1/8/17

Dunkerque




El sobrevalorado director Christopher Nolan utiliza un hecho histórico como excusa para un relato más cercano al cine catástrofe que al bélico. Se trata de la Operación Dínamo, que tuvo lugar en Francia a mediados de 1940, y consistió en la evacuación de las tropas aliadas varadas en la playa de la ciudad de Dunkerque, permitiendo el rescate de más de 200 mil soldados británicos y más de 100 mil franceses y belgas.
El marco histórico lo ponemos nosotros porque en el film es casi inexistente. La rica materia ha sido transformada en contenidos de película clase B con envoltorio de producción clase A. Una vez llegado a la playa el joven soldado inglés interpretado por Fionn Whitehead, será nuestro guía en esta confusa historia, fragmentada en tres partes que se entrelazan en el más burdo de los montajes. Sí, Nolan ha logrado una especie de Corre Lola Corre ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Pero estos entreveros narrativos, habituales en el director de Following y Memento, no llegan a molestar ni a alterar al espectador como en otras ocasiones: para seguir la espantosa El origen había que leer un manual de instrucciones.
Cine catástrofe del bueno: Aeropuerto (George Seaton, 1970), La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972), Infierno en la torre (John Guillermin, 1974), Aeropuerto 77 (Jerry Jameson, 1977), entre otras, todas mentadas de una u otra manera aquí, ya que los soldados deben sobrevivir  al hundimiento de los barcos que los acogen, los incendios que los cuecen, los aviones que se estrellan en el agua y amenazan ahogarlos encerrados en sus cabinas. Todas esas películas que vienen a la memoria eran films de producción, los directores no hacían más que seguir con oficio los lineamientos que los productores indicaban. Y eran mucho más efectivos que éste de Nolan, porque al menos lograban que nos interesara el destino de los personajes al conocer sus historías, expuestas en el primer tercio del film. Aquí no hay exposición, sólo una masa de sujetos casi indiferenciados en situación de peligro, marionetas manipuladas en función del suspenso más basto y el efecto sonoro más estridente.
Es cierto, no hay riesgo de aburrirse con Dunquerque. Si uno se desorienta por la trama, o no reconoce qué personaje es el que está en pantalla, no va a caer en una nube de sopor: un balazo enemigo, una explosión inoportuna, lo harán saltar en la butaca por las ondas sonoras emitidas por una docena de parlantes. Cuando esto no sucede, está la taladrante banda sonora compuesta por Hans Zimmer para musicalizar la cinta. Si no está la música, Nolan amplía a niveles insospechados el sonido de un segundero… 
Un rasgo de estilo en Nolan es la confusión; en esta película el caos es un rasgo constitutivo dado por la situación de base, por lo que puede parecer que el inglés hizo su mejor esfuerzo. Pero con tanto presupuesto hay pocos encuadres compuestos de manera agradable, ninguna situación de montaje que no despegue de lo funcional… el gran David Lean -El puente sobre el río Kwai (1957), Lawrence de Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965)-, ejemplos de films épicos realizados con distinción y elegancia) debe estar removiéndose en su tumba.
Es cierto, ni James Cameron (Terminator I y II, Aliens, Avatar) ni Steven Spielberg (Rescatando al soldado Ryan) hubieran elegido este guión tan limitado para el trazado de sus épicas, compuesto como está de los clichés de todos los puntos fuertes de serie televisiva de la década de los años 60. Tampoco un director clase B como Richard Fleischer, que podía darle carnadura dramática y fluidez a productos espectaculares como ¡Tora Tora Tora! (sobre el ataque japonés a  Pearl Harbor), Viaje fantástico o Conan el destructor. En esta ocasión, Nolan está más cerca de Michael Bay (Pearl Harbor, Transformers), que siempre busca que sus películas sean el equivalente a un shot de adrenalina, un viaje en una montaña rusa de casi dos horas, lo que no tiene nada malo… Pero la publicidad, para rescatar las ingentes montañas de dólares invertidas en la producción de los últimos films de Nolan, y ciertos críticos, construyen la imagen de que el susodicho es un director importante, de visión… ¡Hasta han llegado a compararlo con el genio de Stanley Kubrick!
Pues no señoras y señores, lamento decir que Christopher Nolan no es nada de eso. Sólo se trata de un artesano ambicioso que sabe tener un eficaz departamento publicitario a sus pies. Poco más.
Los actores ponen sus rostros. Uno espera que Kenneth Branagh se descuelgue con algún discursito a lo Enrique V para arengar a las alicaídas tropas; que Mark Rylance deje de fruncir el ceño; que Tom Hardy puede sacarse la máscara que lo asfixia para poder  reconocerlo; que Harry Styles cante una de las canciones de One Direction para parar la ruidosa maquinaria que Nolan ha puesto en movimiento… Agradezcamos por la rapsódica aparición de Cillan Murphy, el único que parece saber lo que está haciendo en este desconcierto.

