31/7/19

La ansiedad de las influencias








Ayer, domingo por la mañana, mi amigo Cirilo me despierta con tono ululante en el teléfono de línea.

— Oscar –me dice. Me temo que te han plagiado.


— ¿Qué?

— Sí, en Página 12, en el suplemento Radar, aparece una nota titulada “De armas tomar” que trata sobre la serie Killing Eve. ¿No habías escrito vos una nota sobre el mismo tema titulada “Mujeres de armas tomar”?

Trato de recordar, todavía enajenado por los efectos del cincelado de un cenagoso ensayo sobre la decadencia de la mentira en esta sociedad farisaica que me insumió siete horas de la noche anterior. Veo en la pantalla de mi mente una muñeca pepona.

— Ah sí Cirilo. Tenés razón. ¿Quién la firma?

— Paula Vázquez Prieto.


Mi interior se ilumina, despejando los últimos resabios de sueño.

— ¿Paula? ¿Plagio? ¡Válgame Dios! Estás confundido Cirilo, se trata de un homenaje. Paulita es incapaz de una actividad como ésa.

— ¿Homenaje? –repite un tanto incrédulo Cirilo. ¿Y por qué no te cita, por qué no aparece tu nombre en alguna parte?

— No Cirilo, esa es una costumbre antigua que ya casi no se estila entre los periodistas. Además, ella debe ser cultora de la escuela de Pierre Menard, el autor del Quijote. No debe creer ni en autores ni en estilos, está formateada por esos textos de Barthes y Foucault sobre la muerte del autor. Todos formamos parte de un gran texto. No hay derechos de autor, sólo textos que dialogan los unos con los otros en un magma sin principio ni fin. El anticuado sos vos, que todavía crees que existen esas viejas instituciones del siglo XIX.

— ¿Pero la conocés? ¿Ha sido tu alumna en alguno de los cursos que das?

— No, no la he visto en mi vida (y tampoco quiero verla). Pero ya me ha homenajeado cálidamente antes.


Le envío a Cirilo por WhatsApp los siguientes links para que coteje: La La Land en REGIA y en P12.

— De hecho, le mandé un mail de agradecimiento: “Dada la cantidad de palabras y conceptos similares entre mi reseña y tu nota uno podría pensar que has currado. De ser así, no estaría de más considerar la fuente, o ser más creativo para que no se note tanto. Por esta vez pasa… Mis saludos, Oscar” (Gmail, 22 ene. 2017 12:58). Y ella -en reconocimiento- respondió: “Hola Oscar. No leí tu nota, lo haré en breve. Lamento que pienses que podría tomar el material de un colega sin citarlo. No es mi estilo. Gracias por escribir, se ve que coincidimos en algunas ideas. Saludos (Gmail, 22 ene. 2017 13:02).” Por lo que antecede, estás confundido Cirilo, es un homenaje. Uno más entre varios. Y yo, agradecido.

Silencio del otro lado.

— ¿Cirilo estás ahí?

— Estoy leyendo.

Aprovecho para hurgar en mi notebook, corriendo al gato del teclado, que bufó por no poder concluir su propio escrito. Si mi amigo y Paula supieran quién es el verdadero autor de mis comentarios…


— Es más, si buscás en Google esta nota de hoy, poniendo ·”mujeres de armas tomar”, verás que entre los resultados la nota de ella aparece en primer término, y la mía en segundo.

— Sí, ¿y?

— Bueno Cirilo, eso se debe a que soy su precursor. Hay que ponerse en el pellejo de esa pobre chica que debe trabajar sobre el mismo material que escribió su mentor, su guía de escritura. No es fácil. La angustia de la influencia podría llevarla al bloqueo. Sin embargo, ella arremete y publica profusamente, en medios importantes, donde hay editores responsables que confían en su buen hacer. En el olvido, porque debe olvidar que leyó mi nota para franquear ese abismo de la página en blanco, surgen esos islotes donde un crítico avezado podría rastrear mi presencia en el texto.

— Pero ella no te conoce…

— Conoce mi escritura y lo ha olvidado Cirilo. Para escribir hay que primerohaber leído. Es bastante meritorio que pueda generar su propio texto. En realidad, hay que felicitarla…

— Pero no te molesta…

— ¡En absoluto Cirilo! ¡Cómo me va a molestar que me homenajee! ¿Acaso Hitchcock se molestó cuando Brian de Palma refritó Vértigo en Magnífica obsesión? ¿O Bergman cuando Woody Allen malinterpretó Sonata otoñal en Septiembre? El Taj Mahal no se conmueve porque un edificio de dos pisos de esos modernos que pululan en Buenos Aires lleve una inscripción que dice “Taj Mahal”. Es otro texto, simplemente ella mira el paisaje, yo veo la belleza. Ella vehiculiza información para sus lectores, yo cincelo la hoja. Lo suyo es de utilidad para muchos, lo mío un puro embeleco. No por nada habito un piso 25 desde el que abarco la ciudad entera, todo laminado en marfil.

