1/12/17

Good time/Beach Rats




Dos hermanos cometen un robo. En la fuga posterior, uno de ellos –que padece de un cierto retraso mental- es detenido por la policía. El que ha quedado en libertad, hará lo imposible a lo largo de una noche para reunir el dinero necesario que permita pagar la fianza y conseguir que un juez le otorgue la excarcelación.

Good time lleva la firma de los hermanos  Benny Safdie y Josh Safdie, con el primero de ellos interpretando al muchacho capturado. El otro lleva la máscara de Robert Pattinson, el otrora galán de la saga Crepúsculo, devenido en gran actor tras su participación en este film. Su fuerte presencia, el aire alucinado de sus ojos, la ansiedad fuera de foco que trasunta, su capacidad de improvisación, nos recordaron al joven Al Pacino, el de Pánico en el parque (1971)  y Tarde de perros (1975).

Connie, tal el nombre del personaje, es un manipulador que crea libretos ante cada persona con la que se encuentra con tal de obtener sus fines. En ese sentido, la participación de Jennifer Jason Leigh –siempre contundente- como su novia madura, una mujer inestable emocionalmente muy dependiente de la tarjeta de crédito de su madre, funciona como ejemplo. Ducho en el arte de persuadir, Connie comete abusos inenarrables con personajes de color; uno llega a sospechar que le encanta lastimar a los vulnerables, sea una abuela, una joven muchacha de color o a su propio hermano.  

Film de género, la diferencia con tantos otros policiales radica en la realización, que dota el relato de un ritmo febril a través del montaje, con encuadres de planos muy cercanos que impiden ver el contexto, creando una sensación de asfixia en el espectador. Una Nueva York con muchas luces de neón y colores flúo, y una música electrónica reminiscente de las bandas de sonido de mucha película de los años 80, son también protagonistas.

Por su parte, Beach Rats sigue la deriva de Frankie (Harris Dickinson), un muchacho de unos 18 años que gusta de pasar el tiempo con sus amigos de un vecindario pobre de Brooklyn, entre drogas, caminatas por la playa y fumatas conjuntas. El conflicto se desata cuando, por presiones sociales, el joven debe ocultar que se siente atraído por hombres maduros, a los que contacta a través de chats, y con los que se encuentra por las noches.

Una especie de Belle de Jour, Frankie de día parrandea con sus compinches heterosexuales y hasta simular sentirse atraído por una muchacha, a la que utiliza como pantalla, confundiéndose y desconcertándola con algunas de sus actitudes. El drama estalla cuando busca reunir los  aspectos de su vida disociada, empalmando la búsqueda de drogas de sus amigos con su propio deseo. 

El film no juzga ni condena. A la manera de un documental, nos muestra las costumbres de estos muchachos de un sector socioeconómico bajo para los que el futuro es una línea plana, el contexto familiar –Frankie vive con su madre y hermanita, su padre languideciendo por un cáncer-  y el caldo de cultivo de la homofobia que impide que el muchacho se libere de sus constricciones y viva de acuerdo a lo que siente. El temor al rechazo de sus familiares y, por encima de todo, de sus amigos, lo lleva a escenificar un tinglado donde el chivo expiatorio será aquel que se permite exhibir lo que él no puede.




La directora Eliza Hittman no persigue el sentimentalismo, sí el trazado de caminos y conductas. Explora los cuerpos de estos jóvenes con delectación pero, al mismo tiempo, distancia. Y consigue un retrato sombrío de lo que sucede cuando la homofobia se ha apoderado del propio ADN.

11/10/17

Blade Runner 2049




La nueva Blade Runner, dirigida por Denis Villeneuve, es un thriller existencial, donde un cazador de replicantes –que se rebelan ante el orden constituido por las corporaciones- no sólo busca descifrar el enigma de su identidad, sino que también debe ubicar al protagonista del film anterior, desaparecido hace años.

