1/10/17

Zama - The Beguiled






Dos de las mejores directoras, exponentes del cine de autor,  regresan con obras distinguidas pero no –justamente- lo mejor de su producción. Una, nuestra Lucrecia Martel, con Zama, una adaptación muy particular de la novela del mendocino Antonio di Benedetto; la otra, Sofia Coppola, con su reescritura de El seductor, una historia que había dirigido Don Siegel en 1971, protagonizada por la yunta más inimaginable: Clint Eastwood y la gran Geraldine Page.

Zama adopta el punto de vista de un funcionario del virreinato español radicado en Asunción a fines del siglo XVIII que, una vez cumplidas sus tareas, espera indefinidamente que lo autoricen a regresar a España. Martel, después de 9 años de ausencia de la pantalla tras la asombrosa La mujer sin cabeza, despliega todo su sofisticado arsenal audiovisual para enrarecer el realismo de un relato con ecos de las obras del teatro del absurdo y algunos films de Buñuel, donde los deseos siempre se desplazan pero casi nunca se concretan.

Representando situaciones que se repiten una y otra vez en diferentes contextos con los mismos resultados: la deriva continúa hasta casi el borramiento de la identidad del personaje. Víctima de un cierto atontamiento, don Diego de Zama se embarca en aventuras en busca de lo que ya posee, es deseado por quienes él no desea, es rescatado del puro transcurrir por algo que parece inocente pero ligeramente diferente

Si lo que decimos luce abstracto, así es la película, una sucesión de secuencias con nula progresión narrativa, puro deleite para los sentidos. Hay suficiente humor marteliano como para aliviar el tránsito, un diseño de sonido que singulariza lo más trivial con mezclas más propias del cine fantástico, pero se trata de un film para sibaritas de la capacidad expresiva del cine.  Al hacer “una de época”, Martel neutraliza muchas de las referencias a las que nos tiene acostumbrado el cine histórico; se relame mostrando personajes llevando una peluca blanca mal encajada sobre las raíces negras; exhibiendo a un par de actores gemelos -comparsas del protagonista- que hacen que volvamos dos veces a recorrer el espacio de la pantalla para confirmar lo que hemos visto; diseñando encuadres llenos de obstáculos para la mirada que nunca hacen que nos olvidemos que lo que estamos viendo es una representación, y que la suya es una de las miradas más singulares que existen en el mundo del cine contemporáneo. El elenco internacional es el adecuado para someterse a los designios de la suprema autoridad que los ha convocado.


Las apuestas de Sofia no son tan altas como la de nuestra compatriota. Cultora de la representación del tedio como modo de vida en films como Las vírgenes suicidas (1999), Perdidos en Tokio (2003), María Antonieta (2006) y Somewhere (2010), esta vez nos evita ojear el reloj durante la proyección, algo que los miembros del jurado del último Festival de Cannes habrán tenido en cuenta a la hora de darle la Palma de Oro a la mejor directora.
Decíamos que Sofia toma cierto riesgo al volver a filmar una historia lo suficientemente conocida por los cinéfilos para imprimirle su estilo particular, acá más cercano al de Peter Weir en Picnic en las rocas colgantes (1975) que al film de Siegel, un verdadero derroche de Grand Guignol y pasiones al rojo vivo, puro gótico sureño sin tamizar, con el carisma de Eastwood en su faceta de galán cínico y los desbordes gestuales de Geraldine Page.


La trama se resume en la llegada de un soldado del ejército del norte (Colin Farrell), que está herido en la pierna, y al que socorren las integrantes de un colegio de señoritas sureño, en plena guerra de Secesión. Aquí la directora del colegio es Nicole Kidman –sus cejas esculpidas en botox aparecen antes que ella-, la profesora reprimida con ansias de soltarse es Kirsten Dunst, y una de las alumnas más avispadas, Elle Fanning. Cada una tiene su propio designio con respecto al macho herido y, él, hábilmente, los alienta.