— Sí, menudo problema cuando te quedás sin luz.

— Todos sufrimos apagones Cirilo, si no no seríamos humanos. Bueno, agradezco tu preocupación. Hablamos más tarde.


Irritado por la intromisión de Cirilo en mi sueño me aboqué a escribirle un nuevo mail de agradecimiento a Paula: “Y seguimos… Que me leas, está bien, quizás amplíes tus horizontes, pero que copies… ; ¿No es ya muy evidente? ¿Era necesario? Y no hablemos del gótico sureño en tu nota de La Nación…” (Gmail, 14 abr. 2019 9:25).

Son las 2 de la mañana del día siguiente y Paula, siempre tan diligente, no me ha respondido. Mi gato sigue aporreando el teclado de la notebook.

Lo que Cirilo no sabe, y nunca se enterará, es cuánto me alegra que Paula me lea.

Publicado en Regia Magazine, el 15 de abril de 2019

Van Gogh, a las puertas de la eternidad, Julian Schnabel





Si uno quiere sentir lo que experimentaba Van Gogh en el último tramo de su vida, el nuevo film de Julian Schnabel (Basquiat, Antes de que anochezca, La escafandra y la mariposa) es el vehículo adecuado.

Especialista en biografías de artistas o personas con discapacidad, él mismo pintor, Schnabel nos sitúa en la percepción de uno de los virtuosos más torturados; cómo siente la naturaleza –se trate de paisajes, personas u objetos- y la concreta en sus cuadros con el brazo convertido en un rayo que cae sobre la seca superficie del lienzo. Para eso recurrirá a un lenguaje de tipo expresionista para representar al último de los impresionistas, filtros en la imagen para dar cuenta que lo que ve el pintor tiene una marca subjetiva, cámara alocada para trasladar al espectador el frenesí y la sed de vivir del protagonista, diálogos que se repiten en su cabeza como si fuera una cámara de resonancia.


Algunos de esos recursos para darle forma a la locura pueden terminar agotando al espectador (la cámara vivaz), otros parecen salidos de una película de 1945 (las voces). Así y todo, Schnabel destaca más por las imágenes que por los diálogos: a veces pone en boca del pintor frases de un alto nivel de auto conciencia de su lugar en la historia del arte, del tipo “soy un pionero y por eso nadie me comprende”.


Las cimas de alto voltaje emocional -una joven que se niega a posar de la manera en que Vincent desea, llevando a que él la articule como si fuera un muñeco confeccionado con piezas de mecano; la irrupción de una excursión escolar cuando está en plena tarea creativa, fundido con el paisaje, su brazo un traductor de un trazo abrupto alzado por la iracundia-, están bien concebidas. También las escenas con Gauguin –una suerte de médium con el espectador para enhebrar las ideas artísticas de Vincent- y aquellas en las que aparece su hermano, Theo. Otras, como el interrogatorio de un cura, se vuelven tediosas por la banalidad del intercambio.


Párrafo aparte merece la interpretación del loco del pelo rojo que hace Willem Dafoe (nominado para el Oscar), la cara llena de arrugas a lo persiana veneciana, los ojos capaces de expresar tanto las bondades de un día soleado como los postrimerías de la noche oscura del alma. Dafoe es uno de los grandes actores contemporáneos y sabe trasuntar como alquimista lo beatífico y lo demoníaco. Su cuerpo de a ratos muestra la contundencia espasmódica de la gelatina, de a ratos el escozor del alambre. Contribuye el estar rodeado de un elenco de notables intérpretes europeos que le dan carnadura a personajes más perecederos que el bloque de percepciones que encierra cada una de las obras del pintor: Niels Arestrup se luce como un roommate en un manicomio, Oscar Isaacs como un Gauguin de razonamiento lúcido, Emmanuelle Seigner como una dueña de posada comprensiva, Rupert Friend como el amado Theo, Mathieu Amalric como un médico de expresión lunática, Madds Mikkelsen como el sacerdote de rasgos esculpidos en piedra. Todos ellos elegidos más en virtud del physique du rol que de otras cualidades.



