2/8/19

Curso Almodóvar

Almodóvar en Menéndez Libros, Paraguay 431, Capital Federal
Curso dictado por el lic. Oscar Mainieri



Jueves 8 de agosto a las 17 hs.

Hable con ella, con Javier Cámara, Leonor Watling, Darío Grandinetti
La mala educación, con Gael García Bernal, Fele Martínez, Javier Cámara
Volver, con Penélope Cruz, Carmen Maura, Chus Lampreave





Jueves 23 de agosto a las 17 hs.

Los abrazos rotos, con Penélope Cruz, Lluís Homar, Blanca Portillo
La piel que habito,con Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes
Los amantes pasajeros, con Javier Cámara, Cecilia Roth, Penélope Cruz


Análisis de los films en el contexto de la obra del director. 
Los films deben ser vistos previamente.
Costo mensual 800 pesos
Material en la librería


1/8/19

Dogman, de Matteo Garrone





El director de Gomorra (2008) regresa a la pantalla con un trágico cuento sobre la amistad entre varones, inspirado libremente en un hecho real acaecido en 1988 en Roma. Garrone se toma licencias,  porque la acción del film transcurre en algún lugar del sur de Italia en la época contemporánea y es utilizado como muestra de la degradación de los valores de esa sociedad.


Marcello (Marcello Fonte) es un hombre pequeño, poco agraciado, de hablar dulce, que se entiende muy bien con los animales que custodia y acicala en su peluquería-guardería. Podría decirse que se entiende mejor con ellos que con sus dueños. Divorciado, tiene una hija pequeña a la que gusta obsequiar con mini vacaciones en locaciones en las que puedan bucear. No sabemos por qué su ex mujer no le dirige la palabra. Quizás tenga que ver con que Marcello, para acrecentar sus ingresos, es un vendedor menor de cocaína. Entre sus clientes, está su amigo, Simoncino (Edoardo Pesce), una mole de casi dos metros y 110 kilos de músculo, el terror de la localidad por la violencia que despliega a su paso y la costumbre de amedrentar a sus conciudadanos.  


Por esas alquimias de la amistad, Marcello se entiende con Simoncino como lo puede hacer con un dogo o un rottweiller; sólo que en lugar de un hueso necesita de un raviol de coca.  Juntos conforman una pareja despareja, a lo Laurel y Hardy. El humor se hace un lugar en el relato en algunas situaciones desesperadas, en cuotas módicas.  Tras haber sido cómplices en diversos atracos, el éxtasis del baile en las discotecas, donde el Charles Atlas descerebrado –como “ganador” que es- atrae mujeres que de otra manera ni se acercarían a Marcello. A medida que el consumo de la droga se acrecienta, el respeto dejará de ser un componente de la amistad y Marcello sufrirá humillaciones y vejaciones por parte de su admirado “amigo”. En determinado momento, Simoncino trasgredirá los límites de lo que Marcello puede tolerar...


La primera parte del film es una historia de amor tóxico entre los dos hombres. La comunidad hipotetizará en ponerle límites al terror de la comarca contratando un sicario para que lo borre del mapa, solución que prueba la poca confianza que inspiran las instituciones al vecindario. En la segunda parte, Marcello se transformará en el arma para neutralizar  a la amenaza, quizás por resentimiento, estupidez, o vanidad al buscar el beneplácito de la comunidad.   


El cine italiano, en su momento de gloria, tuvo en Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1959) un ejemplo de lazos fraternos entre una bestia (el boxeador interpretado por Renato Salvatori) y un santón (Alain Delon), envueltos en una relación homoerótica, compartiendo la misma mujer (Annie Girardot), los lazos de sangre corrompidos por el boom económico en la gran ciudad –Milán- a la que han emigrado desde un sur empobrecido en busca de progreso. Visconti apelaba al realismo entreverado con melodrama operístico para mostrar como el cambio afectaba las relaciones familiares.