El tratamiento de la directora atenúa todas las pasiones, la iluminación nocturna de las habitaciones y suprime el personaje de una sirvienta negra, de cierta relevancia en la otra versión. La calidad de la fotografía oscila entre lo tétrico de algunos ambientes y unos exteriores iluminados a lo David Hamilton, llenos de nieblas y humedad pero desprovistos de erotismo. A la directora de la institución se le extirpa un pasado incestuoso que ayudaba a caldear los delirios de la Page. Por eso, el estilo Coppola incólume: ese toque europeo tan chic que blanquea con lavandina los excesos y la hace tan favorable a aparecer en las revistas de moda del viejo continente, film tras film.

29/8/17

La cordillera

El tercer largometraje de Santiago Mitre sigue las trazas de El estudiante (2011), su interesante debut, en cuanto a su discurso en contra de la política. Intenta ser tan ambiguo como La patota (2013), película que de tan confusa pareció inteligente a muchos. Aquí, la trenza que Mitre y su guionista Llinás quieren señalar,  se da a nivel de las altas esferas, involucrando al presidente argentino –interpretado en tonalidades opacas por Ricardo Darín, que debería seleccionar mejor los guiones que acepta protagonizar- en una cumbre internacional que se da en Chile, en medio del imponente paisaje de la cordillera andina.   

Mezcla de thriller político –de suspenso exangüe- y de gótico doméstico en su vertiente realista, al tener como escenario principal un hotel y al sumarse a la trama la enajenada hija del presidente, -interpretada con solidez por Dolores Fonzi, que de a ratos recuerda a la Linda Blair en reposo de la espantosa El exorcista II. El hereje (1977)-, que viene a exhibir el retorno de lo reprimido, chanchullos que el níveo presidente prefiere dejar enterrados.
La trama política es explicitada en exceso  en largas parrafadas y en las entrevistas que realiza la periodista interpretada por Elena Anaya –tan mal fotografiada que, de a ratos, asoma con un ojo dislocado propio de un retrato cubista, enfrentado a su par en un ángulo de casi 90 grados. Christian Slater aparece como un enviado del gobierno de los Estados Unidos, que ofrece cebos y anzuelos, y se autodenomina representante de “los malos.” Nuestro presidente deberá decidir entre tres opciones, una que lo enfrenta a su socio estratégico Brasil, otra que propone la entrada de los Estados Unidos al proyecto, y una intermedia que posibilita la entrada de tres países centroamericanos, ocultando que son manejados por el omnipotente país del Norte.
Para el que se  tome la molestia de interpretar esta turbia y aburrida película, el presidente Hernán Blanco,  –fiel a su historial aparentemente inmaculado, pero con varios muertos en el placard, según la retahila que brota de la hija pese al férreo control paterno, que intenta hacerla pasar por loca - elegirá la intermedia,  lo que le valdrá un bono personal de unos cuantos millones de dólares de parte de los poderosos, la traición a Brasil, y una imagen aparentemente neutral ante  los representantes de los otros países asistentes a la cumbre.

La puesta en escena del film es ampulosa, pesada, sombría. Predominan los tonos marrón madera de los interiores del hotel y cierto aroma anacrónico, a habitación poco aireada. Nadie duda que se gastó mucho dinero en la producción, se ve; el mejor uso es el destinado al reparto. Erica Rivas -en plan señorona asexuada aferrada estrechamente a la agenda del presidente- se luce sin esfuerzo. Los chilenos Paulina García –de destacada actuación en Gloria(2012), como la presidenta anfitriona, aportando aquí algo de luz a través de su sonrisa y su vestuario-, y Alfredo Castro –actor fetiche de Pablo Larraín, aquí como un psiquiatra con problemas capilares que utiliza un péndulo para extraer lo oscuro de la loca del altillo- son bienvenidos. Gerardo Romano, como el ministro Castex, con su voz y gestualidad  altisonantes, aporta vitalidad a una película por demás mortecina.

