1/6/21

Streepland

 Dos estrenos recientes que tienen como protagonista a Meryl Streep nos dan la oportunidad de repasar la carrera de la que, para muchos, es la mejor actriz contemporánea. Se trata de El baile, del productor y director Ryan Murphy (Glee, Ratched, Feud) que puede verse por Netflix, y Déjales hablar, de Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video, Traffic, Erin Brockovich), por HBOMax.

Ninguna de las dos es una gran película pero le dan la oportunidad a esta graduada en teatro de la universidad de Yale de exhibir sus, a veces, malgastados talentos y seguir figurando.

Manhattan.

Debutando en un papelito minúsculo en Julia (Fred Zinnemann, 1977) a la sombra de su admirada Jane Fonda, pronto se abrió camino en la jungla de Hollywood en base a su capacidad camaleónica. No siendo particularmente bella, esta descendiente de alemanes y suizos supo adaptarse a propuestas diversas?—?la miniserie Holocausto, El francotirador, Manhattan, Escalera al poder– que le pavimentaron el camino hacia sus roles más icónicos: la esposa que deja marido e hijo para buscarse a sí misma en Kramer vs. Kramer (Robert Benton, 1979, ganadora del Oscar a la mejor actriz secundaria); la fría actriz que interpreta a una heroína romántica del siglo XIX en La amante del teniente francés (Karel Reisz, 1981); la inmigrante polaca que tuvo que dejar sus tesoros más preciados bajo la dictadura nazi en La decisión de Sofía (Alan J. Pakula, 1982, Oscar a la mejor actriz); la heroína de clase obrera que denuncia a las autoridades de la central productora de uranio en la que trabaja (Silkwood, dirigida por Mike Nichols, 1983); y la baronesa Karen Blixen en la vistosa África mía (Sidney Pollack, 1985). Secundada por directores talentosos y experimentados, apoyados en guiones notables, Meryl acumuló prestigio por su excelente técnica actoral, la diversidad de los roles interpretados, la inventiva para expresarse en variados acentos, ubicándose por encima de sus dos principales competidoras en esa década, Jessica Lange y Sissy Spacek, con las que rivalizaba en cada entrega de premios.

La decisión de Sofía.

En esa década de consolidación también hubo de recibir críticas acerbas de personalidades como Pauline Kael, que desde su columna en The New Yorker pontificaba que sólo sabía actuar del cuello para arriba y que, si bien su rostro podía expresar un arco iris de emociones, era incapaz de hacérselas sentir al espectador. Por su parte, Truman Capote llegó a decir que su nariz de pollo le resultaba desagradable, y que la existencia ya era difícil de por sí para tener que ver otra película que la tuviera por figura central.

Un grito en la oscuridad.

Con una vida desprovista de escándalos –fue novia de John Cazale que murió de cáncer en sus brazos y, a los seis meses, se casó con el escultor Don Gummer, con el que sigue después de 40 años y tres hijas -, devota de causas políticamente correctas como el cuidado del medio ambiente, tres de sus papeles más importantes pasaron inadvertidos para el gran público: la linyera de El amor es un eterno vagabundo (Héctor Babenco, 1987), y Plenty y Un grito en la oscuridad (dirigidas por el australiano Fred Schepisi, en 1985 y 1988), donde encarnaba a una inglesa heroína de la Resistencia francesa que se pasa los siguientes 20 años tratando de revivir las intensidades que experimentó durante la guerra, y a una madre australiana adscripta al culto adventista a la que se acusaba de haber asesinado a su hijito. Personajes desagradables para el espectador pero de gran valor para una actriz dotada y, a veces, demasiado inteligente en sus elecciones, aún en detrimento de la viabilidad comercial de su carrera. De hecho, intentó orientarse hacia la comedia en busca de oportunidades que redundaran en mayores beneficios económicos tanto para ella como para los financistas, pero esos vehículos, ya sea por defectuosos o fallidos le fueron indiferentes al público (La diabla y La muerte le sienta bien).

Durante la década del 90, ya cumplidos los 40 años, cuando los papeles para las mujeres comienzan a escasear en Hollywood, logró seguir trabajando con asiduidad. Intentó que la tomaran en cuenta para ser la Evita Perón de la adaptación cinematográfica del musical pero, por razones de taquilla, se le impuso Madonna. Hubieron varias nominaciones pero en películas que no fueron exitosas. La única que alcanzó la cota que esperaban los productores fue Los puentes de Madison, donde rozó lo sublime encarnando al ama de casa enamorada del fotógrafo que interpretaba el director del film: Clint Eastwood.

El diablo viste a la moda.

A principios de este siglo varios proyectos prestigiosos hicieron que se siguiera hablando de ella: El ladrón de orquídeas, la miniserie Ángeles en América, la lacrimógena Las horas, pero fue con la comedia El diablo viste a la moda donde superó la cota de los 100 millones de dólares de recaudación, que hace que una actriz sea una atracción para las taquillas. A este éxito le siguió la energética Mamma Mia!, otro suceso garantizado por las canciones de ABBA, que son capaces de insuflarle vida a un muerto. Tras un impresionante duelo actoral con Philip Seymour Hoffman en La duda, comienzan a abundar las comedias que le habían sido esquivas (Enamorándome de mi ex, Julie y Julia, ¿Qué voy a hacer con mi marido?) y los musicales (Into the Woods, Mamma Mia 2), alternándose con algunas elecciones desafortunadas en proyectos dramáticos fallidos (Agosto) o intrascendentes (La materia oscura), donde a veces aparece como actriz de reparto o en una única escena.

La dama de hierro, su segundo Oscar como actriz protagónica, es un film mediocre que sólo merece verse por su presencia. No sucede lo mismo con The Post, que tiene como aderezos a Tom Hanks en un papel donde se lo ve menos bonachón que lo acostumbrado y la fluidez narrativa de Spielberg.

The Post.

Hasta hoy Meryl es la actriz más nominada para los Oscars –en 21 ocasiones. Sin embargo, no ha podido alcanzar la cota de la formidable Katharine Hepburn, que ganó cuatro con un modelo actoral opuesto. De fuerte personalidad, trasgresora en su vida personal –nunca quiso volver a formalizar después de su divorcio, tuvo romances con varios hombres poderosos y fue la amante durante décadas de Spencer Tracy, que estaba casado- imprimía una estampa temperamental en muchas de sus caracterizaciones. En cambio, dada su capacidad camaleónica, la recurrencia a postizos y la versatilidad para recrear diversos acentos, Meryl es como una cama por hacer, según Sharon Stone. No sabemos si es un elogio.

El baile más que “una de Meryl” es un proyecto que pertenece a su director, Ryan Murphy, ya que en el film la actriz es uno de los tantos aditivos que se suman en el vaso de una licuadora. Proveniente de un musical de Broadway del tipo inclusivo –es decir, con mensaje- como lo era el mucho más simpático y logrado Hairspray, The Prom aboga por la inserción de -y el arrase de prejuicios contra la minoría- LGTB, como áquel lo hacía por la gente que padece de obesidad y la minoría negra.