Otro descendiente de italianos, Martin Scorsese, llamaba la atención de la crítica especializada con Calles peligrosas (1973), una historia ambientada en la Little Italy neoyorquina, donde Harvey Keitel componía a un buen muchacho católico -conflictuado por sus creencias religiosas y el deseo de progreso en el mundo de la mafia-  que tenía como amigo (Robert De Niro, en el papel que lo consagró) a un muchacho alocado e impulsivo que lo único que hacía era cometer estropicios que obstaculizaban ese ascenso tan deseado. Entre ellos, la prima del último, que noviaba a escondidas con el personaje de Keitel.  Scorsese lograba por primera vez esa mezcla tan particular de expresionismo y realismo para retratar una subcultura que él, como niño asmático, había visto desde la ventana de su casa.


Garrone, como post-neorrealista que es, ambienta la historia en un lugar impreciso – una ciudad balnearia olvidada del destino de Dios, metáfora de la Italia contemporánea-, la dota de una violencia desagradable, sin filtros ni tapujos, y nos hace ver que, a veces,  la amistad puede constituirse en la antesala de la desolación.
  
Fonte (que ganó el premio al mejor actor en Cannes por este papel) construye un personaje donde la heroicidad convive con la estupidez y la alienación, con el que es difícil identificarse. Si la suya es una victoria, es meramente pírrica. 

31/7/19

Monzón y las mentirosas




No resulta fácil escribir sobre la serie que tiene por tema la biografía de Carlos Monzón, siendo un personaje que produce emociones encontradas. Tampoco sobre la segunda temporada de Big Little Lies, que ha terminado recordando aquel refrán que rezaba que segundas partes…  

A lo largo de 13 capítulos -7 emitidos ya por el canal Space- Monzón cubre un amplio territorio de la vida del célebre campeón en la categoría mediano, uno de los mayores deportistas que ha dado Argentina, uno de los mejores boxeadores del mundo, famoso también por haber asesinado a su esposa y por su triste final en un accidente automovilístico en una ruta de Santa Fe, durante una salida transitoria que había obtenido en el marco de su condena.


El relato entrelaza dos historias, una que nace la noche del homicidio de Alicia Muniz con otra que nos muestra los inicios de la carrera del boxeador. La primera se irá desplegando en torno a la investigación del hecho aberrante, la segunda narrando el matrimonio con Pelusa, los entrenamientos con Amílcar Brusa, el encuentro con el dueño del Luna Park que terminará posibilitando la pelea con Nino Benvenuti , el ascenso a la fama y el romance con Susana Giménez en el set de filmación de La Mary (Daniel Tinayre, 1974).

Los dos segmentos tienen un elemento común en la violencia que –muchas veces atizada por el alcohol- descarga  el campeón, que tiene a la bestia muy a flor de piel, tanto como para perseguir a los golpes a Pelusa a lo largo de varias habitaciones, como para silenciar con una mirada al abogado que lo asesora cuando ya está preso.


La elección tanto de Jorge Román para el Carlos maduro como de Mauricio Paniagua para el joven es inmejorable. Ambos poseen una rotunda presencia física y son muy parecidos a quien retratan, tanto en los gestos y las miradas como en el andar de pantera que lo caracterizaba. Román es un gran actor, como sus protagónicos en El bonaerense (Pablo Trapero, 2002) y La León (Santiago Otheguy, 2006) lo demuestran. Paniagua tiene un futuro promisorio, dada su ductilidad y sensualidad.

El guion alterna escenas de cierta tensión emocional –el encuentro entre la madre de Alicia (inmejorable Soledad Silveyra) y el abogado que la patrocinará, Vargas Rissi (un correcto Rodrigo Pedreira), los encuentros entre el Carlos maduro y su representante legal (excelente Gustavo Garzón)-, con otros con atmósferas muy logradas, como la descripción que hace la cámara de la escena en que el crimen se va desarrollando en espacio off, recorriendo la casa. Muy catártica y bien planificada, la batalla en el ring entre el argentino y Benvenutti.



