30/7/19

Homecoming


Julia Roberts hace su entrada en el mundo de las series con Homecoming, un producto de Amazon (10 capítulos de 30 minutos). Su carrera estelar tras ganar el Oscar por Erin Brockovich (2000) se sostenía con algún éxito ocasional (La sonrisa de Mona Lisa, Wonder, Agosto) pero sin el resplandor posterior a la consagración en Mujer bonita (1990).


Aquí interpreta a Heidi Bergman, una trabajadora social recién graduada que es contratada por una corporación para recibir a soldados que vuelven de la guerra con la intención de reintegrarlos a la vida civil tras haber vivido situaciones traumáticas. Heidi no hace honor a su nombre; es presentada con la música que ambientaba la escena de la ducha de Vestida para matar (Brian de Palma, 1980), escena en la que Angie Dickinson imaginaba un encuentro amoroso salvaje entre vapores y mamparas con un potro que devenía en su violador. Acá la erótica se ve desplazada de los hombres al trabajo; Heidi dejará a su marido –Dermot Mulroney (objeto de deseo del personaje de Julia en La boda de mi mejor amigo)– por la cada vez más absorbente tarea, transformándose en el instrumento más aguzado para la “recuperación” de esos muchachos, hasta que descubra que más que hacerles un bien…

No se trata de develar demasiado; la serie cuenta con abundante tensión, suspenso, paranoia, personajes que no son conscientes de que forman parte de un diagrama mayor, detectives gastados que siguen el hilo de una madeja que al desenrollarse puede tener consecuencias inesperadas, corporaciones contratadas por sectores importantes del poder que violan todas las barreras éticas existentes en aras de conseguir dividendos, edificios tan laberínticos como impersonales… Homecoming cuenta con muchos de los elementos del thriller paranoico de los años 70, títulos como Klute, Asesinos S.A., Todos los hombres del presidente (los tres dirigidos por Alan J.Pakula, que también dirigiera a Julia en El informe pelícano (1993) o Secreto oculto bajo el mar (Arthur Penn, 1975) y La conversación (Francis Ford Coppola, 1974). Era una época en que el escándalo Watergate estaba constantemente en las portadas de los diarios, las conspiraciones estaban a la orden del día, los estadounidenses vivían una profunda crisis económica, sufrían la derrota en Vietnam y una aguda crisis de confianza en las instituciones políticas y empresariales.


Hoy, con otro gobierno conservador en el poder, el subgénero –que tomaba muchos elementos de los thrillers de espionaje de Alfred Hitchcock– vuelve por la puerta grande, dirigido por Sam Esmail (responsable de Mr. Robot), con un alto grado de estilización –planos secuencia sumamente elaborados, captados cenitalmente y atravesando varias habitaciones, escaleras, ¡hasta pisos!; juegos con los formatos de pantalla, ya sea dividiéndola o trastocando los distintos radios: apaisado para lo que transcurre en 2018, y un presente gris, como registrado por un celular, ambientado en 2022. La musicalización está compuesta por segmentos de bandas originales de sonido de thrillers de los años 70 y 80 y, como oveja negra, la “Sarabanda” de Haendel, que era central en el Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick. También hay elementos provenientes de la ciencia ficción; Blade Runner (Ridley Scott, 1982) es una referencia obligada cuando se trata de personajes que recuerdan lo que no deben.


El elenco es incomparable; Sissy Spacek –la Carrie original- representa a la madre de la confundida Heidi, y da una clase de actuación en cada aparición. Bobby Cannavale se merece todos los premios como la odiosa cara de la corporación, siempre en constante movimiento. El joven Stephan James, cliente de Heidi, posible interés amoroso, es dueño de un magnetismo insoslayable. Shea Whigham, como el investigador Thomas Carrasco, transmite el ajado cansancio del que está obligado a cumplir con su deber en circunstancias adversas. Marianne Jean-Baptiste (Secretos y mentiras, de Mike Leigh) interpreta a una madre de pocas pulgas en lo que hace a la recuperación de su hijo. Y la mujer bonita, más envejecida, un tanto desflecada, deslumbra cada vez que sonríe, y tiene la fuerza y el carisma necesarios para sostener todo el peso del envío.

Publicado en Regia Magazine el 29 de noviembre de 2018

Horrores de ayer, de hoy y de siempre: Rojo, En tránsito, Hallowen




El horror es una emoción profunda que es convocada, de distinta manera, por tres films recientes.