La hija cautivada por el padre, el hablar del bien y el mal en medio de una conspiración, son temas y cuestiones que recuerdan mucho a El bebé de Rosemarie (1968) y a Chinatown(1974), ambas del genial Roman Polanski. El hotel en medio de la blancura de la montaña, a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980).  Pero La cordillera no ofrece ningún elemento propio del fantástico, ni los bríos y escalofríos de aquellos títulos perdurables. Aquí el gótico es realista, la política sucia, y “nuestro presidente” capaz de sacrificar a su propia progenie y a su país en virtud de lograr sus objetivos egoístas.  

1/8/17

Dunkerque




El sobrevalorado director Christopher Nolan utiliza un hecho histórico como excusa para un relato más cercano al cine catástrofe que al bélico. Se trata de la Operación Dínamo, que tuvo lugar en Francia a mediados de 1940, y consistió en la evacuación de las tropas aliadas varadas en la playa de la ciudad de Dunkerque, permitiendo el rescate de más de 200 mil soldados británicos y más de 100 mil franceses y belgas.
El marco histórico lo ponemos nosotros porque en el film es casi inexistente. La rica materia ha sido transformada en contenidos de película clase B con envoltorio de producción clase A. Una vez llegado a la playa el joven soldado inglés interpretado por Fionn Whitehead, será nuestro guía en esta confusa historia, fragmentada en tres partes que se entrelazan en el más burdo de los montajes. Sí, Nolan ha logrado una especie de Corre Lola Corre ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Pero estos entreveros narrativos, habituales en el director de Following y Memento, no llegan a molestar ni a alterar al espectador como en otras ocasiones: para seguir la espantosa El origen había que leer un manual de instrucciones.
Cine catástrofe del bueno: Aeropuerto (George Seaton, 1970), La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972), Infierno en la torre (John Guillermin, 1974), Aeropuerto 77 (Jerry Jameson, 1977), entre otras, todas mentadas de una u otra manera aquí, ya que los soldados deben sobrevivir  al hundimiento de los barcos que los acogen, los incendios que los cuecen, los aviones que se estrellan en el agua y amenazan ahogarlos encerrados en sus cabinas. Todas esas películas que vienen a la memoria eran films de producción, los directores no hacían más que seguir con oficio los lineamientos que los productores indicaban. Y eran mucho más efectivos que éste de Nolan, porque al menos lograban que nos interesara el destino de los personajes al conocer sus historías, expuestas en el primer tercio del film. Aquí no hay exposición, sólo una masa de sujetos casi indiferenciados en situación de peligro, marionetas manipuladas en función del suspenso más basto y el efecto sonoro más estridente.
Es cierto, no hay riesgo de aburrirse con Dunquerque. Si uno se desorienta por la trama, o no reconoce qué personaje es el que está en pantalla, no va a caer en una nube de sopor: un balazo enemigo, una explosión inoportuna, lo harán saltar en la butaca por las ondas sonoras emitidas por una docena de parlantes. Cuando esto no sucede, está la taladrante banda sonora compuesta por Hans Zimmer para musicalizar la cinta. Si no está la música, Nolan amplía a niveles insospechados el sonido de un segundero… 
Un rasgo de estilo en Nolan es la confusión; en esta película el caos es un rasgo constitutivo dado por la situación de base, por lo que puede parecer que el inglés hizo su mejor esfuerzo. Pero con tanto presupuesto hay pocos encuadres compuestos de manera agradable, ninguna situación de montaje que no despegue de lo funcional… el gran David Lean -El puente sobre el río Kwai (1957), Lawrence de Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965)-, ejemplos de films épicos realizados con distinción y elegancia) debe estar removiéndose en su tumba.
Es cierto, ni James Cameron (Terminator I y II, Aliens, Avatar) ni Steven Spielberg (Rescatando al soldado Ryan) hubieran elegido este guión tan limitado para el trazado de sus épicas, compuesto como está de los clichés de todos los puntos fuertes de serie televisiva de la década de los años 60. Tampoco un director clase B como Richard Fleischer, que podía darle carnadura dramática y fluidez a productos espectaculares como ¡Tora Tora Tora! (sobre el ataque japonés a  Pearl Harbor), Viaje fantástico o Conan el destructor. En esta ocasión, Nolan está más cerca de Michael Bay (Pearl Harbor, Transformers), que siempre busca que sus películas sean el equivalente a un shot de adrenalina, un viaje en una montaña rusa de casi dos horas, lo que no tiene nada malo… Pero la publicidad, para rescatar las ingentes montañas de dólares invertidas en la producción de los últimos films de Nolan, y ciertos críticos, construyen la imagen de que el susodicho es un director importante, de visión… ¡Hasta han llegado a compararlo con el genio de Stanley Kubrick!
Pues no señoras y señores, lamento decir que Christopher Nolan no es nada de eso. Sólo se trata de un artesano ambicioso que sabe tener un eficaz departamento publicitario a sus pies. Poco más.
Los actores ponen sus rostros. Uno espera que Kenneth Branagh se descuelgue con algún discursito a lo Enrique V para arengar a las alicaídas tropas; que Mark Rylance deje de fruncir el ceño; que Tom Hardy puede sacarse la máscara que lo asfixia para poder  reconocerlo; que Harry Styles cante una de las canciones de One Direction para parar la ruidosa maquinaria que Nolan ha puesto en movimiento… Agradezcamos por la rapsódica aparición de Cillan Murphy, el único que parece saber lo que está haciendo en este desconcierto.