Los títulos recuerdan a los de Big Little Lies y Heridas abiertas en su estética, y la puesta en escena suntuosa a la de Historia de un clan (Luis Ortega, 2015), una referencia ineludible para los que se abocan al tratamiento de lo siniestro en materia de series nacionales. Los directores Jesús Braceras (Rizhoma Hotel, Estocolmo) y Gabriel Nicoli (2001: mientras Kubrick estaba en el espacio) desarrollan los eventos con buen ritmo narrativo, una excelente reconstrucción de época y una esmerada dirección de actores. Quizás algunas escenas resulten demasiado compuestas como para parecer espontáneas –el cuidado desnudo de la ayudante del fiscal del caso (Belén Chavanne) o la compra de varios rastrojeros en una concesionaria. Pero la vara que se pone el producto de Pampa Films, Disney Latino y el INCAA es muy alta y, hasta ahora, nada la desmerece. Las composiciones de Fabián Arenillas como Amílcar Brusa, Diego Cremonesi como el fiscal Gustavo Parisi, Paloma Ker como Pelusa, Lautaro Delgado Tymruk como Nicolino Locche y Florencia Raggi como la abogada Patricia Rosello son muy meritorias, cada una con su particular encanto. 

En cuanto a las emociones encontradas para el espectador, la serie permite pasar de la admiración por el esfuerzo y la tenacidad de este morocho descendiente de indios mocovíes -que de la pobreza más absoluta  llegó a ser una estrella destacada del jet set internacional-, a la irritación ante un machismo propio de la edad de las cavernas,  que hace gala darwiniana de su fuerza ante los más débiles y los derechos de posesión sobre las mujeres, tan habitual por estas comarcas, ahora y entonces.



En cuanto a la segunda temporada de Big Little Lies, desmerece en mucho los logros de la primera, se la percibe estirada como la frente de Nicole Kidman y un tanto reiterativa. Al no tener la cohesión que el misterio sobre la identidad del asesino del muñeco Ken maltratador y violador le otorgaba a aquellos primeros siete capítulos, y derivar para el lado de la culpa colectiva por mentir ante la ley para cubrir a la responsable del crimen, a las cinco actrices sólo les queda  el encanto de sus presencias y el de la sorora mayor, la gran Meryl Streep.
Streep, como la madre del difunto, caracterizada con una peluca que parece una calabaza y una dentadura postiza un tanto rígida, acude a su maleta de manierismos para encandilar al espectador. Tiene un par de encontronazos con el personaje de  Reese Witherspoon que sobresalen por la agudeza de los intercambios verbales y el timing de las actrices, y un round final en un tribunal con su nuera, Nicole Kidman, donde rememora su genial interpretación en Kramer vs. Kramer (Robert Benton, 1979) con una carga grotesca inigualable. De resultas, los guionistas también la harán sentir culpable a ella, que se paseaba tan campante señalando sus pecados a las sororitas.


Entre las subtramas, hay una que implica a la madre del personaje de Zoe Kravitz que se hace tan larga como Lo que el viento se llevó y en la que uno espera que aparezca un muñeco vudú para alterar el aquietado panorama.  Otra, la de la ambivalencia que siente el personaje de Kidman por el difunto, entre que disfrutaba del sexo violento con él y el afán de  supervivencia ante su maltrato, aburre por lo reiterada. Otra, la de la posible separación de la pareja que conforman  Witherspoon y el freakie Adam Scott, se vuelve plañidera y caricaturesca cuando la rubia se enfunda como un matambre dentro del vestido con el que se casó. Shailene Woodley hace lo que puede para poder volver a tener intimidad con un hombre; el novio que le eligieron - Douglas Smith – no ayuda mucho tampoco con sus propia idiosincrasia angular y enrulada. Como siempre, salvando que el budín se queme, está la reina del grotesco, Laura Dern, haciéndole pasar las de Caín a cada hombre que se le cruce en el camino, sea el director de la escuela o su propio marido.


En definitiva, se nota que la temporada fue realizada a los ponchazos, para aprovechar el suceso de su precedente. Los guiones lucen poco elaborados, sacando de la galera situaciones sobre las que no había información previa para el espectador. Y el montaje, poco más que insoportable: hay escenas que transcurren en un pestañeo: se dice que descontento con el resultado que la directora Andrea Arnold (American Honey, Fish Tank) le había entregado, el todopoderoso creador David E. Kelley, volvió a recurrir a la tijera de  Jean-Marc Vallée, que había confeccionado la dirección y edición del primer envío. Los resultados están a la vista. 

Difícilmente volvamos a ver juntas a las 5 de Monterey.