Entre otros ingredientes del licuado se pueden encontrar al inglés James Corden, que de estar aplastado en una cama infartado en un film de Mike Leigh pasó a aplastar su derriere en el exitoso Carpool Karaoke y terminó aquí, girando graciosamente como un trompo. Nicole Kidman, con un maquillaje que acentúa sus rasgos ya de por sí estrafalarios –su boca es delineada como la del Guasón pero con trazos finos-, se esmera en un número musical resuelto a través del montaje de poses, en un remedo de homenaje al pobre Bob Fosse, que debe estar retorciéndose en su cajón por lo que han hecho con su herencia.

Sólo en dos momentos el goloso director deja de apretar el botón de la licuadora: uno es cuando Corden y Streep dialogan en un cuarto sobre sus miserias y se permite mostrar descarnadamente el rostro de la septuagenaria intérprete –casi- sin maquillaje, en una instancia en que desmonta su armadura frívola y se permite exhibir la verdad de su corazón. Ese plano, propio de un film de Ingmar Bergman, es sumamente osado. No sabemos si contó con el beneplácito de la actriz –lo que hablaría de su bravía- o es una maldad del director.

Otro momento en que el dedo deja de presionar el botón del electrodoméstico lo constituye un número musical ambientado en un “mall” -que sirve de excusa para publicitar varias marcas-, en donde el personaje que encarna Andrew Rannells –éste sí una verdadera estrella del musical en Broadway, con una voz dotada para el género y la habilidad para encarar una coreografía harto complicada, a diferencia de sus co-protagonistas- se luce con el himno “Ama a tu vecino”, donde encara a jóvenes católicos que se dignaron a excluir a una compañera del secundario del baile de graduación por ser lesbiana, y les recuerda lo hipócritas que son al llevar tatuajes, tener relaciones prematrimoniales y padres divorciados, todos ítems que su religión no ve con beneplácito.

Streep aquí sigue la línea del personaje que compusiera en La muerte le sienta bien, una criatura vana que esconde su necesidad de afecto detrás del sarcasmo y la ironía. Su interpretación es impecable técnicamente pero bordeando la auto parodia. Además, al carecer su propia carrera del cemento camp que sustenta a una Cher, a una Streisand, a una Midler, (y no nos referimos a su voz como cantante que es soportable, sino a la carencia de ese plus bigger than life en su realidad cotidiana, en gestualidad, en elecciones de vestuario, en desavenencias amorosas o con compañeros de reparto, que haría que fuese digna de innumerables imitaciones por parte de transformistas), al ser el personaje tan caricaturesco, se pierde en el licuado, excesivo en su colorido, en su estridencia y en su artificialidad, pura esencia química y colorantes, ni una naranja, una banana, una manzana o un ananá. Si bien abogamos por el retorno del artificio en los musicales realizados para la pantalla –cualquiera sea en la que se exhiban- el exceso en este caso es tal que impide la construcción del momentum necesario para que un número musical rinda. En manos del director, todo se sucede sin solución de continuidad en una prolongado electroencefalograma plano. Eso sí, el sabor desmedidamente redundante y empalagoso nos dice lo lindo, lo bello y lo bueno que es ser gay… en el mundo soñado por Murphy.

En Déjales hablar, Streep encarna a una escritora prestigiosa que se encuentra atravesando un bloqueo. Su agente literaria idea la excusa de un crucero junto a personas de su afecto y elección para estimularla a que termine la novela estancada. Así es como embarca junto a su sobrino (Lucas Hedges, muy atinado) y dos amigas de la época universitaria, Susan (Dianne Wiest, siempre agradable de ver y escuchar) y Roberta (Candice Bergen, no siempre agradable de ver y escuchar), a las que no trata frecuentemente y con las que tiene más de una deuda pendiente.

El film pertenece a su director, Steven Soderbergh, siempre carente de una personalidad definida a lo largo del tiempo. No vamos a ver una secuela de El exótico hotel Marigold ni otro de esos films dirigidos a la platea madura que promocionan sin empacho lugares turísticos (Como reinas, con Shirley MacLaine y Jessica Lange).

Aquí Soderbergh canaliza a su mentor Richard Lester, tan hábil para publicitar a The Beatles como experto en frivolidades. El film tiene encuadres atractivos y una gama de colores crepusculares, los interiores del Queen Mary 2 se ven en detalle y la banda de sonido recuerda en mucho a la que John Barry compusiera para The Knack y cómo lograrlo, film por el que Lester ganara el premio al mejor director en Cannes pero que resulta difícil de ver hoy dada sus altas cuotas de banalidad.

Con tan sólo 9 días de filmación, el estilo actoral es un tanto improvisado: si bien hay algunas escenas rigurosamente pautadas -al igual que en el caso de Robert Altman-, el director y su guionista orientan a los actores sobre algunos contenidos y los dejan hacer. Se filma mucho y, en el caso de Soderbergh, después se edita demasiado.

Meryl luce natural, el largo cabello rubio, anteojos con marco negro. Aquí no hay necesidad de andar utilizando muletas como pelucas, maquillaje pesado, acentos estrambóticos, pero la actriz pone el piloto automático durante casi toda la composición. Hay una secuencia, aquella en la que da una conferencia en un salón del barco sobre una ignota escritora del siglo XIX que le sirvió de inspiración, donde el personaje –y la interpretación- parecen cobrar vuelo. A su alrededor tiene mayor lucimiento la Bergen porque su papel está más motivado por el guión, que no es más que una retahíla de futilidades con una módica cuota de suspenso –quién es ese señor maduro de color que se introduce cada noche en el camarote de la escritora, cuándo llega el ajuste de cuentas entre las amigas- y un romance o intentos de romance frustrados.

La trama de telenovela no alcanza las proporciones trágicas que le otorgara Lester a su obra cumbre, Petulia (1968), donde una lunática Julie Christie se desencontraba constantemente con un aplomado George C. Scott, en pleno verano de amor en San Francisco, mediante ingeniosos malabares de montaje, una banda de sonido melancólica de John Barry y una fotografía espectacular de Nicolas Roeg. En Déjales hablar apenas sobrevive un tono levemente elegíaco.

En una entrevista dada en 1988 a la revista Interview Meryl decía: “Si tienes un cerebro estás obligado a usarlo. Nunca he podido entender por qué, en términos de guion, muchos críticos excusan a los actores diciendo que hacen lo que pueden con el material que tenían. ¿Por qué aceptan ese material tremendo? Me refiero a los actores que no están luchándola” (1)

Esa misma pregunta nos hacemos con respecto a la mejor actriz contemporánea.

Publicada en Regia Magazine, el 30 de diciembre de 2020


Familias: Los sonámbulos - Hillbilly, una elegía rural

 Asfixiada por un marido que toma decisiones sin consultarla, una hija que se pasea sonámbula por el palier del departamento sangrando y la necesidad de un cambio en su vida, un cambio que viene asomando por el lado laboral pero que terminará siendo absoluto, Luisa (Erica Rivas, insuperable) se ve confinada por unos días a los rituales que se desplegarán en la casa familiar en las afueras.