12/6/17

Twin Peaks 3




Ha vuelto David Lynch, el maestro de lo siniestro. Habiéndose prometido no volver a filmar –tras Inland  Empire (2006), tras haber declarado que el cine de arte ha muerto- fue tentado por la cadena Showtime para darle una sobrevida a su Twin Peaks, la serie que ayudó a modificar el panorama televisivo a principios de la década de los años 90.
Importantes directores se habían aproximado al medio -por entonces devaluado- de la televisión. No hay más que recordar la experiencia de Steven Spielberg con Amazing Histories (1985-1987), o la de Michael Mann con Miami Vice (1984-1990). Pero ninguno de ellos había dejado su traza; se habían mantenido dentro de los carriles habituales de la televisión comercial.


Lynch, en su alianza con Mark Frost –responsable de los guiones del hito televisivo Hill Street Blues- trasladó parte de su particularísima visión al medio y lo transformó para siempre, creando un espacio de innovación,  pavimentando el camino para que surgieran The X Files, The Sopranos, Six Feet Under, Lost, Mad Men, Breaking Bad, True Detective, entre las más dignas de mención. En nuestro país sus ecos se escucharon en  Bajamar, la costa del silencio (1995), una miniserie de Fernando Spiner, filmada en Villa Gesell.


Twin Peaks, en los 30 capítulos de sus dos temporadas, conjuraba una mixtura entre la telenovela (soap opera, para los estadounidenses, a la que parodiaba desde su propia textualidad a través de los fragmentos de “Invitación al amor”) y la mirada expresionista de Lynch, especialista en hacer experimentar al espectador los atormentados mundos interiores de sus protagonistas con recursos cercanos a la abstracción, desplegando sus enfrentamientos con la propia sombra o los miedos surgidos antes situaciones que ponían en riesgo la continuidad o disolución de la propia identidad. 


“Abstracto” y “comercial” eran términos antitéticos para los productores del medio televisivo por aquel entonces. La capacidad creativa del director de Terciopelo azul(1986), barnizada con toda una capa de recursos góticos, posibilitó el éxito de la serie hasta el séptimo episodio de la segunda temporada, en la que se develaba el misterio acerca de quién había matado a Laura Palmer, una adolescente  reina de su escuela secundaria,  encontrada envuelta en plástico a orillas de un lago. Los episodios restantes mostraron destellos de genialidad, empantanados entre las viejas convenciones televisivas que habían sido desoídas durante la primera temporada. Lynch –si bien dirigió algunos capítulos- nunca había querido develar el misterio, pero tuvo que ceder el control ante las presiones de la cadena televisiva ABC.

En la base de Twin Peaks está La caldera del diablo, una serie de los años 60 que dio a conocer a actores como Mia Farrow y Ryan O´Neal, basada en un best seller de los años 50 que también tuvo su exitosa versión cinematográfica con Lana Turner. La trama transcurría en un pueblo llamado Peyton Place, donde las pasiones de los habitantes alteraban la aparente calma reinante. El estilo retro de Lynch, ya sea en el vestuario o en detalles de ambientación, también tomaba forma con la inclusión en el reparto de estrellas de fulguración secundaria de aquel pasado hollywoodense: Richard Beymer, como Benjamín Horne, y Russ Tamblyn, como el doctor Jacoby, se habían destacado en el musical ganador del Oscar, Amor sin barreras (West Side Story, 1961);  Piper Laurie -Catherine Martel- en varios dramas románticos (y en su inolvidable composición como la madre de Carrie en 1976). En cuanto al pasado televisivo, Michael Ontkean, -como el sheriff Harry S. Truman-, y Peggy Lipton, -como Norma Jennings-, habían destacado respectivamente en series como Los novatos y Patrulla juvenil, clásicos de los años 70.