Publicado en Regia Magazine, el 25 de julio de 2019


Sharon Tate renacida


Quentin Tarantino le da un lugar en Había una vez en Hollywood a aquella belleza sesgada en la flor de la vida por la sinrazón de un chiflado en uno de los crímenes más atroces del siglo pasado. ¿Podrá la australiana Margot Robbie (El lobo de Wall Street, Yo, Tonya) insuflarle a su personaje algo del candor, la vulnerabilidad y la melancolía que emanaba la encantadora Sharon? 

Nacida el 24 de enero de 1943, hija de un coronel del ejército y un ama de casa, Sharon Marie Tate desde pequeña logró la admiración por la armonía de sus rasgos,  ganando concursos como la niña más primorosa en competencia. Cuando su cuerpo se desarrolló, era muy difícil que no lograra la atención de los hombres que la rodeaban. Según el actor Yul Brynner, Sharon poseía una cualidad frágil e incandescente que aportaba oxígeno a la habitación en la que se hallara. Mia Farrow destacaba un resplandor en ella más factible de ser encontrado en los niños, al igual que su capacidad para el deleite. “Poseía una amabilidad que hacía sentir necesarios a sus amigos. Todos la amábamos.”(1)

A raíz de una participación mínima en la película Barrabás (Richard Fleischer, 1961) que se rodaba en Italia, donde el coronel Tate y su familia estaban temporariamente destinados, llamó la atención de uno de los actores, que le pasó la tarjeta de su agente en los Estados Unidos.

Poco después,  firmaba un contrato a 7 años con el productor Martin Ransohoff, que veía en ella material para una estrella cinematográfica. Al principio, mientras adquiría destreza como actriz, tuvo pequeñas participaciones en series televisivas como Los Beverly Ricos o en films como Almas en conflicto (Vincente Minnelli, 1965), donde se dice que una malhumorada Elizabeth Taylor la hizo echar del set de filmación porque el encanto que emanaba eclipsaba el suyo.

Su primer rol de importancia lo obtuvo junto a David Niven y Deborah Kerr en un film clase B rodado en Inglaterra, El ojo del diablo (J. Lee Thompson, 1966), donde interpretaba a una bruja, las cejas peinadas hacia arriba. Insegura, no lograba que su dulzura quedara tapada por las maléficas cualidades del personaje; sin embargo, su hermosura cortaba el aliento.   
Más destacada fue su participación en No hagan olas (Frank Tashlin, 1967), una excéntrica comedia protagonizada por Tony Curtis y Claudia Cardinale, donde encarnaba a Malibú, una muchacha  novia de un beach boy de esos que gozaban en desarrollar sus músculos en las doradas playas californianas. Una secuencia inolvidable la tienen saltando sobre una colchoneta elástica con el más diminuto de los bikinis. La cámara la toma desde varios ángulos, mientras el abundante cabello rubio cenizo resplandece al brillo del sol. Rodeada de surfistas y enredos sabiamente administrados por el director, apenas tiene diálogo, parece un tanto misteriosa, pasa un buen rato en la cama de Curtis y vuelve a los brazos de su corpulento novio. El film no fue un éxito pero le valió mucha publicidad como chica del bronceador Coppertone, inspirando una muñeca Barbie denominada Malibú en honor a su personaje.

Pronto se transformó en la It girl de la época. Si Londres tenía como íconos a la actriz Julie Christie, a la modelo Twiggy,  California tenía a Sharon como poderosa influencia, en cuanto era dueña de un estilo libre y etéreo. Adoraba las camisolas antiguas, los cinturones anchos, los aros grandes, los collares de cuentas en la gama del blanco o del marfil. Se sentía cómoda tanto vistiendo ropas de diseño como  descalza, llevando un look playero, de un modo totalmente despreocupado. Lo acentuados del delineador, la sombra y el rímel le daban una glamorosa profundidad a sus ojos. Solía usar lápiz de cejas marrón y, para darle un toque de brillo a los labios, vaselina. Podía ir a un restaurante sin usar zapatos; muy inventiva, enlazaba tiras de cuero a una suela y se las anudaba en el talón. (Hoy día, diseñadores como Miu Miu, Julien Macdonald, Bianca Benitez, y Katy Rodriguez la tienen como musa). 