La casona, rodeada de los verdes de la provincia de Buenos Aires, está dominada por la suegra (Marilú Marini, esperpéntica) que construye un altar a los valores del patriarcado, haciendo la vista gorda ante los desatinos de los hijos (Luis Ziembrowski y Daniel Hendler) y horadando en las falencias de su hija (Valeria Lois), que es madre primeriza y vive atormentada por su bebé.

La reunión es cualquier cosa menos una estadía relajante en un spa. Y así lo muestra y se lo hace sentir al espectador la directora Paula Hernández (Herencia, Lluvia, Un amor), con una cámara que al igual que un moscón insidioso sigue obcecadamente los recorridos de Lucía y su hija (Ornella D´Elía) del mismo modo que lo hicieran los hermanos Dardenne con respecto a sus personajes en El hijo.

Si al pegajoso calor veraniego le sumamos la llegada de tres nietos,?—?el mayor (Rafael Federman) deseoso de perforar lo que se le ponga a la vista-, las interferencias de la abuela en la educación de la nieta, las lealtades y traiciones que se van anudando a lo largo de los días entre los cuñados, las imposiciones del marido y los excesos que crepitan en la noche en torno a un fogón juvenil, tendremos todos los ingredientes de una olla a presión a punto de explotar.

Experiencia perturbadora para el espectador, tan atrapado como Luisa y su hija en ese pantano, Los sonámbulos se desliza hacia la liberación del estallido como un tiburón hacia su presa.

Con su film, estrenado el año pasado y seleccionado para representarnos ante los Oscars en la categoría “mejor película internacional”, Hernández se adentra en el territorio del binomio Torre Nilsson?—?Beatriz Guido, donde familias de buen pasar y cierta decadencia en los valores se dedican a entrampar mujeres con un dejo de conciencia y con ganas de explorar aquello que les late en el cuerpo. Por suerte, los tiempos han cambiado –un poco- y el final es feliz.

Hillbilly, una elegía rural es el nuevo film de Ron Howard (Apolo XIII, Una mente brillante) y nos adentra en una familia que, según la circunstancia, opera como un yunque sobre las decisiones que debe tomar el narrador (J. D. Basso), un estudiante de abogacía en la Universidad de Yale, que debe luchar con los prejuicios por ser originario de los Apalaches y de lo que muchos denominan “white trash”. Historia de superación, de encarnación de los valores de la meritocracia y del sueño americano –como no podía ser de otra manera con este director- interesa más por los avatares familiares que debió sortear el muchacho que por sus luchas por imponerse en el mundo de los privilegiados que, por suerte, ocupan pocos minutos.

El melodrama tiene dos polos destacados en los personajes de la madre y de la abuela, la primera viviendo ataques de ira constantes y al borde de la sobredosis, la segunda tan rígida como la artrosis que la azota, con un perene cigarrillo entre los labios y una permanente que recuerda las esponjas de cobre para rasquetear la olla. Amy Adams está irreconocible como esa enfermera en naufragio permanente, que se abraza a sus hijos como un salvavidas de plomo. Glenn Close compone otro de sus personajes extraordinarios –más allá de la abnegada madre de El mundo según Garp, la amante obsesiva de Atracción fatal, las cónyuges omnicomprensivas de Reencuentro y La esposa, la mujer idealizada por el héroe de El mejor, el trans de Albert Nobbs, la fastuosa y vengativa condesa de Las relaciones peligrosas. Ambas tienen chances para el Oscar en sus encarnaciones para el film de Howard, él mismo un actor, que conoce cómo hacer que se destaquen y no hundan la historia que está narrando.

Lo que la madre destroza, la abuela trata –con métodos poco ortodoxos- de reparar. Es así que entre crisis estentóreas y esfuerzos considerables, el muchacho llegará al lugar de preeminencia que el relato, y la vida, le reserva. La historia está basada en la autobiografía de J. D. Vance, un best seller en Estados Unidos, porque muchos la tomaron como un manual que explicaba por qué la gente de esa extracción social era capaz de votar a Donald Trump. Si uno busca realismo –y parece ser lo que buscaban los críticos del país del norte y no encontraron- esta no es la película indicada, con una producción de muchos millones con actrices caracterizadas como para Halloween, un director acostumbrado a barnizar con una pátina dorada las superficies más porosas, siempre corriendo tras los talones de un Spielberg, que tiene un estilo propio y mucha más inventiva y creatividad.

Ahora, si uno lo toma por lo que es, un buen melodrama con un excelente guión y un conflicto poderoso, y no se fija en la veracidad de las caracterizaciones y de la ideología que soportan esos personajes, como a uno no le importaba que Casablanca transcurriera en la verdadera Casablanca, que los autos que se desplazan en las películas de Hitchcock nunca se movieran un milímetro dentro del set, que Humphrey Bogart y Alan Ladd midieran mucho menos que la mayoría de sus partenaires aunque parecieran gigantes en la pantalla, y aprecia el pulso de una historia bien contada, con una fluidez transparente entre el presente y los numerosos flashbacks, la fotografía y la música adecuadas para que todo se transporte sobre raíles, Hillbilly, una elegía rural tiene mucho para ofrecer. Se la puede ver y valorar en Netflix.

Publicada en Regia Magazine, el 1 de diciembre de 2020. 

Un relato: Sabemos que no es fácil

 La playa está peinada a raya. Hace días que nadie la recorre. El mar se relame pero hasta ahí.

Anoche sonó el teléfono de línea. Hacía meses que no se lo escuchaba. Era tu mamá. La voz muy cascada, apenas un hilito. La reconocí enseguida después de cuánto… ¿30 años?

Me dijo que tu papá había fallecido, que ni tiempo tuvieron de ponerle el respirador. Que no quiso ir al hospital hasta el último momento y que, a los minutos de ingresarlo, partió. Ella no pudo despedirse, por las restricciones que hay. Que pensó que yo querría saberlo.

Bueno, ella por lo menos pudo tenerlo una eternidad a su lado. Nosotros apenas tuvimos un par de años hasta que te fuiste.

El cielo está irisado, la brisa es fresca, la arena se opone a las zapatillas.

Te cuento lo de tu papá por si te lo encontrás por ahí. Espero que no le guardes rencor por no haberse despedido de vos… Siempre nos la hizo difícil, pero bueno, quizás tu pérdida lo haya cambiado un poco. O el paso de los años. Se la notaba triste a tu vieja. La voz que le escuché no encajaba con la imagen que tenía de ella, sostenida de la cartera, a los pies de tu cama, ésa con las barras de metal.

Mirá cómo se dio maña para ubicarme. Me habrá rastreado por la Capital y alguien, quizás mi hermano, le habrá dicho que estaba en la casa de la playa, ésta que te gustaba tanto y en la que llegaste a planear que sería el lugar ideal para que habitáramos.

Estábamos en la playa, sobre la arena, de cara a este cielo, y me decías que yo era la luna y vos el sol. Que bajo este cielo debíamos permanecer, lejos de la agitación, los embotellamientos y los no de los demás. Recuerdo haber sentido esa noche, en ese momento, que nuestro amor era el paraíso, fuera acá, en la Quiaca o en Madagascar, pero no quise contrariarte.