El aspecto gótico de la serie, con lo incestuoso como núcleo incandescente, sus infinitos dobles y reflejos en espejos, las coartadas sobrenaturales, contribuyeron a espesar el caldo de lo telenovelesco. Pocas veces el aspecto luminoso se imponía; el horror aparece espolvoreado en momentos alucinantes, como cuando Leland Palmer, poseído por un espíritu lascivo e insaciable,  asesina a su sobrina, situación que reduplica la trágica muerte de Laura. O los abusos de Leo hacia su esposa. O el homicidio del plumífero Waldo. Twin Peaks trasgredió fronteras de permisibilidad en lo que hace a los standards de violencia televisiva (violencia que no era ninguna novedad para los habitués de la filmografía de Lynch). 


El gótico no sólo estaba en los numerosos excesos, ocultamientos y dobles vidas de los personajes, en hacer siniestra una “dona” -una rosquita azucarada- al salpicarla con sangre, sino también en lo que hace a la investigación del agente Dale Cooper, perteneciente al FBI, que mezclaba la lógica deductiva de un Sherlock Holmes con apelaciones al Dalai Lama, a la filosofía oriental y a lo onírico mientras saboreaba  hectolitros de café.


Cooper, interpretado por el actor que muchos consideran un alter ego del director, Kyle MacLachlan, con su aspecto de androide adolescente e imberbe, daba variadas muestras del absurdo Lynchiano,  ayudando a descomprimir y a sobrellevar tanta oscuridad y perversión. También aparecían mujeres que dialogan con troncos, enanos y gigantes, semáforos que guiñaban más que un ojo, burdeles allende la frontera, mujeres fatales orientales con más dobleces que la dama de Shanghai, adolescentes en estado primal y hormonas en ebullición (que con sus camperas de cuero recordaban al Marlo Brando de El salvaje), y un bosque con búhos que susurraban secretos. Había fantasmas por todos lados: grabaciones de video y de audio de Laura, los retratos con su imagen enmarcados tanto en su casa como en vitrinas escolares, en revistas de contactos sexuales…


Las alusiones a grandes títulos de la historia del cine eran un festín para el conocedor: uno podía ver en la elección del nombre de la protagonista ausente un guiño a la Laura (1944) de Otto  Preminger, uno de los títulos claves de cine noir del período clásico. El pajarraco testigo del horror se llamaba Waldo, y era encontrado en la veterinaria del doctor Lydecker, siendo ambos apelativos los que componían el nombre y apellido del protagonista masculino de aquel film. La prima de Laura Palmer –su doble, interpretado por la misma actriz-  se llamaba Maddy –Madeleine- Ferguson, lo que aludía a los nombres de los personajes principales de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), teniendo la mujer un doble dentro del mismo relato interpretado por la misma actriz, Kim Novak. Poner un paquete de cocaína dentro del tubo de combustible de una moto era denominado un Easy Rider, haciendo eco a la estrategia de los protagonistas de Busco mi destino (Denis Hopper, Peter Fonda, 1969) para transportar droga.  

El mundo que planteaba David Lynch va describiendo un arco de contrastes en continua transformación. El descubrimiento del cadáver de Laura y la consiguiente llegada del agente Cooper, provocan un caos que van perturbando la constitución de la población. Numerosos personajes en la serie van sufriendo alteraciones que los llevan de representar roles modélicos (Laura, Leland Palmer, Cooper, Josie Packard) a encarnaciones del mal,  dotando de características más humanas a los que habían sido presentados como malévolos (Ben Horne, Jacques Renault, el doctor Jacoby, Philip Gerard el manco). El amplio friso que el relato va pintando va develando que el horror anida en el seno de la unidad familiar, que debajo de las apariencias hay un cosmos de energías oscuras y destructivas capaces de cuartear la más amable de las apariencias. En este sentido, no hay más que recordar lo que se ocultaba debajo de la alfombra de césped tras la muerte del padre del protagonista de Terciopelo azul: un ambiente voraz de insectos negros en constante movimiento. Aquí, un ventilador de techo en funcionamiento puede anunciar la llegada de lo indecible; en un burdel, un cliente puede confundir a su propia hija con una prostituta.