Enviada al Swinging London por su productor a una audición con Roman Polanski, que estaba buscando una actriz para La danza de los vampiros (1967), acepta una invitación para cenar con él. Sharon había concluido recientemente la relación con el famoso estilista Jay Sebring –el peluquero de las celebridades de Beverly Hills que sirviera de inspiración para el personaje que interpretó Warren Beatty en el film Shampoo (Hal Ashby, 1975)-, con el que estuvo a punto de casarse y al que vería morir acuchillado en la infausta masacre. Sin embargo, fue Polanski quien le propuso casamiento, encantado por su belleza, su naturaleza gentil y aérea, y sus cualidades como ama de casa: Sharon poseía grandes virtudes culinarias, era una excelente anfitriona y sabía cómo preparar las maletas de viaje su marido.

La boda fue un gran evento creador de tendencias. Dos figuras del “establishment anti-establisment” enlazaban sus destinos. La recepción se realizó en el Playboy Club de Londres. Se dice que Polanski ejerció una fuerte influencia sobre su mujer, no sólo en términos de cómo debía vestirse y conducirse, también expandiendo las fronteras de su tolerancia para que aceptara sus frecuentes infidelidades. Por lo que dicen las biografías, Sharon pivoteaba entre dedicarse a la actuación o abandonar lo laboral y ser la mejor de las esposas, dedicándose al hogar. Ante los consecuentes desaires del polaco (nacido en París pero trasladado a Polonia a los 3 años), volcó sus energías en distintos proyectos en los que cada vez lograba mayor destaque.

En La danza de los vampiros, una de las mejores parodias de los films de horror, interpreta a la hija de un posadero, toda inocencia, raptada por uno de esos monstruos de una tinaja en la que tomaba un baño de espuma. La doncella capta la atención del personaje que interpreta Polanski, el ayudante de un científico cazador de las viles sanguijuelas (un gracioso Jack MacGowran). Se enamoran y finalmente, cuando parece que escapan de un destino espantoso, descubrimos que la muchacha será la responsable de que el mal se desparrame por el mundo.   

Con el pelo teñido de rojo, Sharon otorga suficiente credibilidad a esa muchacha cada vez más pálida, encorsetada en aparatosos vestidos de época. Se la nota cómoda en manos de Polanski, confiada, y sus dotes para la comedia brillan.

De Hollywood le va a llegar la invitación a integrar el elenco del que sería uno de los films más taquilleros de 1968, El valle de las muñecas, basado en el best seller sensacionalista de Jacqueline Susann. El film es hoy objeto de culto, por su zigzagueo entre el camp más desaforado y la más pacata corrección cinematográfica. Aquí Sharon interpreta a Jennifer North, una muchacha que tiene el cuerpo como única dote, que junto con otras dos muchachas siguen el camino de la fama tanto en Broadway como en Hollywood. Viendo que su carrera no progresa, Jennifer se casa con un cantante a lo Dean Martin (Tony Scotti), que viene con hermana incluida (la inefable Lee Grant) y una enfermedad muscular que lo arrumbará en una clínica. Ante la paralizante noticia, la atractiva muchacha sufrirá un aborto espontáneo, lo que por otro lado es de agradecer porque la condición del padre era hereditaria. Desolada, Jennifer se verá obligada a abandonar una vida ambicionada como ama de casa para volver a trabajar, destacando como estrella del porno en Francia, para así cubrir los gastos de la enfermedad de su marido y los incesantes reclamos económicos de su propia madre. Como si fuera poco, la pluma melodramática de Susann  prescribe una mastectomía para el personaje, que vive de su cuerpo. Ahí Jennifer recurrirá las muñecas (“dolls”, barbitúricos como el Seconal y el Nembutal) en una dosis excesiva que la enviará a ocupar un lugar entre los ángeles.

Si a los acaecimientos de Jennifer les sumamos los de sus otras dos amigas (protagonizadas por Patty Duke y Barbara Parkins, que nunca volvieron a tener un papel decente en su carrera), que el film tiene todos los vicios –y virtudes- de una gran producción de Hollywood en lo que hace a vestuario, decorados y ambientación pero también la moralina del cine de los años 40, actores que sobreactúan o son de madera, una dirección sin mayor realce de Mark Robson (Peyton Place, la caldera del diablo, Terremoto), un hermoso tema musical cantado que se entromete en cada fotograma, intentos de atreverse a mostrar –módicamente- lo que no se podía antes que el código Hays de censura cayera, la querida Sharon no sale tan mal parada. Luciendo diseños de Travilla, jamás se la ha visto tan espléndida en pantalla, su natural melancolía desborda los ojos en forma de avellana y se la ve en pleno control de su personaje, lo que le valiera un Globo de Oro a la mejor promesa femenina.

