión, consiguió financiación -dos millones de dólares de un productor novato- y comenzó a reunir a los actores, varios que ya habían trabajado con él (Bert Remsen, Keith Carradine, Shelley Duvall, Michael Murphy) y otros nuevos (Barbara Harris, Karen Black, Lily Tomlin). El guión era sólo una referencia; como un work in progress fue mutando y sumando nuevas situaciones y personajes, a medida que la filmación se iba desarrollando a lo largo de dos meses. Mientras, Robert Nixon renunciaba a la presidencia como consecuencia del escándalo Watergate, y se acercaba el festejo por el Bicentenario de la Nación del norte.
Nashville es un musical porque contiene más de 30 minutos de canciones interpretadas en imagen por distintos artistas. Hay registros en directo de interpretaciones en el Grand Ole Opry (un teatro donde suelen presentarse las máximas estrellas del country), en tabernas, en iglesias, en estudios de grabación, etc. Como las canciones fueron escritas -en su mayoría- por los mismos actores que las interpretan, generalmente hablan de y describen a sus personajes. Las canciones que suele interpretar Barbara Jean (Ronee Blakely) -una parodia de la estrella country Loretta Lynn, cuya biografía cinematográfica es La hija del minero (Michael Apted, 1980)- hablan del entorno campesino en que creció. Las de Haven Hamilton (Henry Gibson, una parodia del cantate Roy Acuff), tienen un tinte paternalista y patriótico. También hay rasgos del género en la situación por la que una advenediza (Barbara Harris, en el rol de Albuquerque) que busca su gran oportunidad la consigue cuando la gran Barbara Jean es barrida del escenario del Partenón, en la secuencia final. Por otro lado, Nashville es un film político porque a lo largo de su transcurso nos cuenta una campaña política -la del candidato populista Phillip Hall Walker- a través de sus dichos -hay grandes tramos del film en que se escuchan omnipresentemente- y de la campaña publicitaria constante, ya sea a través de afiches, intervenciones televisivas o radiales. Una de las derivaciones de esta campaña son los intentos que realiza el operador John Triplette (Michael Murphy) y su contacto local Delbert Reese (Ned Beatty) de atraer a las distintas estrellas del country para que actúen en el gran show que tendrá lugar en el Partenón de Nashville bajo los auspicios del candidato político. También es un film político porque su clímax contiene un magnicidio -el de la máxima estrella Barbara Jean- que recuerda de distintas maneras al de John Fitzgerald Kennedy ("Esto no es Dallas -dice Haven Hamilton- es Nashville") y porque muestra el estado de falta de compromiso político de los personajes que acuden al llamado de los políticos en virtud de los beneficios que éstos les pueden dar.
Nashville también es un documental no sólo porque está filmado en locaciones reales sino porque uno de sus personajes, la inglesa Opal (excepcional Geraldine Chaplin), que dice ser periodista de la BBC (British Broadcastin Company, que es algo muy distinto a la British Broadcasting Corporation), toma apuntes en su grabador sobre casi todo lo que ve, convirtiéndose en una parodia de la guionista (y sus dos meses de estancia en Nashville para conformar el guión) y en un Virgilio, que nos guía equívocamente a lo largo de los distintos ámbitos con ojos "extranjeros". Véase sus monólogos sobre el cementerio de autos y sobre el depósito de autobuses escolares, expresado con la técnica del fluir de la conciencia. También el film documenta lateralmente un momento de la historia estadounidense donde la desconfianza en la política, la gran crisis de valores debido a la inflación y a la traumática intervención en Vietnam, y el cambio en las relaciones entre los géneros debido a la revolución sexual, contaminan las interacciones entre los personajes.
Narrativamente es un film prodigioso y portentoso. Si bien estructuralmente ofrece lo mismo que Grand Hotel (Edmund Goulding, 1932) con un grupo de personajes interactuando en un ámbito determinado -en este caso una ciudad, en aquél un hotel-, Altman establece relaciones a través del montaje y la edición de sonido que hace que los encuentros y las situaciones parezcan azarosos, y los lazos estructurales parezcan laxos. Digo "parezcan" porque el film establece una ilusión de libertad que queda momentáneamente entre paréntesis cuando nos damos cuenta que todo apunta hacia el gran clímax (el magnicidio), un escenario dramático donde confluyen todos los personajes del film y donde se establece el gran nudo -inextricable- entre el mundo del espectáculo y el mundo de la política (anticipando la muerte de John Lennon y el triunfo de un actor -Ronald Reagan- como presidente de los Estados Unidos).