Al poco tiempo te empezaste a agotar con las toses y nos tuvimos que volver. Fueron semanas hasta que esa piel que tanto acariciaba se pobló de géiseres secos y oscuros, y los médicos, entre azorados e incapaces, recomendaron la internación.

Te resististe lo que pudiste, hasta que tu delgadez sobrepasó la de los anacoretas y, una mañana, tuve que cargarte en una alfombra persa amarilla y negra que, atravesando la ciudad, nos entregó al hospital. La tos te ahogaba entre mis brazos y supe de qué color era tu sangre sobre mi remera. Al mismo tiempo, como en rebelión, otra pandemia atacaba a los precios, y las góndolas no paraban de acercarse al cielo de los supermercados.

Mientras te apagabas, el país entraba en convulsión, una de tantas. Yo sostenía tu mano de cera e intenté un par de veces transfundirte un poco de mi alma con los labios, pero los médicos dijeron que no había remedio. Uno de ellos, cuando advirtió lo que intentaba hacer, me ordenó que me dejara de hacer porquerías. La enfermera morocha siempre fue más comprensiva; estaba acostumbrada a los intercambios de fluidos, sus ojos habían olido demasiada miseria espiritual en esas camas que nos rodeaban. De repente, como un barco quieto, el tiempo se estancó a tu alrededor. Tras una noche de estertores y más furor bermellón sobre las fundas, las sábanas, esa mañana, entre las 8.23 y las 8.25, nunca lo pude precisar, me dejaste sin paraíso y me regalaste un purgatorio.

Hasta hoy, tu presencia me ronda, brota de un hueco profundo y me habita.

Levanto la vista y veo la luna, pero todavía falta el sol.


Publicado en Regia Magazine, el 11 de noviembre de 2020



Serie: Schitt´s Creek

 La familia Rose logró su grandiosa riqueza en base a la creación de un emporio de locales dedicados al alquiler de videos, a fines de los años 80. En el presente, estafa mediante, lo han perdido todo. O casi todo. En medio de la desesperante situación, el señor Rose recuerda que él y su mujer le regalaron a su hijo para un cumpleaños un pueblito llamado Schitt´s Creek (que en inglés suena como “arroyo de mierda”). Ahí se mudan los cuatro desafortunados miembros de la familia, yendo sus huesos a parar a un inhospitalario motel, que con el tiempo será bautizado como Rosebud.

La serie (6 temporadas de 12 capítulos de 24 minutos cada uno) arrasó con los premios Emmy 2020 en la categoría comedia, y bien merecidos los tiene. Cultora de un humor apoyado en lo grotesco y en la inadecuación de los personajes a las realidades del agreste pueblito y sus habitantes, cuenta con guiones que alternan diálogos chispeantes y absurdos, rebosantes de un humor suave que, de a ratos, sobrevuela levemente lo profano.

El señor Green tiene en Eugene Levy, -recordado como el padre del muchacho en American Pie-, el mejor de los actores ya que su personaje está diseñado por él y su hijo Dan, co-creadores y también coprotagonistas de la serie, ya que éste interpreta a su primogénito, David, un muchacho queer de expresiones faciales extremas y gestos abruptos que gusta de usar pulóveres con diseños estrambóticos, que a veces funcionan como vestidos, y alterna o combina con polleras y calzas.

Alexis Rose, la hija, que entre otras alternancias delirantes durante su vida de millonaria fue secuestrada por un jeque árabe, y se comporta como una descoordinada mezcla de Kim Kardashian y Paris Hilton, está interpretada por la bella Annie Murphy. Esta muchacha narcisista es bastante poco práctica para los desempeños laborales que se ofrecen en el villorrio y tiene poca suerte con los hombres, pese a que se le cruzan los especímenes más interesantes del lugar.

Como Moira Rose se luce la gran Catherine O´Hara (la madre en Beetlejuice y en Mi pobre angelito), con un pasado de actriz de telenovela exitosa –una única telenovela exitosa- y problemas psiquiátricos que sortea con magnanimidad e ingenio, acomodando las situaciones que se le presentan para su provecho. Tiene como armas las pelucas más coloridas, un excéntrico vestuario y un alambicado manejo del lenguaje, sin olvidar esa boca caricaturesca pintada estridentemente. Cada una de sus apariciones, donde el egoísmo es experimentado como las más noble de las virtudes con un aire casual, es para desternillarse.

En papeles secundarios destacan Chris Elliott y Jennifer Robertson, como el tosco alcalde del lugar y su lavada esposa; y Emily Hampshire, como Stevie, la regente del motel, una muchacha entumecida emocionalmente con problemas de comunicación.

Filmada en Canadá con actores canadienses, Schitt´s Creek canta loas a la unidad familiar, más cuando los padres han estado muy embebidos en dedicarse a sus tareas profesionales y han descuidado a los hijos. La estadía en el pueblo ofrecerá la oportunidad para un renacimiento del vínculo entre padres e hijos, y cada uno de ellos irá logrando un florecimiento y un equilibrio que parecía casi imposible cuando vivían entre mansiones, celebridades, viajes lujosos y limusinas.

Los talentosos Levy padre y O´Hara eran también conocidos por una serie de películas (Waiting for Guffman, Best in Show, A Mighty Wind) muy singulares e hilarantes dirigidas por Christopher Guest, y participaciones en ese fenómeno televisivo llamado Saturday Night Live.

Schitt´s Creek, que se emite por Comedy Central en Movistar Play, ofrece entretenimiento en abundancia y una mirada inclusiva, compasiva y reparadora en lo que hace a la dificultades para relacionarse que tenemos los seres humanos. Ideal para relajarse en la pandemia que atravesamos, incluye entre otras invenciones desopilantes una puesta en escena muy primitiva del musical Cabaret, propuestas de marketing estrafalarias, apolíneos galanes que coquetean a los dos hermanos, y un final muy emotivo con una boda celebrada por una papisa que parece recubierta en fondant.

Publicada en Regia Magazine, el 4 de noviembre de 2020


Miniserie: Des

 La característica voz de la Dama de Hierro anuncia que ese año de 1983 no podrá hacer descender el elevado índice de desocupación que aflige a los ingleses. Imágenes documentales muestran lo que nosotros estamos acostumbrados a ver, indigentes durmiendo en las calles, jóvenes que han arribado a Londres esperando encontrar un trabajo y que se acurrucan debajo de cartones para atravesar la fría noche, transformados en desechos a los que la sociedad esquiva o no presta atención.

Pero hay quien se ocupa de ellos y puede darles una utilidad, poco habitual, desorbitada. Se llama Dennis Nilsen, un funcionario público de 37 años, parecido físicamente a Norman Bates pero en versión escabechada. De alguna manera, tras tomar algunas copas en un pub, los lleva a su casa, los baña, los estrangula, los pone como muñecos a hacerle compañía acomodándolos en un sillón o a su lado en la cama, en algunos casos, durante varios días. Cuando se cansa de su presencia, los desmembra: puede hervir la cabeza de alguno en una olla, enterrar una pierna debajo del piso, frizar alguna entraña, arrojar restos triturados por las cañerías.