12/6/17

Twin Peaks 3




Ha vuelto David Lynch, el maestro de lo siniestro. Habiéndose prometido no volver a filmar –tras Inland  Empire (2006), tras haber declarado que el cine de arte ha muerto- fue tentado por la cadena Showtime para darle una sobrevida a su Twin Peaks, la serie que ayudó a modificar el panorama televisivo a principios de la década de los años 90.
Importantes directores se habían aproximado al medio -por entonces devaluado- de la televisión. No hay más que recordar la experiencia de Steven Spielberg con Amazing Histories (1985-1987), o la de Michael Mann con Miami Vice (1984-1990). Pero ninguno de ellos había dejado su traza; se habían mantenido dentro de los carriles habituales de la televisión comercial.


Lynch, en su alianza con Mark Frost –responsable de los guiones del hito televisivo Hill Street Blues- trasladó parte de su particularísima visión al medio y lo transformó para siempre, creando un espacio de innovación,  pavimentando el camino para que surgieran The X Files, The Sopranos, Six Feet Under, Lost, Mad Men, Breaking Bad, True Detective, entre las más dignas de mención. En nuestro país sus ecos se escucharon en  Bajamar, la costa del silencio (1995), una miniserie de Fernando Spiner, filmada en Villa Gesell.


Twin Peaks, en los 30 capítulos de sus dos temporadas, conjuraba una mixtura entre la telenovela (soap opera, para los estadounidenses, a la que parodiaba desde su propia textualidad a través de los fragmentos de “Invitación al amor”) y la mirada expresionista de Lynch, especialista en hacer experimentar al espectador los atormentados mundos interiores de sus protagonistas con recursos cercanos a la abstracción, desplegando sus enfrentamientos con la propia sombra o los miedos surgidos antes situaciones que ponían en riesgo la continuidad o disolución de la propia identidad. 


“Abstracto” y “comercial” eran términos antitéticos para los productores del medio televisivo por aquel entonces. La capacidad creativa del director de Terciopelo azul(1986), barnizada con toda una capa de recursos góticos, posibilitó el éxito de la serie hasta el séptimo episodio de la segunda temporada, en la que se develaba el misterio acerca de quién había matado a Laura Palmer, una adolescente  reina de su escuela secundaria,  encontrada envuelta en plástico a orillas de un lago. Los episodios restantes mostraron destellos de genialidad, empantanados entre las viejas convenciones televisivas que habían sido desoídas durante la primera temporada. Lynch –si bien dirigió algunos capítulos- nunca había querido develar el misterio, pero tuvo que ceder el control ante las presiones de la cadena televisiva ABC.