Hoy día, el film de Ridley Scott luce como un clase B, pese a que en su momento contaba con un presupuesto bastante alto y fue un fracaso en la taquilla. El cruce entre la ciencia ficción de anticipación y el film noir , la apabullante ambientación, los repentinos estallidos de violencia, lo constituyeron en aquel momento en una experiencia visionaria. Cierta poesía –destilada del cine publicitario, del que provenía Scott- y algunas opacidades en el guion pugnaron por darle una densidad conceptual de la que siempre  careció. Sin embargo, es un hito importante e indiscutible dentro del género.

La secuela  es  un film clase A, con una estrella joven al frente –Ryan Gosling, una especie de James Stewart cool-, reforzado por el ajado y cansino carisma de Harrison Ford. La ambientación también es deslumbrante –como todos los rubros técnicos- pero el film no constituye una experiencia asombrosa. Se han borrado los rasgos de film noir y el aspecto retro está más anclado en la década del 50 del siglo pasado. Hay hologramas de interpretaciones de Frank Sinatra y Elvis Presley, alguna reminiscencia de El ciudadano (Orson Welles, 1941), –la escena entre Gosling y Edward James Olmos, recuerda la visita al asilo donde reposa el personaje de Joseph Cotten. El estilo ha sido saneado; la extraordinaria fotografía de Roger Deakins luce muy bien en 3D pero no exhibe rastros de la suciedad que pululaba en el film de Scott. Hay una razón argumental: la sociedad descripta –en la que en apariencia no existe la política como tal, sino que todo es regulado por empresas que crean replicantes castrados de ansias de rebelión- se mantiene en orden hasta que algunos replicantes de aquel pasado anterior al gran apagón del 2022 emiten señales subversivas que el dueño de la gran corporación (Jared Letto, con unas lentes de contacto muy incómodas), un ingeniero genético, pugna por silenciar con la ayuda de su brazo ejecutor, una androide letal.

Cierto es que, para los 200 millones de dólares que costó, el ritmo es un tanto parsimonioso. Algo así había probado el director canadiense con La llegada (2016), donde un buen guion se veía obstaculizado por defectos de realización.   Hay pocas secuencias de acción pero, como en todo buen film de suspenso, si el espectador se involucra, se la pasa conjeturando acerca de quién es un replicante o quién un humano, y la transformación –entre derroteros e indicios falsos-  que se opera en el protagonista está muy bien calibrada.
Se dice que todo buen film de ciencia ficción realiza un comentario sobre la sociedad de la época en que fue realizado.  Por ejemplo, La invasión de los usurpadores de cuerpos (Don Siegel, 1956) destilaría un comentario sobre una sociedad paranoica ante la amenaza del comunismo. En Blade Runner 2049, no hay mucho para asombrarse. La sociedad del futuro sigue siendo tan heteronormativa como la de hoy; la prueba es que los productos que se ofrecen para generar  felicidad en el consumidor están pensados para satisfacer a los hombres heterosexuales; no hay metáforas de muñecos de plástico para señoras o señores que los prefieran. Por otro lado, ya hay países que tienen empresarios como presidentes. Y si uno se fija bien en los rangos de expresión emocional que ofrecen ciertos rostros, puede encontrar algún replicante al frente de alguna gobernación de nuestro país.

1/10/17

Zama - The Beguiled






Dos de las mejores directoras, exponentes del cine de autor,  regresan con obras distinguidas pero no –justamente- lo mejor de su producción. Una, nuestra Lucrecia Martel, con Zama, una adaptación muy particular de la novela del mendocino Antonio di Benedetto; la otra, Sofia Coppola, con su reescritura de El seductor, una historia que había dirigido Don Siegel en 1971, protagonizada por la yunta más inimaginable: Clint Eastwood y la gran Geraldine Page.

Zama adopta el punto de vista de un funcionario del virreinato español radicado en Asunción a fines del siglo XVIII que, una vez cumplidas sus tareas, espera indefinidamente que lo autoricen a regresar a España. Martel, después de 9 años de ausencia de la pantalla tras la asombrosa La mujer sin cabeza, despliega todo su sofisticado arsenal audiovisual para enrarecer el realismo de un relato con ecos de las obras del teatro del absurdo y algunos films de Buñuel, donde los deseos siempre se desplazan pero casi nunca se concretan.