El Van Gogh de Schnabel atraviesa la época en que los girasoles ya están secos y con el tallo quebrado, pero la labor hipnótica de Dafoe lo hace altamente meritorio.




Publicado en Regia Magazine, el 4 de abril de 2019

Nosotros, de Jordan Peele



Una familia va de vacaciones a la casa que tiene en Santa Cruz, California, cercana al parque de diversiones en el que la madre (Lupita Nyong’o, magnífica) sufrió una experiencia traumática en la infancia. Poco después son atacados en la casa por sus dobles, vestidos de rojo como si pertenecieran a una secta, llevando cada uno de ellos una tijera intimidante por su tamaño y posible funcionalidad.

El nuevo film de Jordan Peele, responsable de la admirada ¡Huye! (2017), no ahorra sustos al espectador, ya que construye un suspenso indeclinable, sólo atenuado de a ratos por el humor para aliviar tensiones, a la manera de Hitchcock. Sin embargo, lo más atractivo del film es su capacidad de generar alusiones, no sólo a otras películas, sino también a distintos contextos políticos.

Que los dobles vengan “de abajo”, vistan de rojo y vayan aniquilando gente de un pasar privilegiado pero bastante alienada en ver quien se hizo tal cirugía facial o quien posee el bote más grande, ya nos pone en relación con la lucha de clases y la opresión económica. La espléndida toma final, con su referencia a La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), donde sobrevivientes del exterminio nazi formaban una larga hilera, trae a la mente otro tipo de opresiones. Que el primer ataque a la ahora madre se haya dado en 1986, cuando estaba el conservador Ronald Reagan en el gobierno de los Estados Unidos, se repita aumentado a la enésima potencia bajo otro gobierno conservador como el de Donald Trump, alude a la grieta que divide a los habitantes de ese país.

Si hay un tropo recurrente en el cine de horror es el del doble, que siempre es una forma de presagiar la muerte, la finitud del yo, de aludir a aquella parte oscura de nosotros mismos que no queremos ver, la sombra en términos junguianos. Aquí está utilizado de forma inteligente, en conjunción con otro motivo del género como lo es el retorno de lo reprimido por la conciencia: no son pocas las referencias a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), no sólo por el par de gemelas que son descendientes del matrimonio blanco, o porque tras el desenlace uno pueda pensar que un personaje siempre estuvo allí, como lo estaba Jack Torrance a través de sus virtualidades en el hotel Overlook. También por la referencia a que la sociedad estadounidense pudo haberse construido en base al aniquilamiento de minorías oprimidas (un cementerio indio era el basamento de ese hotel).

Algunas puestas en escena, la paranoia que suscita la desaparición de un niño en la playa, recuerdan a las realizadas por Steven Spielberg en Tiburón (1975); algunas conductas de los dobles, y el paisaje de destrucción que dejan a su paso, al accionar de los zombies de George A. Romero (La noche de los muertos vivos,1968).

Gran cinéfilo y demiurgo, Peele se apoya en una banda de sonido que entre temas de rap originales (I got 5 on it, de Lumiz) y sus versiones remozadas, otorgan a la experiencia un aura siniestra. No hay más que vivenciar la ansiedad que causa el entrecortado “Himno” de los títulos iniciales, y la cándida interpretación que hace Minnie Riperton de Les Fleur en los finales, para darse cuenta –entre una miríada de detalles- que el joven director domina los recursos expresivos del cine de manera acerada. Nosotros es un gran entretenimiento, que deja mucha tela para cortar y que merece ser explorado.
Publicado en Regia Magazine el 27 de marzo de 2019

El viejo y noble Redford


Un ladrón con estilo marca la última aparición en pantalla de Robert Redford, según el mismo anunciara, dándole un cierre a una carrera de más de 5 décadas en el mundo del entretenimiento estadounidense.

El film –producido por el mismo actor, construido a su medida- es simpático pero menor, más apoyado en las interpretaciones que en la deslucida dirección de David Lowery. Ambientada a principios de los años 80, narra la historia –basada en hechos reales- de Forrest Tucker, un ladrón de bancos añoso que utiliza como armas la persuasión y los buenos modales. En su derrotero de caballero andante se cruza con una viuda –la siempre sutil Sissy Spacek- a la que seduce con habilidosas triquiñuelas. La frecuencia de los robos lleva a que un policía, interpretado por Casey Afflek –más cansino que lo acostumbrado- comience a seguirle la pista. Hay otras estrellas que siempre es agradable ver, como Danny Glover y Tom Waits, como compañeros de correrías de Forrest. También se los ve a Keith Carradine y Elizabeth Moss (Mad Men, El cuento de la criada), que de tanta presencia en series y películas recientes terminamos por creer que es una vecina nuestra.