Es un un plomero, llamado por un vecino de Nilsen, quien descubre que algo que parece carne humana obstruye las cañerías del edificio. Se advierte a la policía que, tras esperarlo, ingresa al departamento: el hedor es como un golpe en el estómago; los hallazgos, escalofriantes. Detienen a Nilsen. A poco de subir al auto que lo conducirá a la sala de interrogatorios, comenta como quien dice “llueve”, que pudo haber matado entre 12 y 15 jóvenes, asombrando a los policías.

Esta extraordinaria miniserie de tres capítulos (producida por ITV) que ha cautivado al público de su país de origen, no muestra los crímenes, nos ahorra detalles visuales espeluznantes. Es un policial psicológico de investigación, que se centra en la tarea de los policías –escasos de recursos, amontonados en oficinas iluminadas lúgubremente, pobladas de máquinas de escribir, cansados de rogar que les suministren un procesador de textos. Como en todo gobierno que aplica medidas económicas neoliberales, las reparticiones públicas se encuentran empobrecidas en su máxima expresión.

Las denuncias por desaparición de personas, de existir, tienen la exigua vigencia de 24 horas. Cumplido ese plazo, ya nadie investiga, ya nadie pregunta en los hospitales, ya nadie recorre las estaciones de trenes. Hay que ahorrar recursos, no hay tiempo para invertir en los que no cuentan y son excluidos, a menos que sea el hijo de un diplomático.

Presionado por los tabloides que hablan de necrofilia y antropofagia, una opinión pública, autoridades y miembros del gobierno que aprietan el pedal, el inspector Peter Jays, interpretado por Daniel Mays (el hijo de Vera Drake, que presta su enorme corpachón y su rostro de bebé enfurruñado), trata de sonsacarle el nombre de las víctimas al asesino que de a ratos recuerda, de a ratos calla. Sin la identidad de una de esos desdichados muchachos, la investigación no podrá ponerse en marcha.

El juego de poder y de voluntades tiene otro vértice en Brian Masters (Jason Watkins), que también interrogará al asesino para escribir su biografía y se verá manipulado por su poderosa mente.

Dennis Nilsen es un personaje de la vida real que realizó su macabra labor entre 1977 y 1983. Por lo que puede apreciarse en documentales sobre su triste figura, la interpretación que de él logra David Tennant (Broadchurch, Doctor Who) es casi una reencarnación. Ácido, seco, cortante, hierático, es capaz de contar que observaba la cocción de algún fragmento humano mientras comía una tostada sin que se le mueva una pestaña.

De origen escocés, Nilsen es uno de los asesinos seriales más cínicos que hayan existido. Siempre dispuesto a colaborar con las autoridades y su biógrafo, con la excusa de querer saber qué lo llevó a matar, delinea una tela de araña que deja pequeño a Hannibal Lecter. La miniserie crea un retrato de él y del contexto en que se originaron sus crímenes en la mejor tradición del realismo social inglés, desnudando una sociedad injusta, desigual, homofóbica, victoriosa apenas terminada la guerra de Malvinas.

Publicado en Regia Magazine, el 23 de Octubre de 2020


Pornogothic: Ratched

 Una de las virtudes de Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975) era el trabajo de Louise Flechter como la enfermera Ratched que, con economía de recursos contrarrestaba los fuegos de artificio de Jack Nicholson en una de sus interpretaciones más icónicas, encarnando a Randle McMurphy, un preso común encerrado en una institución psiquiátrica. Entre ambos personajes se desarrollaba una lucha entre los impulsos libertarios y anti conformistas de él y la férrea voluntad de ella, personificación del orden, el control y la norma llevados a su máxima expresión. El film tenía un tratamiento realista, un tono tragicómico, sus vertientes góticas atenuadas hasta la invisibilidad, con colores en la gama de los marfiles y los azules. Fue un gran éxito de taquilla y arrasó con los 5 Oscars principales de ese año.

Ratched, la nueva producción de Ryan Murphy para Netflix, se presenta como una suerte de precuela del film, y tiene a la enfermera como protagonista. El presente de la historia transcurre en 1947, con flashbacks que se retrotraen a su infancia o a su desempeño durante la guerra, estableciendo la asunción de que el futuro que narra la película –basada en la novela de Ken Kesey- sería consecuente con el accionar de Ratched en los años 60.

Nada que ver. Murphy tiene una agenda sobrecargada en esta ocasión, muy lejana al equilibrio de envíos anteriores como Feud o El asesinato de Gianni Versace. Si el gótico suele asociarse al exceso, en este caso estaríamos ante un espectáculo pornográfico, una sucesión de asesinatos, trepanaciones, seres humanos hervidos en agua o desmembrados, abusos infantiles, incestos, que desfilan impúdicos por la pequeña pantalla sin escandalizar a nadie, salpicando como los picos de un electrocardiograma una trama narrativa descuidada. En este sentido, estaríamos más en el territorio desmesurado de Brian De Palma que en el de Alfred Hitchcock, aunque abunden las alusiones a ambos maestros (la banda sonora compuesta por Bernard Herrmann para Hermanas diabólicas, los filtros de colores para estados emocionales exaltados de Vértigo y Marnie, los conflictos psicológicos de los enfermos tratados con el mismo nivel de ingenuidad que en Cuéntame tu vida). Pero en Ratched tales estridencias conforman –como un resultado- un nivel de monotonía, dado que no se alcanzan los paroxismos a los que esos directores nos tenían acostumbrados, ya que mucho se impone en virtud del efecto y no del suspenso.

Sin embargo, Ratched tiene sus méritos en la detallada puesta en escena que se columpia entre el kitsch más descarado y el camp más tamizado, también exacerbada en su paleta de colores –las escenas que transcurren en la mansión del personaje de Sharon Stone son un imán para los ojos; el vestuario y las escenografías en general son magníficos- y en las caracterizaciones de los actores. Sarah Paulson (Mrs. America) se luce hasta donde los esquematismos y los virajes de timón que dominan a su personaje se lo permiten, aunque hay situaciones –como las que juega con Cynthia Nixon (Sex and the City, Una serena pasión)- que le permiten desplegar recursos más sutiles. En el apartado “grotescos”, está la siempre disfrutable Judy Davis (Pasaje a la India, Maridos y esposas), componiendo puro gestos espásticos y corrosiva ironía, a la jefa de enfermeras del asilo al que va a parar Ratched tras perseguir los rastros de alguien a quien quiere en demasía. Amanda Plummer (Pulp Fiction) como la excéntrica dueña de un motel, disfruta espiando a la protagonista y diseñando traiciones. Sharon Stone (Casino, Bajos instintos) produce escalofríos como la dúplice madre que lleva a su hijo al desastre y debe pagar una cuenta exorbitante por ello. Vincent D´Onofrio (Full Metal Jacket) exhibe su redondez a lo Orson Welles como un decadente gobernador en busca de votos. Y Jon Jon Briones –el director del psiquiátrico- destaca como el sosías filipino del doctor Frankenstein, admirador de los inventos suizos.