En la base de Twin Peaks está La caldera del diablo, una serie de los años 60 que dio a conocer a actores como Mia Farrow y Ryan O´Neal, basada en un best seller de los años 50 que también tuvo su exitosa versión cinematográfica con Lana Turner. La trama transcurría en un pueblo llamado Peyton Place, donde las pasiones de los habitantes alteraban la aparente calma reinante. El estilo retro de Lynch, ya sea en el vestuario o en detalles de ambientación, también tomaba forma con la inclusión en el reparto de estrellas de fulguración secundaria de aquel pasado hollywoodense: Richard Beymer, como Benjamín Horne, y Russ Tamblyn, como el doctor Jacoby, se habían destacado en el musical ganador del Oscar, Amor sin barreras (West Side Story, 1961);  Piper Laurie -Catherine Martel- en varios dramas románticos (y en su inolvidable composición como la madre de Carrie en 1976). En cuanto al pasado televisivo, Michael Ontkean, -como el sheriff Harry S. Truman-, y Peggy Lipton, -como Norma Jennings-, habían destacado respectivamente en series como Los novatos y Patrulla juvenil, clásicos de los años 70.


El aspecto gótico de la serie, con lo incestuoso como núcleo incandescente, sus infinitos dobles y reflejos en espejos, las coartadas sobrenaturales, contribuyeron a espesar el caldo de lo telenovelesco. Pocas veces el aspecto luminoso se imponía; el horror aparece espolvoreado en momentos alucinantes, como cuando Leland Palmer, poseído por un espíritu lascivo e insaciable,  asesina a su sobrina, situación que reduplica la trágica muerte de Laura. O los abusos de Leo hacia su esposa. O el homicidio del plumífero Waldo. Twin Peaks trasgredió fronteras de permisibilidad en lo que hace a los standards de violencia televisiva (violencia que no era ninguna novedad para los habitués de la filmografía de Lynch). 


El gótico no sólo estaba en los numerosos excesos, ocultamientos y dobles vidas de los personajes, en hacer siniestra una “dona” -una rosquita azucarada- al salpicarla con sangre, sino también en lo que hace a la investigación del agente Dale Cooper, perteneciente al FBI, que mezclaba la lógica deductiva de un Sherlock Holmes con apelaciones al Dalai Lama, a la filosofía oriental y a lo onírico mientras saboreaba  hectolitros de café.


Cooper, interpretado por el actor que muchos consideran un alter ego del director, Kyle MacLachlan, con su aspecto de androide adolescente e imberbe, daba variadas muestras del absurdo Lynchiano,  ayudando a descomprimir y a sobrellevar tanta oscuridad y perversión. También aparecían mujeres que dialogan con troncos, enanos y gigantes, semáforos que guiñaban más que un ojo, burdeles allende la frontera, mujeres fatales orientales con más dobleces que la dama de Shanghai, adolescentes en estado primal y hormonas en ebullición (que con sus camperas de cuero recordaban al Marlo Brando de El salvaje), y un bosque con búhos que susurraban secretos. Había fantasmas por todos lados: grabaciones de video y de audio de Laura, los retratos con su imagen enmarcados tanto en su casa como en vitrinas escolares, en revistas de contactos sexuales…


Las alusiones a grandes títulos de la historia del cine eran un festín para el conocedor: uno podía ver en la elección del nombre de la protagonista ausente un guiño a la Laura (1944) de Otto  Preminger, uno de los títulos claves de cine noir del período clásico. El pajarraco testigo del horror se llamaba Waldo, y era encontrado en la veterinaria del doctor Lydecker, siendo ambos apelativos los que componían el nombre y apellido del protagonista masculino de aquel film. La prima de Laura Palmer –su doble, interpretado por la misma actriz-  se llamaba Maddy –Madeleine- Ferguson, lo que aludía a los nombres de los personajes principales de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), teniendo la mujer un doble dentro del mismo relato interpretado por la misma actriz, Kim Novak. Poner un paquete de cocaína dentro del tubo de combustible de una moto era denominado un Easy Rider, haciendo eco a la estrategia de los protagonistas de Busco mi destino (Denis Hopper, Peter Fonda, 1969) para transportar droga.  