A través de su evolución como personaje, el agente Cooper va manifestando una capacidad trasgresora en él que termina provocando daños a otros personajes, lo que lo llevará a descubrir que tiene características comunes con los poseídos por el mal. No es de extrañar que Cooper finalice la segunda temporada poseído por Bob, el terrible espíritu que ocasionara la muerte de Laura y de su prima, entre otros personajes. La atroz revelación estallará al ver su imagen reflejada en el espejo, enfrentando el rostro del monstruo, como antes ocurriera con el padre de Laura Palmer. También se alude a la posibilidad de que Cooper  ya hubiera sido poseído anteriormente y fuera responsable  de las muertes de sus amantes. 

La tercera temporada se inicia con dos Dale Cooper, uno, que va saliendo del Black Lodge tras un encuentro con Laura, adelantado en el último capítulo de la segunda temporada. El otro, maléfico y destructivo, sembrando de asesinatos distintos lugares de los Estados Unidos. Todo hace pensar que irán convergiendo hasta llegar a Twin Peaks, donde otro efecto de extrañamiento será reencontrarse con algunos de los actores de la serie original, 26 años más tarde, con el arado del paso del tiempo en sus imágenes. El mismo Lynch vuelve a interpretar a un jefe del FBI, con la sordera a pleno volumen, provocando varias situaciones cómicas.  También se suman nuevos intérpretes: Laura Dern, Jennifer Jason Leigh, Naomi Watts, Richard Chamberlain, Jim Belushi, Robert Forster, entre otros. Y cada episodio puede incluir una presentación musical en The Bang Bang Bar, el mismo ámbito donde Julee Cruise nos deleitara con sus temas, acompañada por la música compuesta por Angelo Badalamenti, responsable de reforzar las extrañas texturas que le imprime el realizador a las distintas escenas.
En Lynch la lógica racional y causal es lo de menos, dadas las coordenadas surrealistas con las que de a ratos experimenta. Según sus declaraciones, deberemos apreciar los 18 capítulos como si se trataran de un único largometraje,  predispuestos a sentir y experimentar. También recomienda un vistazo a la extraordinaria Twin Peaks; el fuego camina conmigo (1992), una precuela cinematográfica que fuera muy mal recibida en su momento tanto por la crítica como por los fanáticos de la serie, y que se regodea con los momentos previos a la muerte de Laura, mediante escenas de violencia ligadas a lo sexual que no hubieran sido permitidas en la televisión. El film añade misterios a la vez que resuelve otros,  y posee segmentos de una belleza inusitada, emparentando a Laura, en los tramos finales de su martirologio –una vez abrazada por una luz celestial y la calma de la muerte- con un ángel escapado de un cuadro colgado en la pared de su habitación.

Guiados por la mano rectora de Lynch, aceptaremos naturalmente que en la nueva temporada un actor interprete varios personajes y extensos segmentos donde la abstracción reina en medio de paisajes sonoros o silencios desconcertantes, permitiéndonos proyectar nuestras interioridades, mostrando la pantalla de nuestros televisores como  prolongación de nuestros temores más inconfesados y de nuestros sueños más reprimidos. Veremos cómo un hombre con amnesia en un casino, con tan sólo señalar  máquinas tragamonedas guiado por un farolito que sólo él percibe, puede regresar a su familia con una bolsa cargada de dólares, y su mujer y su hijo recibirlo como si ése fuese su estado habitual. Que hay hombres que no son conscientes de haber cometido un homicidio y son encerrados en la cárcel y visitados por su esposa, que le espeta haberlo engañado con otro hombre… para poco después morir asesinada por el doble desgreñado del agente Cooper. Que una muchacha (Amanda Seyfried), tras un pase de cocaína, pueda percibir con dulzura a un novio abusivo, y aislarse en un trip personal mientras es arrullada por The Paris Singers interpretando “I Love How You Love Me.” Que una extraña caja negra se achicharra en un subsuelo decrépito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires…

Nada de lo que se cuente dará sentido a lo que la continuación de Twin Peaks tiene para ofrecernos. Mejor exponerse.

15/5/17

Personal shopper



El nuevo film de Olivier Assayas (Carlos, Las horas del verano, Demonlover, Clean) fue escrito especialmente para su protagonista, la siempre enigmática y sorprendente Kristen Stewart, con quien había colaborado en El otro lado del éxito, y a la que había llamado una de las mejores actrices de su generación. Semejante afirmación no es descaminada para la estrella de la saga Crepúsculo; ya de muy niña, tras actuar en La habitación del pánico, Jodie Foster la había apadrinado (como lo hiciera en su ocasión De Niro con Di Caprio).  