En Rojo, del joven director Benjamín (Historia del miedo, El movimiento), reconstruye el tramo final del gobierno de Isabel Perón, en las adyacencias de la atroz dictadura de 1976, lo ambienta en “una provincia argentina” indeterminada, y nos narra la historia de un abogado (Darío Grandinetti, muy convincente) que, increpado una noche en un restaurante por un extraño, ante la mirada azorada de los comensales, inicia un camino de mentiras y ocultamientos que no tendrá retorno.

El sentimiento de revulsión moral que experimenta el espectador no deviene sólo por el accionar del protagonista, también es provocado al ir develando que el personaje forma parte de una red inexorable donde todo lo que está en disidencia con el sentido común de cierta derecha fascista puede ser barrido de la faz de la tierra con la más siniestra de la complacencias.

En ese sentido, la puesta en escena de una coreografía escolar sobre el rapto de una cautiva -con el resto del conjunto de los bailarines inmovilizados cuando sucede la acción-, no sólo es una buena síntesis temática, sino que eructa un eslabón pasado de nuestra conciencia nacional. Rojo es un film de texturas opacas –el exceso de los marrones de tanta madera en los interiores, el color desapasionado fronterizo con el sepia- donde el suspenso y un humor entre negro y absurdo se codean.

Naishtat sabe cómo crear atmósferas densas y paradójicas, y se apoya en un elenco donde destacan Andrea Frigerio como la esposa del abogado, y el subrepticio Alfredo Castro, como un tentáculo chileno de aquella red que busca extirpar el color rojo del espectro cromático en el cono Sur. Rojo es uno de los films más atractivos que ha dado el cine argentino este año y merece verse en tándem con La mujer sin cabeza (Lucrecia Martel, 2008), donde se deja entrever que los efectos de aquella ola sanadora aún siguen corroyendo nuestra sociedad.

En tránsito nos devuelve al alemán Christian Petzold (Yella, Triángulo, Bárbara, Ave Fénix), que suele narrar historias melodramáticas con un alto grado de parquedad y ambigüedad. Aquí se narran hechos que acaecen en 1940, durante la ocupación alemana en Francia, pero ambientados en la más cercana contemporaneidad, un presente al que se le han extirpado los teléfonos celulares pero donde, inquietantemente, vemos cómo los inmigrantes buscan desesperados visados de países americanos para poder salvar sus pellejos de los más viles delatores. Metáfora de una Europa que expulsa más que abraza, sigue el derrotero de un muchacho (Franz Rogowski,de extraordinario parecido con Joaquin Phoenix) sin identidad ni propósito firme en la vida, que se ve involucrado en una historia de amor que deriva entre las tensiones del abandono y el exterminio.

Si bien los nazis no visten uniformes reconocibles, sus actitudes y su moral lo son, y están esparcidas en gran parte de la sociedad que describe el film. El admirable recurso de aquella temporalidad proyectada sobre el presente no sólo incomoda al espectador, también le puede llevar a provocar la náusea al descubrir que todo lo nuevo puede llegar a ser viejo, otra vez.

En un terreno más tranquilizador por lo trillado, el de los temores infantiles más soterrados, con el vértigo asegurado de un carrito de montaña rusa, Laurie Strode (Jamie Lee Curtis) vuelve a toparse con Michael Myers (Nick Castle, James Jude Courtney) para enfrentar el trauma que la signó aquella Noche de brujas de 1978.

Halloween es la secuela del film original de John Carpenter, uno de los grandes hitos del cine horror de todos los tiempos. Aquí se obvian los estragos que ocasionaron los capítulos intermedios de la serie despejando la arena para el enfrentamiento de dos gladiadores.

No le importa mucho al director David Gordon Green (George Washington, Undertow) cómo se llega a la pulseada final entre víctima y victimario; las inconsistencias y los huecos argumentales están a la orden del día. Ya está casi extinguida aquella premisa del castigo a los trasgresores de la moralidad –niñeras y amantes que osaban retozar antes de llegar al matrimonio, liberados de las miradas vigilantes de unos padres inexistentes, propia de la decadencia moral de la era de la música disco en los Estados Unidos. Allí el monstruo aparecía para poner orden en una sociedad desencantada y hedonista, como antecedente de la ola restauradora que llevó a cabo el presidente Ronald Reagan.