Como sátira el film muestra que el ambiente del espectáculo está estratificado; la realeza -Barbara Jean y Haven Hamilton, figuras paternas-, una segunda fila integrada por satélites de aquellos -Connie White (eterno reemplazo de Barbara Jean), Tommy Brown (el negro blanco que las multitudes pueden digerir), los que quieren acceder (el trío Tom, Bill y Mary, que provienen del rock y de Nueva York; y Albuquerque y Sueleen Gay, quienes desde lo más bajo de la escala social tendrán sus oportunidades, una basada en el talento y la otra en su cuerpo); y en el peldaño inferior, los fans (Suellen Gay entre ellos, y el cabo que pasea su uniforme militar siguiéndole el rastro a su admirada Barbara Jean). Desde el ámbito político, el que muchos de los personajes se declaren apolíticos da pie para que sean víctimas de las manipulaciones más arteras. Uno de los temas musicales del film dice: "podrás decir que no soy libre pero eso no me preocupa".
La sátira tiñe las conductas de los personajes: la superestrella femenina es "manejada" por su marido, que a la vez que es su representante y se dirige a ella como si fuera una niña. Haven Hamilton, que en sus canciones predica los valores familiares, se pasea por todos los ámbitos con su amante -Lady Pearl- y su hijo (Bud), mientras su esposa está de vacaciones por Europa. El ama de casa Linnea Reese, la única integrante blanca de un coro religioso integrado por negros, casada con un hombre despreciable que ni siquiera hace intentos por comunicarse con sus hijos sordos, será quien tenga una aventura con el deseado Tom, el cantante que acumula conquistas amorosas como quien colecciona marquillas de cigarrillos. La chica de Los Ángeles (Shelley Duvall) que viene a visitar a su tía enferma y ni siquiera es capaz de estar un minuto junto a ella porque está ocupada en cambiar de atuendo y de amante. Suellen Gay, la fanática ferviente de Barbara Jean, que desea emularla y cree tener el talento para hacerlo y desemboca en situaciones extremadamente humillantes debido a su alto grado de alienación. Albuquerque, la mujer que vive escapando de su marido para tener una oportunidad en el escenario y demostrar cuánto vale mientras él está siempre acechándole los talones. La periodista extranjera, capaz de hablar en francés pero incapaz de desprenderse de sus prejuicios y su miopía, incapaz de ocultar su horror cuando Linnea Reese le dice que sus hijos son sordos o cuando le echa en cara la diferencia de clase al chofer que acompaña al trío roquero, que intentara un avance.
Y si bien Altman tiene mucho de misántropo, también en su cosmovisión ingresan ejemplos valederos, como la solidaridad entre los perdedores -la relación entre Suellen Gay y su compañero de trabajo negro, que la rescata de las garras de Delbert Reese en su momento de mayor vulnerabilidad. La enseñanza que la madre de los chicos sordos le da a Tom (un sordomudo emocional) del lenguaje de signos, que hará que ella no sea para él una conquista más y la relación entre ellos tome un cariz más humano. O la sincera emoción que embarga a Lady Pearl cuando recuerda sus colaboraciones en las campañas de los hermanos Kennedy. Aún el egocéntrico Haven Hamilton tiene algo bueno para exhibir: tras el momento de violencia más extremo, se hace cargo del abatimiento y la confusión de los espectadores y le da un espacio a Albuquerque para que el show pueda seguir. Pero es cierto, prevalecen en el balance los personajes alienados, tabicados en sí mismos, que apenas establecen relaciones con los demás que no sea de uso y sometimiento en pos de seguir sus instintos más básicos. ¿Qué decir si no del joven Kenny Fraiser (David Hayward), sometido por su madre y que termina descargando su ira hacia esa gran figura blanca que es Barbara Jean? A diferencia del Norman Bates de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) no es la sexualidad reprimida la que dispara el gatillo, sino que Barbara Jean sea un ícono de lo estadounidense en su forma más pura. Mientras canta Barbara Jean, Altman inserta el punto de vista del asesino: una bandera que ocupa toda la pantalla. Barbara Jean es la bandera, es los Estados Unidos. Contra ese ícono hay que descargar tanta ira, sobre la idealización del pasado que destilan las canciones, una idealización inalcanzable para estas pobres criaturas perdidas del presente.