Representando situaciones que se repiten una y otra vez en diferentes contextos con los mismos resultados: la deriva continúa hasta casi el borramiento de la identidad del personaje. Víctima de un cierto atontamiento, don Diego de Zama se embarca en aventuras en busca de lo que ya posee, es deseado por quienes él no desea, es rescatado del puro transcurrir por algo que parece inocente pero ligeramente diferente

Si lo que decimos luce abstracto, así es la película, una sucesión de secuencias con nula progresión narrativa, puro deleite para los sentidos. Hay suficiente humor marteliano como para aliviar el tránsito, un diseño de sonido que singulariza lo más trivial con mezclas más propias del cine fantástico, pero se trata de un film para sibaritas de la capacidad expresiva del cine.  Al hacer “una de época”, Martel neutraliza muchas de las referencias a las que nos tiene acostumbrado el cine histórico; se relame mostrando personajes llevando una peluca blanca mal encajada sobre las raíces negras; exhibiendo a un par de actores gemelos -comparsas del protagonista- que hacen que volvamos dos veces a recorrer el espacio de la pantalla para confirmar lo que hemos visto; diseñando encuadres llenos de obstáculos para la mirada que nunca hacen que nos olvidemos que lo que estamos viendo es una representación, y que la suya es una de las miradas más singulares que existen en el mundo del cine contemporáneo. El elenco internacional es el adecuado para someterse a los designios de la suprema autoridad que los ha convocado.


Las apuestas de Sofia no son tan altas como la de nuestra compatriota. Cultora de la representación del tedio como modo de vida en films como Las vírgenes suicidas (1999), Perdidos en Tokio (2003), María Antonieta (2006) y Somewhere (2010), esta vez nos evita ojear el reloj durante la proyección, algo que los miembros del jurado del último Festival de Cannes habrán tenido en cuenta a la hora de darle la Palma de Oro a la mejor directora.
Decíamos que Sofia toma cierto riesgo al volver a filmar una historia lo suficientemente conocida por los cinéfilos para imprimirle su estilo particular, acá más cercano al de Peter Weir en Picnic en las rocas colgantes (1975) que al film de Siegel, un verdadero derroche de Grand Guignol y pasiones al rojo vivo, puro gótico sureño sin tamizar, con el carisma de Eastwood en su faceta de galán cínico y los desbordes gestuales de Geraldine Page.


La trama se resume en la llegada de un soldado del ejército del norte (Colin Farrell), que está herido en la pierna, y al que socorren las integrantes de un colegio de señoritas sureño, en plena guerra de Secesión. Aquí la directora del colegio es Nicole Kidman –sus cejas esculpidas en botox aparecen antes que ella-, la profesora reprimida con ansias de soltarse es Kirsten Dunst, y una de las alumnas más avispadas, Elle Fanning. Cada una tiene su propio designio con respecto al macho herido y, él, hábilmente, los alienta.

El tratamiento de la directora atenúa todas las pasiones, la iluminación nocturna de las habitaciones y suprime el personaje de una sirvienta negra, de cierta relevancia en la otra versión. La calidad de la fotografía oscila entre lo tétrico de algunos ambientes y unos exteriores iluminados a lo David Hamilton, llenos de nieblas y humedad pero desprovistos de erotismo. A la directora de la institución se le extirpa un pasado incestuoso que ayudaba a caldear los delirios de la Page. Por eso, el estilo Coppola incólume: ese toque europeo tan chic que blanquea con lavandina los excesos y la hace tan favorable a aparecer en las revistas de moda del viejo continente, film tras film.

29/8/17

La cordillera

El tercer largometraje de Santiago Mitre sigue las trazas de El estudiante (2011), su interesante debut, en cuanto a su discurso en contra de la política. Intenta ser tan ambiguo como La patota (2013), película que de tan confusa pareció inteligente a muchos. Aquí, la trenza que Mitre y su guionista Llinás quieren señalar,  se da a nivel de las altas esferas, involucrando al presidente argentino –interpretado en tonalidades opacas por Ricardo Darín, que debería seleccionar mejor los guiones que acepta protagonizar- en una cumbre internacional que se da en Chile, en medio del imponente paisaje de la cordillera andina.   