Parte de la agenda del productor radica en la naturalización de las prácticas LGTB para las grandes audiencias. La mayoría de las víctimas en Ratched son hombres heterosexuales, hay una romantización de lo lésbico y de la hermandad entre mujeres, y una zona de conflicto muy interesante pero poco explorada en la bisexualidad de la protagonista. Con sus desniveles, Ratched se constituye en una experiencia mucho más atractiva que Hollywood, el envío anterior de Murphy para Netflix, donde todo lucía demasiado forzado y poco creíble, los muchachos parecían pollos engordados artificialmente con hormonas, y las mujeres, caricaturas.

Publicada en Regia Magazine, el 28 de setiembre de 2020


Cantando en tiempos de pandemia

 Ha regresado la factoría Tinelli con el Cantando, con todas las restricciones del caso, creando una burbuja apta para la evasión, necesaria como válvula de escape para la afligida psiquis de los argentinos. ¡Vaya que se lo extrañaba, entre tanto recuento de muertos, vacunas aún lejanas, predicciones apocalípticas de ex presidentes, una crisis económica de proporciones paquidérmicas!

Con sus caleidoscópicas proyecciones multicolor, su procesión de humanos improvisados entre profesionales de destacada trayectoria, las discusiones sentidas o guionadas, lo cierto es que es un oasis de escapismo entre tanta pálida que nos agobia.

Después de tres semanas de permanencia, en las que se cambiaron de lugar las cabinas cuasi bancarias del jurado, los conductores tomaron aliento y se afianzaron, los miembros del jurado perfeccionaron sus roles, puede decirse que el engranaje ha encontrado su ritmo y ya se perfilan ganadores y perdedores entre los gladiadores que ofrecen sus plumajes de pavo real a los pulgares del jurado y del sumo emperador que coordina todo entre las sombras.

El jurado, salido de una obra de Beckett por los personajes que encarnan Nacha Guevara, Pepe Cibrián y Moria Casán, tres vetustas glorias de la escena nacional, que oyen y ven deficientemente –ya sea por torpezas de producción en el sonido que le envían a sus cubículos, o la incapacidad de discriminar entre lo que se les presenta en vivo y lo que perciben de los monitores que tienen empotrados en sus gabinetes- brinda mini conferencias sobre aspectos técnicos del canto, de la puesta en escena, las coreografías, la cuadratura del círculo, la nueva vida bajo el régimen Covid, la supremacía China en el concierto de las naciones, los linajes familiares, la trayectoria de los astros, el amor en los tiempos del cólera, los reductores de carbohidratos, el precio de la achicoria, la energía que les sobra o les falta a los jadeantes participantes. Entre ellos se ha colado sangre fresca, la princesita Karina, de profesión cartera, ya que tiene una mochila repleta de facturas para repartir dado su historial de rencores y heridas que no terminan de cicatrizar. La pequeña figura, embutida entre semejante figurones, emite declaraciones afinadas sobre la técnica vocal y defiende la dignidad del género musical que la consagró, que muchos integrantes del concurso se empeñan en tomar a la chacota (“la cumbia es alegría, la cumbia es alegría” repiten un estribillo encantatorio), para no hablar del desconocimiento sobre su naturaleza que afecta a los establecidos compañeros de escaño.

Entre los participantes tenemos la antiquísimas rutinas de la todo terreno Carmen Barbieri, una especie de poli rubro de virtudes escénicas combinado con una ristra de tragedias familiares agridulces; el encanto y la desenvoltura de Miguel Ángel Rodríguez; y la casi incestuosa alianza de la rotunda Gladys –la bomba tucumana- y su retoño Tyago Griffo. Todos ellos hacen un recorrido seguro de la pista y –transferencia bancaria mediante- están bien predispuestos para recibir elogios y vituperios por partes iguales. En este grupo no desentona el carisma de Jey Mammón, que siempre deja una estela de alegría y desparpajo a su paso, por más que su Estelita sea humillada en un aquelarre público.

Después viene una zona intermedia conformada por una actriz de fuste –Laura Novoa- que tiene la desgracia de tener una voz mínima para el canto y un compañero con un ego que la opaca, Patricio Arellano. El íntegro Dan Breitman, que reluce en cada interpretación pero todavía parece intimidado por la feria de vanidades; y la espléndida Flor Torrente, que con su elegancia y corrección en los modales hace de la gama grisácea el tono de la temporada.

En un islote se empeñan tres profesionales de la factoría Tinelli: la agresiva audacia de Adabel Guerrero, esa chillona y curvilínea Blancanieves que vende Floppy Tesouro, y las excelentes dotes de bailarín de Facundo Mazzei, inocuas para un cantante con un sex appeal un tanto tosco que se compensa con la gentileza su acompañante, la novata Agustina Agazzani, convocada por haber sido un satélite de un nuevo rico que deja tendales de corazones heridos a su paso. Esta última combinación no ha sido exitosa… ya están fuera de concurso.

Descolla en cada interpretación el vozarrón y la gracia (bien detectada por la pantera de Mataderos) un tanto vintage de la majestuosa Ángela Leiva, que a su paso convoca los fantasmas de Lola Flores y Rosalía, pero que es tan nuestra como el encanto barriobajero de su acompañante, Brian Lancelotta.

En el rubro freaks tenemos dos productos de indiscutible proyección y que generan la saliva necesaria para discurrir sobre si son o se hacen: Karina Jelinek (ya desterrada en la segunda ronda, destino Ibiza con ¡oh novedad! su novia) y la pobre niña rica, la licenciada en Letras y actriz de frescos pergaminos, Esmeralda Mitre. El jueguito que propone Jelinek de sensualidad perversa tamizada con candidez e ingenuidad provinciana siempre es bienvenido; el desborde y la incontinencia de la niña patricia convocan tanto el horror como el asombro en cada participación. Tinelli lo sabe y le permite extensísimos derrames de sus cuerdas vocales -a veces está hasta 40 minutos en pantalla- ya sea berreando, interrumpiendo a los jurados, amenazando a los conductores, cercenando las posibilidades de su compañero, el virtuoso y atractivo Nell Valenti, merecedor de infinitas posibilidades.

Entre paréntesis, aparece un producto de la industria del chimento, Mariana Brey, enternecedora en su ansia de ocupar un lugar entre aquellos que ha admirado y/o vituperado, y una mercancía directamente trasvasada de un country, la futura abogada Lola Latorre, tan flexible como un junco seco, protegida por la Gorgona que encarna su madre, la esperpéntica y chirriante Yanina, que suele aparecer entre bambalinas para defender a su retoña de los embates de las redes sociales o del jurado.

Finalmente, tenemos el rubro jóvenes, dividido en actores e influencers, o la mezcla de ambos. Su abundancia renueva las agotadas retinas del espectador y alivia las arcas del productor, ya que su presencia debe ser harto económica. Entre los actores sobresalen el dúo conformado por Federico Salles y Cande Molfese, pura excelencia interpretativa; Sofía Morandi y Bruno Coccia, por la sensualidad y prestancia de ella y la desgarbada simpatía de él. Se destaca Agustín Sierra por su apostura, perseverancia y voluntarismo, no así por su canto que nos recuerda el croar de los sapos.