Nashville es una gran experiencia visual y auditiva. Altman es un director moderno, que reescribe las convenciones del cine clásico: en un encuadre suyo puede haber más de un punto de interés para el espectador. Los mismo desde lo auditivo (se desarrolló un sistema de sonido de 16 pistas que permite la superposición de diálogos, permitiéndole cambiar el foco entre uno que está en primer plano a otro que se desarrolla más atrás en la imagen). Las panorámicas constantes demuestran que el escenario no se termina, que sigue más allá de los límites del encuadre.
Le agrega al género musical una dimensión política -en ciernes hasta entonces, sólo Cabaret se había permitido tal cosa-, no sólo por la tematización de la campaña política, sino también en lo que hace a la construcción de un mito y a la relación entre estrella y fan. En el film aparecen "casualmente" dos estrellas de cine que trabajaron en films previos del director, Elliot Gould y Julie Christie, que se interpretan a sí mismos, provocando relaciones de envidia o burla entre los miembros de la corte de Nashville que se sienten -indisimulablemente- inferiores, indiferentes o extremadadamente halagadores según en presencia de qué personaje se encuentren.
Nashville ha influenciado dos films de Paul Thomas Anderson, Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) y Magnolia (1999), con sus estructuras corales, aunque lejano está este joven director independiente de lograr o buscar la apariencia de libertad que logra Altman en su film. Las narraciones de Anderson están férreamente pautadas y su rigor formal lo emparenta más con Martin Scorsese que con Altman. Nashville también es un antecedente de lo que el mismo Altman nos depará en Un matrimonio (A Wedding, 1978), Las reglas del juego (The Player, 1992), Ciudad de Ángeles (Short Cuts, 1993) y Gosford Park, crimen a medianoche (2001), para hablar de los casos más logrados, en los que toma una situación o un ámbito para que una multitud de personajes interactúen.
Pero por encima de todo, cabe decir que Nashville es una gran comedia, un gran caos que se reorganiza tras el clímax, cuando los marginados toman el centro de la escena. Tras esto, a Altman no le queda mucho que decir y eleva su cámara al cielo. Altman no busca a Dios pero sí designar un espacio más vasto y omnicomprensivo para despegarse de ese microcosmos de criaturas que luchan instintivamente por su lugar en el mundo. Curiosamente, Nashville ese año compitió por el Oscar a la mejor película con nada menos que Barry Lyndon, de Stanley Kubrick, otra gran "comedia" que tras historiar las aventuras y desventuras de un advenedizo por la Europa del siglo XVIII, terminaba con el narrador afirmando: "Fue durante el reinado de Jorge III cuando los antedichos personajes vivieron y disputaron; buenos o malos, hermosos o feos, pobres o ricos, todos son iguales ahora". Mejor epílogo no podría haber suscripto Robert Altman.

