Mezcla de thriller político –de suspenso exangüe- y de gótico doméstico en su vertiente realista, al tener como escenario principal un hotel y al sumarse a la trama la enajenada hija del presidente, -interpretada con solidez por Dolores Fonzi, que de a ratos recuerda a la Linda Blair en reposo de la espantosa El exorcista II. El hereje (1977)-, que viene a exhibir el retorno de lo reprimido, chanchullos que el níveo presidente prefiere dejar enterrados.
La trama política es explicitada en exceso  en largas parrafadas y en las entrevistas que realiza la periodista interpretada por Elena Anaya –tan mal fotografiada que, de a ratos, asoma con un ojo dislocado propio de un retrato cubista, enfrentado a su par en un ángulo de casi 90 grados. Christian Slater aparece como un enviado del gobierno de los Estados Unidos, que ofrece cebos y anzuelos, y se autodenomina representante de “los malos.” Nuestro presidente deberá decidir entre tres opciones, una que lo enfrenta a su socio estratégico Brasil, otra que propone la entrada de los Estados Unidos al proyecto, y una intermedia que posibilita la entrada de tres países centroamericanos, ocultando que son manejados por el omnipotente país del Norte.
Para el que se  tome la molestia de interpretar esta turbia y aburrida película, el presidente Hernán Blanco,  –fiel a su historial aparentemente inmaculado, pero con varios muertos en el placard, según la retahila que brota de la hija pese al férreo control paterno, que intenta hacerla pasar por loca - elegirá la intermedia,  lo que le valdrá un bono personal de unos cuantos millones de dólares de parte de los poderosos, la traición a Brasil, y una imagen aparentemente neutral ante  los representantes de los otros países asistentes a la cumbre.

La puesta en escena del film es ampulosa, pesada, sombría. Predominan los tonos marrón madera de los interiores del hotel y cierto aroma anacrónico, a habitación poco aireada. Nadie duda que se gastó mucho dinero en la producción, se ve; el mejor uso es el destinado al reparto. Erica Rivas -en plan señorona asexuada aferrada estrechamente a la agenda del presidente- se luce sin esfuerzo. Los chilenos Paulina García –de destacada actuación en Gloria(2012), como la presidenta anfitriona, aportando aquí algo de luz a través de su sonrisa y su vestuario-, y Alfredo Castro –actor fetiche de Pablo Larraín, aquí como un psiquiatra con problemas capilares que utiliza un péndulo para extraer lo oscuro de la loca del altillo- son bienvenidos. Gerardo Romano, como el ministro Castex, con su voz y gestualidad  altisonantes, aporta vitalidad a una película por demás mortecina.

La hija cautivada por el padre, el hablar del bien y el mal en medio de una conspiración, son temas y cuestiones que recuerdan mucho a El bebé de Rosemarie (1968) y a Chinatown(1974), ambas del genial Roman Polanski. El hotel en medio de la blancura de la montaña, a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980).  Pero La cordillera no ofrece ningún elemento propio del fantástico, ni los bríos y escalofríos de aquellos títulos perdurables. Aquí el gótico es realista, la política sucia, y “nuestro presidente” capaz de sacrificar a su propia progenie y a su país en virtud de lograr sus objetivos egoístas.  