El mundo que planteaba David Lynch va describiendo un arco de contrastes en continua transformación. El descubrimiento del cadáver de Laura y la consiguiente llegada del agente Cooper, provocan un caos que van perturbando la constitución de la población. Numerosos personajes en la serie van sufriendo alteraciones que los llevan de representar roles modélicos (Laura, Leland Palmer, Cooper, Josie Packard) a encarnaciones del mal,  dotando de características más humanas a los que habían sido presentados como malévolos (Ben Horne, Jacques Renault, el doctor Jacoby, Philip Gerard el manco). El amplio friso que el relato va pintando va develando que el horror anida en el seno de la unidad familiar, que debajo de las apariencias hay un cosmos de energías oscuras y destructivas capaces de cuartear la más amable de las apariencias. En este sentido, no hay más que recordar lo que se ocultaba debajo de la alfombra de césped tras la muerte del padre del protagonista de Terciopelo azul: un ambiente voraz de insectos negros en constante movimiento. Aquí, un ventilador de techo en funcionamiento puede anunciar la llegada de lo indecible; en un burdel, un cliente puede confundir a su propia hija con una prostituta.

A través de su evolución como personaje, el agente Cooper va manifestando una capacidad trasgresora en él que termina provocando daños a otros personajes, lo que lo llevará a descubrir que tiene características comunes con los poseídos por el mal. No es de extrañar que Cooper finalice la segunda temporada poseído por Bob, el terrible espíritu que ocasionara la muerte de Laura y de su prima, entre otros personajes. La atroz revelación estallará al ver su imagen reflejada en el espejo, enfrentando el rostro del monstruo, como antes ocurriera con el padre de Laura Palmer. También se alude a la posibilidad de que Cooper  ya hubiera sido poseído anteriormente y fuera responsable  de las muertes de sus amantes. 

La tercera temporada se inicia con dos Dale Cooper, uno, que va saliendo del Black Lodge tras un encuentro con Laura, adelantado en el último capítulo de la segunda temporada. El otro, maléfico y destructivo, sembrando de asesinatos distintos lugares de los Estados Unidos. Todo hace pensar que irán convergiendo hasta llegar a Twin Peaks, donde otro efecto de extrañamiento será reencontrarse con algunos de los actores de la serie original, 26 años más tarde, con el arado del paso del tiempo en sus imágenes. El mismo Lynch vuelve a interpretar a un jefe del FBI, con la sordera a pleno volumen, provocando varias situaciones cómicas.  También se suman nuevos intérpretes: Laura Dern, Jennifer Jason Leigh, Naomi Watts, Richard Chamberlain, Jim Belushi, Robert Forster, entre otros. Y cada episodio puede incluir una presentación musical en The Bang Bang Bar, el mismo ámbito donde Julee Cruise nos deleitara con sus temas, acompañada por la música compuesta por Angelo Badalamenti, responsable de reforzar las extrañas texturas que le imprime el realizador a las distintas escenas.
En Lynch la lógica racional y causal es lo de menos, dadas las coordenadas surrealistas con las que de a ratos experimenta. Según sus declaraciones, deberemos apreciar los 18 capítulos como si se trataran de un único largometraje,  predispuestos a sentir y experimentar. También recomienda un vistazo a la extraordinaria Twin Peaks; el fuego camina conmigo (1992), una precuela cinematográfica que fuera muy mal recibida en su momento tanto por la crítica como por los fanáticos de la serie, y que se regodea con los momentos previos a la muerte de Laura, mediante escenas de violencia ligadas a lo sexual que no hubieran sido permitidas en la televisión. El film añade misterios a la vez que resuelve otros,  y posee segmentos de una belleza inusitada, emparentando a Laura, en los tramos finales de su martirologio –una vez abrazada por una luz celestial y la calma de la muerte- con un ángel escapado de un cuadro colgado en la pared de su habitación.