Entre los influencers a secas llama la atención otra de las ya consagradas estrellas del programa, Lizardo Ponce, que sólo está allí por ser una celebrity en las redes, puesto que tiene su mira en el periodismo que es lo que estudió en su Córdoba natal. Menos procaz que La Faraona, menos chocante y queer para las capas medias, su mezcla de timidez y adolescencia tardía –ya tiene 30 años- parece haber encandilado a las mayorías dada su nulidad en el terreno del canto, su desinterés por lo artístico. Pero por algunos de esos misterios que anidan entre el ojo de una cámara y el objeto que capta, su presencia convoca. Utilizando un término vintage, hay algo de chambón en él que resulta conmovedor.

El virus que nos azota se cuela en la presencia de la distancia entre los cuerpos y el exceso de pantallas de Zoom, los barbijos, en los reclamos de trabajo para los cantantes y actores que no pueden dar sus funciones teatrales y recitales, y en la violencia propia de una sociedad fisurada. Las discusiones no se limitan al terreno del canto y derivados, también se discuten trayectorias, hay acusaciones clasistas (“te falta barrio” dice una Nacha devenida en Tita Merello a un gorrión de barrio privado) y sexistas (le espeta su profusa lista de amantes a una sorprendida Laura Fernández). La inigualable intérprete del “Te quiero” de Benedetti y de “La canción del odio”, máxima referente del music hall nativo, loba disfrazada de corderita desde antaño –aunque cada día recuerda más al personaje de la “vieja Loló” que solía interpretar Diana Maggi- transforma su lengua en un vidrio cortante y acerado.

Pepe Cibrián, que eligió con falta de tino un papel de tío excéntrico distraído y bonachón, más apropiado para una comedy of manners inglesa que para el sarao de Tinelli, ya ha sido reemplazado: su blandura y falta de concreción discursiva han sido desplazadas por la dosis de testosterona que imparte Oscar Mediavilla, en su papel de macho hetero -necesario para que muchos de los televidentes se identifiquen- con sus definiciones cortantes y precisas: no le sentaría mal un atavío de amo sado, con mucho cuero negro y tachas. Moria hace su propio show, a veces acertadamente –sus expresiones mientras los participantes se desgañitan, algunas salidas ocurrentes-, a veces desatinadas: sus ataques a la juventud y valía de la conductora, su extrema verborragia de a ratos errática cuando ve su robusto ego en peligro. La princesita Karina crece con sus devoluciones –resumirlas ayudaría- y sus expansiones sentimentales; sin lugar a dudas, es otro de los puntos de atracción del programa.

Ángel de Brito azuza el fuego con preguntas muchas veces insidiosas que agarran con la guardia baja a algunos frágiles gladiadores o, a veces, parecen previamente ensayadas. Laura Fernández con su simpatía y entusiasmo, va esquivando misiles de los que le envidian su fulgor, sumando capacitaciones en su camino hacia el estrellato sintético sin escalas.

Con sus más y sus menos, sus tabletas para puntuar que no terminan de aceptar los empellones de los dedos del jurado, el espectáculo despliega entretenimiento por los cuatro costados y muestra una vez más la astucia, la sagacidad, la perversidad y la capacidad de Marcelo Tinelli para producir un producto que galvaniza a los argentinos, esta vez asumiendo riesgos en medio de un panorama por demás desolador.

Si este año no hay Bailando, larga vida al Cantando.

Publicado en Regia Magazine, el 31 de agosto de 2020

Series: La captura - Devs - Defending Jacob

 La captura (BBC, 6 capítulos) es una serie policial con elementos del thriller de espionaje, ya que su protagonista Rachel Carey zigzaguea entre el departamento de investigación antiterrorista –donde acaba de obtener un éxito resonante- y el de homicidios, donde hará una especie de pasantía un tanto complicada.

El relato involucra a Rachel (interpretada con eficiente y resoluto hieratismo por Holliday Grainger, cuyos rasgos ostentan una especie de compuesto entre los de las jóvenes Miranda Richardson y Michelle Pfeiffer) con un joven veterano de guerra (Callum Turner) que podría sufrir de stress postraumático hasta el punto de no poder recordar qué sucedió con su joven y bella abogada (Laura Haddock) una vez que se despidieron en una parada de autobús.

El título podría referir a las captaciones de imágenes a través videocámaras, tanto callejeras como la manipulada por otro soldado, o el resultado de perseguir al veterano, acosado por una posible acusación de homicidio.

Como en muchos de los productos generados por la BBC, el tono es seco y azulino, la narración no se pierde en desvíos inútiles y el ritmo es acerado, entre jefas del M15 con cara de póker y miembros de la CIA que visten los curtidos atributos de hipopótamo de un Ron Perlman.

Hay homenajes a la marca mayor en el terreno del thriller –Alfred Hitchcock, y su manera de disimular un corte entre toma y toma en La soga (1948)- y un suspenso sostenido. También uno se entera de que es mejor no meterse un dedo en la nariz en una calle londinense porque es susceptible de ser captado por una de las 6 mil cámaras que poseen la capacidad de auscultar hasta el mínimo parpadeo y transformarlo en un gesto angelical.

DEVS recurre a la añeja triquiñuela creada en 1895 por H. G. Wells en La máquina del tiempo, aderezada con capas de física cuántica, para cumplirle el sueño a un empresario de la tecnología llamado Forest, que oscila entre el científico loco y el profeta new age, interpretado con crenchas grasientas con el tino parsimonioso de Nick Offerman.

Miniserie de 8 episodios generada por el talento de Alex Garland (Ex Machina, Annhilitation) para la plataforma Hulu, logra ponerte en un estado de conciencia alfa –nunca delta- siguiendo las tribulaciones de Lily Chan (Sonoya Mizuno, actriz fetiche del creador), una empleada sumamente inteligente del emporio del empresario, a la que le desaparece un novio ruso con el que comparte tareas y que metió sus narices donde no debía. Investigando por aquí y por allá con paciencia china, veremos que es asediada por uno de los tentáculos de Forest, el que le lava la ropa sucia, un ex CIA llamado Kenton que tiene la apariencia de un GI JOE entrado en la cincuentena y es interpretado muy competentemente por Zach Grenier.

Otro tentáculo del empresario, uno con el que suele enredarse entre las sábanas, es Katie (la sorprendente Alison Pill), una científica aventajada que posee la expresividad de un canto rodado y produce, con el mágico poder de la inducción, suicidios y convencimientos opacos.

Colaboradores en la confección de la máquina transportadora son dos personajes ubicados en los extremos del arco etario, un/a adolescente llamado/a Lyndon (la actriz Cailee Spaeny) que descolla en cada una de sus apariciones, y un Falstaff afroamericano (Stephen McKinley Henderson), poseedor de la gravedad y el sentido común que le falta a quien los tiene bajo contrato.

Lily también tiene un ex novio (Jin Ha) que la ayudará en su cometido, que es de ascendencia multiétnica y que pasará un muy mal rato en una bañera, cuando el siniestro Kenton se ofrezca a aplicarle el champú.