19/12/09

2012


2012 tiene muy bien justificado su éxito en las taquillas porque es un film que hace justicia a lo que mejor sabe hacer Hollywood, esto es, brindar espectáculo. A nadie le importan las inverosimilitudes de la trama: sólo importa que nuestro héroe Jackson Curtis (nuestro querido John Cusack) llegue a destino sin que se le caiga el peluquín, cualquiera sea la peripecia que la historia le depare, atravesando terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis y todo tipo de catástrofe natural que se le ponga delante.
Roland Emmerich es un director alemán afincado en Hollywood, en el Hollywood de Cecil B. de Mille (Los diez mandamientos) y Steven Spielberg, más cercano a lo pedestre del primero que a la magia del segundo. Ha hecho su nombre, y su fortuna, con títulos como Día de la independencia y El día después de mañana. No hay alardes estéticos en esos films, sino la puesta al día de las maravillas que lo digital puede lograr en el terreno de los efectos especiales.
Estamos lejos de las emociones que los grandes ejemplos del cine catástrofe solían deparar. La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972) supo ganarse 9 nominaciones para el Oscar de su año, y eso no sólo tenía que ver con la brillantez de sus efectos especiales, sino con una historia bien construida (un transatlántico da una vuelta de campana por acción de una gran ola derivada de un maremoto la noche de Año Nuevo ) en base a personajes a los que llegábamos a conocer y a querer y cuya suerte nos importaba, amén que estaban interpretados por grandes estrellas del cine (Gene Hackman, la notable Shelley Winters, Ernest Borgnine, etc.). Aeropuerto (George Seaton, 1970), que estuvo más de un año en exhibición en Buenos Aires, invertía tres tercios de su metraje en establecer las distintas historias y personajes antes que una bomba explotara en un avión conducido por Dean Martin y Burt Lancaster, con Jacqueline Bisset como azafata. Infierno en la torre (John Guillermin, 1974) tenía a Paul Newman, Steve McQueen, William Holden, Faye Dunaway, Fred Astaire y a la recientemente difunta Jennifer Jones, rostizándose a fuego lento en el piso 134 de un edificio recién inaugurado. Terremoto (Mark Robson, 1974) tenía bailando el samba a nada menos que a Charlton Heston, Ava Gardner y a un elenco de notables segundones.
Aquí sólo John Cusack y Danny Glover y Amanda Peet y Chiwetel Ejiofor, ninguno una superestrella. ¡Con lo que nos hubiera gustado ver ahogarse abrazados en una cloaca de Nueva York a Brad y Angelina! Aquí la superestrella son los efectos especiales: la secuencia del terremoto de Los Ángeles deja boquiabierto al más escéptico, así como la huida de una avioneta mientras la pista sobre la que levanta vuelo se va rajando y desmoronando. La historia es sumamente esquemática y los personajes están apenas delineados, por lo que no le importan demasiado a nadie. Pero el film es entretenido y avanza sin escollos. Su extenso metraje no se siente. Y nos brinda un espectáculo que sólo el cine (o nuestra imaginación) puede brindar, dando rienda suelta a todas nuestras pulsiones destructivas, entreteniéndonos sin pausa viendo las catástrofes que sufren otros. Y semejante catarsis bien vale el precio de una entrada de cine.