Aquí el cuco reaparece para cortar el ciclo repetitivo del retorno de lo reprimido. Las heridas de Laurie tienen su proyección sobre su hija y su nieta –que la han padecido en su aislamiento y en el transformarse en una amazona paranoica-, y serán las tres generaciones de mujeres que enfrenten al ícono del mal, dando oportunidad a que el trauma se descomprima y la serie encuentre una digna sepultura en tiempos del #MeToo, aunque al igual que Myers lo hacía tradicionalmente, puede que vuelva a resurgir en algún otro capítulo, dadas las desmesuradas cifras de taquilla que el film ha acumulado desde el día de su estreno.
Publicado en Regia Magazine el 1 de noviembre de 2018

Nace una estrella, de Bradley Cooper




La nueva remake de la historia del artista en descenso que se enamora de la cantante que va a ascender gracias a él – en las dos primeras versiones (1937 y 1954) sucedía entre actores, en el mundo de Hollywood- viene con un cuchillo bajo el poncho. O debiéramos decir, una pistola en la bandolera.


Interpretada, reescrita y dirigida por Bradley Cooper –cada día más parecido a Popeye, sería el actor ideal para protagonizar una remake– no deja ninguna duda de que la verdadera estrella del film es él. De hecho, Jackson Maine, el cantante country que interpreta, recibe un tratamiento mucho más desarrollado que en las versiones anteriores. Tiene un hermano mayor, amigos de color, muy masculinos todos ellos. Tiene todo un pasado que incluye a un padre alcohólico con el que le gustaba beber, y bebieron tanto que a él también se le hizo un hábito. Por si fuera poco, padece de tinnitus y también abusa de las drogas.


En cambio, Ally (Lady Gaga, en un debut cinematográfico consagratorio) está rodeada de figuras feminoides, –su mejor amigo es gay y si hay un hombre heterosexual a su alcance tiene más de 60 años (el padre chofer y sus compañeros)–, hasta que conoce a Jack quien, con tal de saciar su sed entra a un bar desbordante de drag queens, entre las que se halla Ally, que deslumbra con una interpretación de “La vida color de rosa”. El flechazo es fulminante, tanto que casi no es desarrollado por el guión, que se aboca rápidamente a las tareas de ambos…

La versión protagonizada por Barbra Streisand, si bien apenas esbozaba el personaje del cantante decadente, le dedicaba mucho espacio al romance y hacía que la relación nos importase… Kris Kristofferson escribía toda una pared con el nombre de su amada, le llevaba pizza a la casa a minutos de conocerla y concretaba la pasión que desbordaba como el vino espumante en menos de lo que canta un gallo. En cambio, Jack tiene tantos problemas que el sexo no parece una preocupación para él. Sí le interesa tener muletas que lo ayuden a sostenerse: su hermano y “Calamity Jane” alias Ally.


El retrato de Ally que hace Cooper no es halagüeño, está muy lejos de ser una enfermera. Puede parecerlo en la superficie pero la muestra siempre escalando –rampas, escaleras, aviones. De hecho la representa como una narcisista: enfrentada a un amplio cartel publicitario con su imagen, detrás de ella está el hombre que le permite que alcance la cumbre. Sí, parece decir irónicamente Cooper, detrás de una mujer siempre hay un gran hombre. Parodiando la famosa escena de la bañera de la versión de 1976, Ally le pega a Jack con cinta adhesiva sus cejas postizas, cubriendo las del varón; pareciera que lo quiere por lo que tiene de su imagen en el espejo. Pero ella… ella está tan enceguecida por su ascenso a la fama que no repara que lo único que él quiere es que lo acompañe, sea el bastón en el que apoyarse.

Ally no tiene ningún empacho en decirle que se haga cargo de sus propias miserias; está muy ocupada en obedecer a su manager, un hombre que de tan neutro parece andrógino. No hay tiempo ni interés para el sacrificio amoroso, sólo para deslomarse en los ensayos –haciendo esas coreografías acrobáticas a las que la estrella del pop nos tiene acostumbrados desde su primera hora. Antes de conocerlo a Jack, dejó llorando a un abogado que le proponía casamiento… por teléfono…. en un baño. También es capaz de lastimarse un puño tras pegarle un trompazo a un policía que acosa al pobre cantante. Esta chica no tiene problemas en trasgredir la ley de los hombres y hacerse respetar. Es una chica super poderosa.