1/8/17

Dunkerque




El sobrevalorado director Christopher Nolan utiliza un hecho histórico como excusa para un relato más cercano al cine catástrofe que al bélico. Se trata de la Operación Dínamo, que tuvo lugar en Francia a mediados de 1940, y consistió en la evacuación de las tropas aliadas varadas en la playa de la ciudad de Dunkerque, permitiendo el rescate de más de 200 mil soldados británicos y más de 100 mil franceses y belgas.
El marco histórico lo ponemos nosotros porque en el film es casi inexistente. La rica materia ha sido transformada en contenidos de película clase B con envoltorio de producción clase A. Una vez llegado a la playa el joven soldado inglés interpretado por Fionn Whitehead, será nuestro guía en esta confusa historia, fragmentada en tres partes que se entrelazan en el más burdo de los montajes. Sí, Nolan ha logrado una especie de Corre Lola Corre ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Pero estos entreveros narrativos, habituales en el director de Following y Memento, no llegan a molestar ni a alterar al espectador como en otras ocasiones: para seguir la espantosa El origen había que leer un manual de instrucciones.
Cine catástrofe del bueno: Aeropuerto (George Seaton, 1970), La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972), Infierno en la torre (John Guillermin, 1974), Aeropuerto 77 (Jerry Jameson, 1977), entre otras, todas mentadas de una u otra manera aquí, ya que los soldados deben sobrevivir  al hundimiento de los barcos que los acogen, los incendios que los cuecen, los aviones que se estrellan en el agua y amenazan ahogarlos encerrados en sus cabinas. Todas esas películas que vienen a la memoria eran films de producción, los directores no hacían más que seguir con oficio los lineamientos que los productores indicaban. Y eran mucho más efectivos que éste de Nolan, porque al menos lograban que nos interesara el destino de los personajes al conocer sus historías, expuestas en el primer tercio del film. Aquí no hay exposición, sólo una masa de sujetos casi indiferenciados en situación de peligro, marionetas manipuladas en función del suspenso más basto y el efecto sonoro más estridente.
Es cierto, no hay riesgo de aburrirse con Dunquerque. Si uno se desorienta por la trama, o no reconoce qué personaje es el que está en pantalla, no va a caer en una nube de sopor: un balazo enemigo, una explosión inoportuna, lo harán saltar en la butaca por las ondas sonoras emitidas por una docena de parlantes. Cuando esto no sucede, está la taladrante banda sonora compuesta por Hans Zimmer para musicalizar la cinta. Si no está la música, Nolan amplía a niveles insospechados el sonido de un segundero… 
Un rasgo de estilo en Nolan es la confusión; en esta película el caos es un rasgo constitutivo dado por la situación de base, por lo que puede parecer que el inglés hizo su mejor esfuerzo. Pero con tanto presupuesto hay pocos encuadres compuestos de manera agradable, ninguna situación de montaje que no despegue de lo funcional… el gran David Lean -El puente sobre el río Kwai (1957), Lawrence de Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965)-, ejemplos de films épicos realizados con distinción y elegancia) debe estar removiéndose en su tumba.
Es cierto, ni James Cameron (Terminator I y II, Aliens, Avatar) ni Steven Spielberg (Rescatando al soldado Ryan) hubieran elegido este guión tan limitado para el trazado de sus épicas, compuesto como está de los clichés de todos los puntos fuertes de serie televisiva de la década de los años 60. Tampoco un director clase B como Richard Fleischer, que podía darle carnadura dramática y fluidez a productos espectaculares como ¡Tora Tora Tora! (sobre el ataque japonés a  Pearl Harbor), Viaje fantástico o Conan el destructor. En esta ocasión, Nolan está más cerca de Michael Bay (Pearl Harbor, Transformers), que siempre busca que sus películas sean el equivalente a un shot de adrenalina, un viaje en una montaña rusa de casi dos horas, lo que no tiene nada malo… Pero la publicidad, para rescatar las ingentes montañas de dólares invertidas en la producción de los últimos films de Nolan, y ciertos críticos, construyen la imagen de que el susodicho es un director importante, de visión… ¡Hasta han llegado a compararlo con el genio de Stanley Kubrick!
Pues no señoras y señores, lamento decir que Christopher Nolan no es nada de eso. Sólo se trata de un artesano ambicioso que sabe tener un eficaz departamento publicitario a sus pies. Poco más.
Los actores ponen sus rostros. Uno espera que Kenneth Branagh se descuelgue con algún discursito a lo Enrique V para arengar a las alicaídas tropas; que Mark Rylance deje de fruncir el ceño; que Tom Hardy puede sacarse la máscara que lo asfixia para poder  reconocerlo; que Harry Styles cante una de las canciones de One Direction para parar la ruidosa maquinaria que Nolan ha puesto en movimiento… Agradezcamos por la rapsódica aparición de Cillan Murphy, el único que parece saber lo que está haciendo en este desconcierto.