Guiados por la mano rectora de Lynch, aceptaremos naturalmente que en la nueva temporada un actor interprete varios personajes y extensos segmentos donde la abstracción reina en medio de paisajes sonoros o silencios desconcertantes, permitiéndonos proyectar nuestras interioridades, mostrando la pantalla de nuestros televisores como  prolongación de nuestros temores más inconfesados y de nuestros sueños más reprimidos. Veremos cómo un hombre con amnesia en un casino, con tan sólo señalar  máquinas tragamonedas guiado por un farolito que sólo él percibe, puede regresar a su familia con una bolsa cargada de dólares, y su mujer y su hijo recibirlo como si ése fuese su estado habitual. Que hay hombres que no son conscientes de haber cometido un homicidio y son encerrados en la cárcel y visitados por su esposa, que le espeta haberlo engañado con otro hombre… para poco después morir asesinada por el doble desgreñado del agente Cooper. Que una muchacha (Amanda Seyfried), tras un pase de cocaína, pueda percibir con dulzura a un novio abusivo, y aislarse en un trip personal mientras es arrullada por The Paris Singers interpretando “I Love How You Love Me.” Que una extraña caja negra se achicharra en un subsuelo decrépito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires…

Nada de lo que se cuente dará sentido a lo que la continuación de Twin Peaks tiene para ofrecernos. Mejor exponerse.

15/5/17

Personal shopper



El nuevo film de Olivier Assayas (Carlos, Las horas del verano, Demonlover, Clean) fue escrito especialmente para su protagonista, la siempre enigmática y sorprendente Kristen Stewart, con quien había colaborado en El otro lado del éxito, y a la que había llamado una de las mejores actrices de su generación. Semejante afirmación no es descaminada para la estrella de la saga Crepúsculo; ya de muy niña, tras actuar en La habitación del pánico, Jodie Foster la había apadrinado (como lo hiciera en su ocasión De Niro con Di Caprio).  

Otro gran director, nada menos que Woody Allen, se encargó de inscribir a la Stewart en el árbol genealógico hollywoodense de las mujeres duras, con fuertes componentes tradicionalmente asociados con lo masculino: hablamos de una Barbara Stanwyck, una Joan Crawford, una Bette Davis. Tal operación ocurrió en Café Society, y Kristen supo llevar con orgullo la percha para semejantes hombreras.
En esta ocasión encarna a Maureen Stewart, la asistente de una celebridad a la que apenas se ve en pantalla, encargada de retirar el vestuario que la otra va a utilizar de las tiendas más cotizadas de París y Londres, bajo la condición que jamás se lo pruebe ella. Muy eficientemente, Maureen realiza estas operaciones en modo robot, ya que se halla totalmente habitada por la muerte de su gemelo, que la tiene en espera de una señal. Ambos hermanos compartían cualidades de médiums y este es un film que apuesta fuertemente por los fantasmas, ya sea mediantes chats de wasap, novios que se manifiestan a través de Skype, o señoras enojadas que se expresan ruidosamente en mansiones desoladas.

Quienes esperen una historia fuerte con efectos especiales desbordantes y golpes de efecto… mejor se encaminan hacia otro cine. Éste es un film de atmósferas –es decir, distintos estados climáticos-, con una trama muy débil, con una interpretación realmente sutil de esta actriz formidable, capaz de transformar un duelo traumático en una travesía siniestra hacia lo más profundo de sí misma. Se topará con dobles incandescentes, erupciones protoplasmáticas, homicidas desesperanzados… Todo ello, quizás no más que una proyección de un yo tratando de hacer pie en un terreno cenagoso donde la otra mitad de su identidad se ha esfumado en el insondable misterio de la muerte.