En cambio, Cooper rodea a su personaje de una iconografía propia del western crepuscular: botas, sombreros de ala ancha, una voz tan ronca como el ladrido de un perro afónico, un hermano mayor que parece salido de La diligencia (Sam Elliot rescatado del olvido porque Clint Eastwood ya está para ser el abuelo del personaje). El cowboy está perdido en este mundo donde la mujer toma la sartén por el mango y donde cierta masculinidad de pelo en pecho, actos caballerescos –él le propone casamiento y la sorpresa de Ally parece decir con la mirada “¿es necesario?”- y la nostalgia ante un pasado que se supone mejor no encuentran cabida.

Muchas veces a Jack se lo ve más abajo en el plano que comparte con Ally o su hermano; no hay más que presenciar la embarazosa escena de la entrega de los Grammy, tirado unos escalones por debajo mientras ella recibe el premio por tanto trabajo. No se agota ahí su humillación…

Sin embargo, como la famosa narrativa se lo demanda, se “sacrifica” para no ser un obstáculo en la carrera de su mujer. Quizás haya llegado al punto de darse cuenta que para ella siempre fue el pasamanos de una escalera y para su hermano una enorme molestia.

Lo cierto es que al irse los deja a ambos con un paquete pesado: culpa por no haberse hecho cargo de semejante tonelaje… No importa, esto es Hollywood. Ella cantará a pleno pulmón el final vistiendo su apellido, y el hermano exorcizará las culpas recordando que existieron tiempos mejores.

Jack estaba tan pero tan caído que ni siquiera la hace enojar a Ally con una infidelidad, haciéndola sentir sustituible por una palurda, como ocurría en la versión Streisand. No, acá no hay pasión por el otro…sólo por el trabajo y el masoquismo (como en la versión de 1954). También el glamour se ha ido con el viento… Las estrellas del film poseen el mismo encanto que la gente con la que uno se topa en el subte todos los días… excepto porque cantan y actúan y lo hacen muy bien. Pero lucen bastante desangelados…

La vieja retórica de Hollywood, aquella que hacía exaltar al espectador con un film mediocre como el de Streisand o el muy superior de la sublime Judy Garland, ha quedado sepultada en el camino. El exceso de realismo en el musical constriñe, aprieta, estrangula, las emociones.

Publicado en Regia Magazine, el 24 de octubre de 2018

Jane Fonda en 5 actos






HB0 ha lanzado un documental que tiene como tema la vida de Jane Fonda, una de las actrices más influyentes que ha dado Hollywood, que acaba de cumplir los 80 años y alquimias mediante, se ve lozana y fresca como un espárrago bajo la artificiosa luz que cae sobre las góndolas de un supermercado.

Estructurado en base a un monólogo que la actriz va desarrollando mediante anécdotas de su largo recorrido por este mundo, ilustrado por un collage de fragmentos de home movies, entrevistas televisivas, noticias de periódicos y diversas fuentes documentales, está dividido en 5 capítulos: cuatro sobre los hombres que direccionaron su vida, el final donde por fin se siente cómoda consigo misma. El film no ahorra revelaciones, y hasta adopta un cierto tono confesional cuando habla de penosas situaciones familiares.


Hija de Henry Fonda, una de las máximas estrellas del Hollywood clásico, acostumbrado a interpretar a un ícono de la bondad y de la hombría de bien en films donde interpretaba al presidente Lincoln y a cualquier estadounidense poseedor de las más sobresalientes virtudes. En la vida familiar, el hombre se destacaba por su frialdad emocional. Basta ver cómo afrontó la crisis que desató el suicidio de la madre de Jane para darse cuenta que un iceberg era mucho más cálido que este hombre para sus hijos.

Marcada por la disociación del padre entre su imagen pública y su imagen familiar, Fonda se construye como mujer en relación a los deseos y necesidades de los hombres importantes de su vida. Para captar la atención de ese padre tratará de gustar, de ser aceptada, mientras se maltrata haciendo equilibrios por la fina línea entre la bulimia y la anorexia. Comenzará una carrera como actriz de comedia en Broadway y luego en el cine (Tall story, 1960; La tigresa del Oeste, 1965), cruzando a Europa para ponerse bajo las manos de Roger Vadim, un director notable por haber moldeado como masilla a varias de sus novias, -Brigitte Bardot, la más perdurable-convirtiéndolas en símbolos sexuales. De esta etapa, los hechos sobresalientes serán el haberse casado con él, su papel en Barbarella (1968) -una de esas bromas cinematográficas tan habituales en los años 60, donde realiza un famoso desnudo flotante-, y una hija, a la que confiesa no haberle prestado nunca mucha atención, tal como su padre hacía con ella.