Sin embargo, el plato fuerte es Redford a los 82 años, con las arrugas tan profundas como la falla de San Andrés y vestigios de su donaire, que lo llevara a ser un gran galán desde su primer éxito, Descalzos en el parque (1967), una comedia de Neil Simon co-protagonizada por una grácil Jane Fonda, con la que formaran rubro en otras dos ocasiones, El jinete eléctrico (1979) y Nosotros en la noche (2017).

Butch Cassidy (1969), un western romántico en el que una pareja de ladrones de bancos compartía el amor por la misma mujer, lo lanzó al estrellato. Los antihéroes que componían con Paul Newman, otro de los pesos pesados de la taquilla, fue tan magnética que cuatro años más tarde volvieron a juntarse para la oscarizada El golpe, donde eran un par de pícaros estafadores en la época de la depresión económica.


Tras muchos rodeos y correcciones en el guion, aceptó un papel ingrato –en vez de quedarse con la chica idealista se iba con una millonaria, ocupándose raramente de la hija que tenía con la otra- junto a Barbra Streisand en uno de los hitos sentimentales de Hollywood, Nuestros años felices (1973), dirigido por Sidney Pollack, que además de ser su amigo lo tenía como actor fetiche; hicieron 7 películas juntos.

También fue El gran Gatsby (1973) junto a Mia Farrow, en una super producción que no dio los resultados esperados.



Todos los hombres del presidente (1976) lo juntó con Dustin Hoffman en un thriller superlativo basado en el reciente caso Watergate, donde dos periodistas desovillaban la madeja que llevaría a la caída del presidente Nixon.


En 1980, debuta en la realización con Gente como uno, una mirada sencilla y sensible a una familia destrozada por una madre narcisista. El film estuvo nominado para varios premios Oscar y, entre otros, se llevó el de mejor película y mejor director. Ese mismo año, crea el hoy prestigioso Festival de Sundance, para la promoción del cine independiente.

Cuatro años después, regresa como actor junto a Glenn Close en El mejor, y a Meryl Streep en la multipremiada  Africa mía. Aquí ya empiezan a notarse los estragos del excesivo sol sobre la piel de su rostro –siempre fue un deportista y fan de la vida al aire libre-, que empieza a lucir muy apergaminado, tanto que es necesario anteponer filtros para que vuelvan difusa la imagen y las arrugas se esfumen.

Pero Redford nunca fue sólo una cara bonita: el paso del tiempo demostró que podía seguir seduciendo mujeres jóvenes en pantalla apoyado en su carisma, sin abandonar el favor, el apoyo y la complicidad de la platea masculina. Propuesta indecente (1993) fue un éxito de proporciones; allí Demi Moore fantaseaba con dejar a su marido por pasar una noche con el ricachón que él encarnaba a cambio de un millón de dólares.

Como realizador ha sido un buen narrador de historias, carente de un estilo propio pero obteniendo siempre buenas actuaciones de su elenco. En su filmografía destacan Nada es para siempre (1992), un relato a lo Hemingway por su ambiente y su parquedad, protagonizado por Brad Pitt, -al que muchos han señalado como el heredero de su estelaridad –por su estilo de actuación moderado y humilde- y con el que coprotagonizaría un par de películas. Otro de sus logros fue El dilema (1994), donde desnudaba las trampas detrás de un famoso programa de preguntas y respuestas. Y también se recuerda El señor de los caballos (1998), otro drama romántico junto a Kristin Scott Thomas, donde quedaba al desnudo su pasión por los equinos.


Con una vida libre de escándalos, un matrimonio muy largo con Lola van Wagenen, -una mormona con la que tuvo sus hijos-, romances ocultos -con Barbra Streisand, entre otras-, una largas relaciones públicas -con Sonia Braga- y, una boda en 2009 con una pintora con la que sigue unido, el rasgo predominante de su personalidad siempre ha sido la sobriedad. Declarado budista, siempre afiliado al partido demócrata, luchador incansable ante los abusos de las plantas de energía nuclear que amenazan con sus avances el medio ambiente, el viejo y noble Redford siempre ha sido un ejemplo de integridad y mesura que resulta digno de admiración.
Publicado en Regia Magazine, el 22 de marzo de 2019