Otro gran director, nada menos que Woody Allen, se encargó de inscribir a la Stewart en el árbol genealógico hollywoodense de las mujeres duras, con fuertes componentes tradicionalmente asociados con lo masculino: hablamos de una Barbara Stanwyck, una Joan Crawford, una Bette Davis. Tal operación ocurrió en Café Society, y Kristen supo llevar con orgullo la percha para semejantes hombreras.
En esta ocasión encarna a Maureen Stewart, la asistente de una celebridad a la que apenas se ve en pantalla, encargada de retirar el vestuario que la otra va a utilizar de las tiendas más cotizadas de París y Londres, bajo la condición que jamás se lo pruebe ella. Muy eficientemente, Maureen realiza estas operaciones en modo robot, ya que se halla totalmente habitada por la muerte de su gemelo, que la tiene en espera de una señal. Ambos hermanos compartían cualidades de médiums y este es un film que apuesta fuertemente por los fantasmas, ya sea mediantes chats de wasap, novios que se manifiestan a través de Skype, o señoras enojadas que se expresan ruidosamente en mansiones desoladas.

Quienes esperen una historia fuerte con efectos especiales desbordantes y golpes de efecto… mejor se encaminan hacia otro cine. Éste es un film de atmósferas –es decir, distintos estados climáticos-, con una trama muy débil, con una interpretación realmente sutil de esta actriz formidable, capaz de transformar un duelo traumático en una travesía siniestra hacia lo más profundo de sí misma. Se topará con dobles incandescentes, erupciones protoplasmáticas, homicidas desesperanzados… Todo ello, quizás no más que una proyección de un yo tratando de hacer pie en un terreno cenagoso donde la otra mitad de su identidad se ha esfumado en el insondable misterio de la muerte.

30/4/17

Get out



Un muchacho de color acepta la propuesta de conocer a los adinerados padres de su novia blanca. Ya durante el viaje hacia el cuidado suburbio donde se emplaza la mansión, sufren un incidente en la ruta que funciona como una señal de mal augurio: el muchacho es sojuzgado por un policía, tan sólo por pertenecer a un grupo racialmente minoritario.  La muchacha, de crianza en los ideales demócratas, resuelve prestamente la situación. Sus padres lo recibirán con los brazos abiertos; es un ámbito donde se proclama que si el presidente Obama hubiera tenido la posibilidad de una segunda reelección, lo hubieran vuelto a votar.

Al día siguiente,  los padres celebran una reunión donde acuden muchos de sus poderosos amigos. El muchacho parece captar la atención de todos los presentes que, de una u otra manera, le recuerdan las virtudes de pertenecer a la raza negra. Hasta que otro invitado, otro joven de color que luce un tanto abombado del brazo de una mujer que podría ser su madre -si no fuera porque su piel es blanca-, lo conmina a que huya del lugar.
El film de Jordan Peele, cuyo primer tercio parecía una sátira de costumbres acerca de los comportamientos políticamente correctos de un sector de la sociedad estadounidense, - un amigo que ofrecerá ayuda telefónica al protagonista mencionará Ojos bien cerrados, el film de Stanley Kubrick, como referencia al ambiente farsesco en el que se encuentra- se desliza hacia los territorios del horror con una facilidad que nunca parece incongruente.  
Lo que planteaba Las poseídas de Stepford –una nouvella de Ira Levin con dos adaptaciones cinematográficas fallidas-  en relación al feminismo y la oposición del patriarcado a que sus ideas y conquistas prendan a mediados de los años 70, lo hace Get out en relación a los beneficios logrados por otra minoría y las nuevas formas de esclavitud en una sociedad,  aparentemente libre y abierta a los cambios.

Apoyado en un elenco sólido –Catherine Keener a la cabeza, como una psicóloga avezada en hacer trabajar en su propio beneficio a circunstanciales pacientes- y una narración abundante en suspenso, el film de Peele se despega de la media de las producciones del género. No sería de extrañar que en unos años Get out ocupe un sitial de honor entre clásicos del género como El bebé de Rosemarie (Roman Polanski, 1968) y La noche de los muertos vivos (George A. Romero, 1968). Pergaminos no le faltan.