Muchacha con inquietudes, Jane supera una etapa hedonista para introducirse en el mundo del activismo político de la mano de Simone Signoret, a la par que regresa a Hollywood, donde se distingue en el drama Baile de ilusiones (Sidney Pollack, 1969), un film sobre maratones de danza extenuantes ambientado en la época de la Depresión económica. Mientras gana un Oscar por Klute (Alan Pakula, 1971), un thriller paranoico donde interpreta a una prostituta tan desconfiada de los seres humanos como cercana a la esfera de su reloj -a la que observa de reojo para dar por concluidas las citas- realiza una escandalosa visita a Vietnam del Norte, intentando concientizar a los soldados de su país sobre las inconveniencias de la guerra. Perseguida por el gobierno de Richard Nixon, que buscó acusarla de traición a la patria, inventándole cargos de portación de drogas y poniéndola presa, se divorcia de Vadim y se casa con el pacifista Tom Hayden, involucrándose en cuanta causa se le cruce en el camino.


Durante los años 70 sus películas acumulan nominaciones, a la vez que va eligiendo roles de mujeres comprometidas con los problemas de su época. En Julia (Fred Zinnemann, 1977), encarnará a Lillian Hellman, una dramaturga de izquierda casada con Dashiell Hammett, perseguidos ambos por el macartismo de los años 50. Ganará otro Oscar por Regreso sin gloria (Hal Ashby, 1978), donde interpreta a la esposa de un militar que se enamora de un ex combatiente de Vietnam. En El síndrome de China (James Bridges, 1979), brillará como una periodista obstinada que descubre que algo huele a podrido en una planta nuclear. Ya como productora, en Cómo eliminar a su jefe (Colin Higgins, 1980), conformará un divertido terceto junto a Lily Tomlin y Dolly Parton para ilustrar las inequidades que sufren las mujeres en los lugares de trabajo. (Se está trabajando en una secuela de ese éxito.)



Cerrará un capítulo al convocar a Henry Fonda en la recordada En la laguna dorada (Mark Rydell, 1981), donde interpretará a una hija que buscará el reconocimiento emocional del padre, sanando heridas de antigua data y consiguiéndole al actor otro Oscar antes que parta de este mundo.


El político Hayden le dará un hijo y logrará que le financie una campaña política que no rindió frutos con las regalías del video más vendido en la historia: Jane Fonda´s Workout (1980), con el que se convierte en la reina indiscutida del fitness, papel que Nacha Guevara tratará de emular en estos pagos una década más tarde .

También protagonizará una deslucida adaptación de la novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo (1989), a las órdenes del argentino Luis Puenzo, quien pudo filmar en Hollywood gracias al éxito de La historia oficial.

Retirada del mundo del cine en 1990 –no había papeles interesantes para mujeres de su edad-, se casa con Ted Turner, el magnate creador de la CNN, del que se divorciará en buenos términos un tanto asfixiada por su apego y la imposibilidad de desplegar sus innumerables actividades.


Ya en el año 2000, en el quinto acto del documental, se permite ser ella misma, sin necesidad de un hombre en que afianzarse. Regresa al cine en una serie de films olvidables hasta que Juventud (Paolo Sorrentino, 2015) le vale una nueva nominación para el Oscar, componiendo a una estrella de cine ya pasada de años. La serie Grace and Frankie, que produce y en la que actúa junto a su amiga Lily Tomlin, la mantiene activa en las pantallas.


Poderosa, determinada, dueña de un encanto muy particular, generosa –Meryl Streep nunca se queda corta cuando se trata de agradecer las oportunidades y consejos que le dio en su debut en Julia-, siempre entrenando, amante del vodka, eterna protagonista en varias causas que tienen que ver con los derechos de la mujer, Fonda es una gran actriz y un modelo valorado por muchas mujeres, y destaca que la curiosidad es un motor en su vida. El documental –fluido y llevadero- deja abundantes testimonios al respecto.

Publicado en Regia Magazine, el 3 de octubre de 2018