Entre muñecas del tamaño de un obelisco, manipulación de imágenes, y algún diálogo tan didáctico como abstracto –inevitable en este tipo de producto- sólo habría que reprocharle a Garland que eligiera representar su maquinita con algo que se asemeja en demasía a una pantalla de cine. En ese punto sentimos que debería haberse estrujado mucho más la mollera, porque todo el tiempo nos tiene pensando si la simulación no es más que otra forma de representación y, como tal, tan bidimensional como lo que nos ofrece el cine desde los hermanos Lumière.

Defending Jacob (8 capítulos, Apple TV) sería una versión pasada en lavandina de Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), ideal para ver en televisión porque nos mantiene cavilando en cada capítulo sobre si Jacobo (un enigmático Jaeden Martell) mató o no a un compañero del secundario. Aquí no tenemos a una atribulada y genialmente trágica Tilda Swinton, pero sí un sucedáneo sacarinado: nada menos que Michelle Dockery, la hija mayor de Downton Abbey. ¡Por fin a lady Mary se le permite mover más que una ceja y demostrar que es una verdadera actriz! Su desempeño es digno de ser resaltado porque a lo largo del relato es el personaje que pasa de la negación a considerar que su hijo podría ser un asesino, y resulta totalmente convincente.

No sucede lo mismo con el apolíneo Chris Evans, que se puso aquí como productor en busca de que se lo tome en serio como actor. Interpreta al padre de Jacobo, un fiscal de distrito al que le cae esta bomba atómica en la casa. De tanto interpretar super héroes uno está esperando que estallen las costuras del traje y exhiba los abdominales. Por otro lado, le sucede lo mismo que a Tom Cruise cuando hizo de padre de un chico de 17 años en La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005); el actor que componía el rol del hijo parecía mucho más maduro que él. Hay actores que no pueden evitar que se les sobreimpriman sus anteriores caracterizaciones en lo que están presentando… Chris, quizás después de los 50…

Así y todo Defending Jacob es un buen producto que no ahorra sorpresas a lo largo de su desarrollo, como las apariciones del notable J.K. Simmons (¿recuerdan al iracundo instructor del conservatorio de Whiplash?), como una mancha cancerígena en el pasado del fiscal, y de la potente Cherry Jones, como la abogada defensora. El suspenso está bien construido en base a la ambigüedad de las situaciones y de los personajes; también hay un juicio y un capítulo final con varios giros llamativos.

Publicado en Regia Magazine el 4 de agosto de 2020

5/6/20

El faro/The Vast of Night




El nuevo film de Robert Eggers (La bruja, 2015) pertenece a lo que Thomas J. Connelly ha dado en llamar “el cine de confinamiento”1, ejemplificado en aquellos relatos donde la tensión narrativa se focaliza predominantemente dentro de un lugar. En ese libro hay capítulos dedicados a  El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), La habitación del pánico (David Fincher, 2002),  La pasión de Ana (Ingmar Bergman, 1968), Festín diabólico (Alfred Hitchcock, 1948), entre otros.


El faro de una isla cercana a la costa del estado de Maine es lo que atrae como el canto de sirena al joven Ephraim Winslow (Robert Pattinson), que oficiará como ayudante del experimentado marinero Thomas Wake (Willen Dafoe) y nos enclaustrará en su delirante punto de vista. La dureza del clima y del trato que le propina Wake, unas molestas gaviotas, el agobio de las tareas y el eterno desplazamiento de la fecha en que vendrán a recogerlo conspiran para que al joven aprendiz se le vayan aflojando los tornillos. No alcanzará el desahogo estimulado por una muñequita; los excesos de la mente crearán sirenas y extrañas criaturas que lo excluyen cuando copulan con su superior en la misma cabina del faro. De a poco, el instinto dejará de adoptar disfraces y los dos personajes entablarán una relación en la que se alternarán las posiciones de poder -fluidas, como las identidades, en El sirviente (Joseph Losey, 1963), o con componentes sadomasoquistas como los de  la pareja encerrada en una relación de amor- odio en La escalera (Stanley Donen, 1969), que puede pasar de la danza desaforada al abrazo comprensivo.


La asfixia que provoca el film viene dada por el formato elegido por el director -el estrecho Movietone de films como Amanece (F, M. Murnau, 1927) o M, el vampiro negro (Fritz Lang, 1931)-, una fotografía en blanco y negro de profundos contrastes y delicados matices, y la banda sonora de Mark Koven, tan percutante y obsesiva como las ideaciones del joven Ephrain devenido Thomas.


Film que descansa en la densidad de texturas y atmósferas, que nos retrotrae a los personajes enfebrecidos de Edgard Allan Poe y a las situaciones narradas por Herman Melville o Robert L. Stevenson, tiene un gran aliado en las caracterizaciones de Dafoe (una especie de dios Tritón, con sus rasgos ásperos, la profusa barba, la voz de trueno) y Pattinson, cada vez más alejado de su imagen de galán y dispuesto a sudar la gota gorda. Con tanto a favor, el film trastabilla al no dotar de densidad a su conflicto, algo muy habitual en directores jóvenes como Eggers. Su vistoso pastiche amontona referencias pero nunca se  sumerge  por debajo de las superficies.  


Muy distinto es lo que propone The Vast of  Night, el film independiente del debutante Andrew Patterson. Una vez que uno se acostumbra a su narración bulímica, que alterna profusos diálogos con secuencias de un paisaje sonoro alienígena, ajeno a la palabra, abundantes en ruidos de baja frecuencia y planos secuencia eternos con veloces desplazamientos de cámara, se encuentra con un relato repleto de guiños (a films de ciencia ficción de los años 50, a programas televisivos como La dimensión desconocida),   que no tapan el conflicto ni alivianan el disfrute del espectador.


En un pueblito de frontera en Nuevo México, un muchacho que conduce un programa en la radio y una adolescente parlanchina que atiende la centralita telefónica, dos geeks que intercambian información sobre posibles invenciones tecnológicas, perciben un extraño sonido  que los llevará a concluir que no están solos en el universo. Es la noche en que gran parte del pueblo ha concurrido a un espectáculo deportivo, en que algunos reportes aislados sobre objetos extraños avistados en el cielo y un par de testimonios van alimentando un clima de paranoia y expectación. Esos relatos son manejados con tal destreza por Patterson que recuerdan a lo logrado por un Spielberg -durante la secuencia en que el capitán Quinn narra lo sucedido durante el naufragio del USS Indianapolis en Tiburón (1975)- o de un John Carpenter -en las escenas que se suceden en una cabina radiofónica en La niebla (1978)


Film de muy escasos recursos económicos -a diferencia de Encuentros cercanos del tercer tipo (1977)- pero amplia inventiva, no se queda corto a la hora de convocar una sensación de asombro ante lo desconocido.

Bien apoyado en las sólidas interpretaciones de Sierra McCormick y Jake Horowitz y en un estupendo manejo de cámaras, este pequeño film logrará que miremos con segundas intenciones el cielo.

1. Thomas J. Connelly, Cinema of Confinement, Northwestern University Press, 2019