18/12/09

Bellamy



El film abre y cierra con una muerte. En el primer caso, se trata de un vagabundo que encuentra ese destino cuando va a cumplir su deseo de visitar la tumba de su cantante favorito. En el segundo, el hermano menor de un inspector de policía retirado, que cumple el deseo inconciente que su hermano tiene sobre su destino.
Estamos en el universo de Claude Chabrol, Bellamy es su última asteroide, y demuestra que el fundador de la Nouvelle Vague -El bello Sergio se estrenó en 1958, antes que Sin aliento y Los cuatrocientos golpes- sigue tonificado, destilando vitriolo sobre la condición humana como sólo él puede hacerlo, lejano a las ñonerías formales de Godard y la sentimentalina de Truffaut. El director de La ceremonia (1995) -donde una empleada doméstica analfabeta y una empleada de correos de dudoso pasado liquidan a una familia burguesa desconocedora de los límites que impone el trato a un inferior en la escala social- nos ofrece en Bellamy -su film más elaborado y complejo en lo que va de la década- la mirada sobre el mundo de un inspector de policía jubilado (Gerard Depardieu, un placard de roble con desplazamiento autónomo) que acepta por curiosidad un caso porque siente simpatía por los criminales y le gusta estudiar cómo funcionan. Quizás sea una forma de autoconocimiento para este hombre al que le gusta llenar crucigramas con la ayuda de su mujer (Marie Brunel) -una mujer de la que depende, a la que ama y de la que desconfía, sobre todo cuando su hermano (Jacques Lebas) anda cerca, con el torso desnudo, exudando una sexualidad animal que los kilos y los años del inspector hace mucho obliteran.
Una de las referencias fundamentales en la obra de Chabrol es Alfred Hitchcock. Nunca la cita es directa. Pocas cosas en los mejores films de Chabrol son directas, obligando al espectador a hacer un cierto trabajo de interpretación. Aquí se trata de un rasgo temático que aparece esparcido a lo largo de la obra de Hitchcock, el juego de las apariencias. ¿Quién iba a imaginar que el tímido Norman Bates de Psicosis, dominado por su madre y su temor a las mujeres, podía transformarse en la mujer que lo victimizó una y otra vez para descargar su furia asesina? ¿Quién podía suponer que el encantador tío de La sombra de una duda, endiosado por su sobrina, era un asesino serial de damas maduras? ¿Quién podía suponer que el romántico viudo protagonista de Rebeca, una mujer inolvidable, podía ser quien de una u otra manera la llevó a la tumba?
Aquí un mismo actor (Jacques Gamblin) representa a tres personajes. Es aquél vagabundo, el empleado de la compañía de seguros que estafó a la empresa para huir con su ubicua amante y contrató al vagabundo para que lo represente, aprovechándose de las pulsiones autodestructivas del pobre hombre y con la excusa de cumplirle el sueño de la visita a la tumba de George Brassens, y es el hombre que se esconde en un motel y recurre a Bellamy para que deslinde responsabilidades: él no debe ser cargado con la muerte del vagabundo ante la sociedad.
Y podemos afirmar que la atracción que el inspector siente por este caso estriba en una identificación inconsciente con el perseguido -víctima y victimario a la vez-, quien además le suministrará el modelo para quitarse a ese espantoso e intrusivo hermano menor de encima. Bellamy ya había querido matarlo cuando eran chicos -sofocándolo con una almohada. Ahora, en el ocaso de la vida, debe demostrarle que hay límites que no deben ser traspasados. Ya lo había mandado a la cárcel y eso no pareció suficiente. Es cierto, el inspector no se ensuciará las manos, pero dejará a mano su arma y su auto (el ataúd donde el joven descarriado encuentra la muerte) para que las pulsiones autodestructivas hagan el resto. ¿Cómo sobrevivirá Bellamy a esto, se escudriñará las manos manchadas de sangre imaginaria como Macbeth o seguirá disfrutando de la apoltronada existencia que la fortuna de su mujer le brinda, haciendo crucigramas, como su contratante disfruta con su amante del dinero robado de la compañía de seguros tras haber sido exonerado por la justicia de sus culpas por la muerte del vagabundo mediante una puesta en escena diseñada por el inspector donde un joven abogado interpreta una canción de Brassens?
La película es un tratado sobre la búsqueda de la felicidad. Un personaje, Claire "Bonheur" ("felicidad" en francés, interpretado por Adrienne Pauly), una empleada de una pinturería, al principio pasa inadvertido para el inspector, pero a la larga será la clave para desenmadejar el ovillo. Mediante su relato, cobrará relevancia la figura del vagabundo, un ex novio, que abjuró de los beneficios de ser hijo de un juez, para llevar la existencia más despojada y marginal. El estafador que se fuga con su amante podóloga también está tras esa inasible búsqueda, y lo mismo Bellamy, cuyo único escollo para una existencia plácida es su hermano, que no hace más que echarle en cara su suerte, le hace cargos sobre las manipulaciones económicas con la fortuna de su esposa y podría tener un asunto amoroso con ésta (como todo transcurre desde el punto de vista del inspector, no sabemos si es fruto de los celos hacia su hermano o parte de la realidad).
La envidia y los celos pueden ser disparadores de las conductas de los personajes de Chabrol. Bellamy será feliz, resolverá el caso y permitirá la liberación del criminal (que tiene adentro). Dejando a mano algo de dinero para alcohol, un arma o un auto su hermano será suprimido del relato. Y todo nos hace pensar que el ocaso de su vida será plácido, muy plácido.
¿Qué más se puede pedir?, parece decirnos Chabrol, con una sonrisa socarrona.

23/10/09

Barbra Streisand: Love is the answer

Barbra ha regresado con un nuevo álbum desbordante de baladas, algunos standards del jazz y de la comedia musical. A los 67 años ya no tiene que demostrar su virtuosismo, con la voz mellada pero susurrante y sugerente, esta vieja amiga que tantos placeres nos ha deparado nos deleita esta vez con Love is the answer, un album doble (los mismos temas con tratamiento orquestal de Johnny Mandel y con el despojado cuarteto de Diana Krall, que también produce el evento y hace los acompañamientos en piano).
Ideal para escuchar una tarde de otoño mientras la lluvia repiquetea contra el vidrio de la ventana, la voz amplia, íntima, cálida y -de a ratos- vulnerable de Barbra se presenta como un marco incomparable para la introspección o el fantaseo a través de temas como Gentle Rain, Ne Me Quitte Pas y Smoke Gets In Your Eyes, entre otros.
Para que se den una idea de lo que estoy tratando de describir, vaya esta muestra de la presentación del disco en el programa de Oprah Winfrey, el 24 de setiembre pasado.