Mientras Jay Sebring, que nunca ha dejado de amarla, se hace amigo de Polanski y forma parte habitual del paisaje, Sharon actúa en una parodia de film de espionaje llamada Matt Helm contra las demoledoras (Phil Karlson, 1968), donde los críticos subrayan cómo va adquiriendo cada vez mayor soltura como comediante. En privado, ella se ríe del cariz que va tomando su carrera, “soy esa pequeña cosita sexy” (2), dice de sí misma.
Si ella se siente desvalorizada, el pequeño Polanski logra un éxito gigantesco con El bebé de Rosemarie y pasa mucho tiempo en Londres escribiendo el guión de su próximo film, El día del delfín (que luego sería realizado por Mike Nichols). Embarazada, Sharon teme decirle a su marido sobre el acontecimiento. El no deseaba tener hijos por su visión poco optimista de la vida, dada una infancia tenebrosa, habiendo –entre una serie de desafortunados sucesos- escapado del gueto de Varsovia donde muriera su madre. Cuando finalmente se entera, su esposa lleva cuatro meses de gravidez. Tras un cierto malestar entre ambos, él acepta la situación con esperanza. Sharon piensa una vez más en abandonar su carrera y dedicarse a ser ama de casa. Con esa idea en vista, alquilan la casa de Cielo Drive 10050, hasta hace poco ocupada por Terry Melcher, el hijo de Doris Day, importante productor musical de The Byrds y Paul Revere and the Raiders. 

La casa había sido visitada varias veces por Charles Manson mientras estaba en tratativas con Melcher para que le produjera un disco. De hecho, habían grabado varios demos con la intermediación de Dennis Wilson, uno de los The Beach Boys, que los había presentado. Finalmente, Melcher decidió que el material no tenía la suficiente calidad como para editar un disco, provocando una gran frustración en Manson, que buscaba ese medio para difundir su evangelio esquizofrénico e ingresar al firmamento de los ricos y famosos.  

Encantados con la casa, Sharon y Polanski solían ofrecer fiestas en las que celebridades de la dimensión de Warren Beatty, Julie Christie, Jacqueline Bissett, Steve McQueen, Mia Farrow, Peter Sellers,  Candice Bergen, Michelle y John Phillips (de The Mammas and the Pappas) y otros se mezclaban con hippies amigables y otros con ideas delirantes como Manson y su clan. Pero no eran los únicos, era un clima de época donde la ideología del Flower Power, de la no violencia, junto con la experimentación en abundancia con diversas drogas y la liberación sexual, borraban las fronteras entre la clase privilegiada de la colonia artística y los miembros de la contracultura. 

De hecho, una noche de marzo de 1969, un fotógrafo iraní amigo de Sharon estaba en el porche de la mansión y vio que por el prado caminaba un hombre desaliñado, que trataba de atisbar por las ventanas hacia el interior de la vivienda. Preguntándole qué hacía ahí con un inglés a medias aprendido, el extraño respondió que buscaba a alguien que sonaba a “Melcher”. El intercambio llamó la atención de la actriz que se acercó y se confrontó cara a cara con el que sería el responsable ideológico de su muerte: Charles Manson. De natural dulce y acogedor, alguna mala vibra impulsó a Sharon a decirle al tipo que abandonara la propiedad.

Como Polanski demoraba su partida de Londres, Sharon aceptó un trabajo que le permitía estar cerca de él, una comedia a filmarse en Italia en la que tenía el protagónico junto a Vittorio Gassman y Orson Welles. El film se llamó 12 + 1, fue dirigido por Nicolas Gessner y obtuvo un éxito moderado al estrenarse al poco tiempo de asesinada su estrella femenina. Una vez más se destacaron sus virtudes como comediante y su pericia pese a filmarla con un embarazo muy avanzado.

Tras estar un par de semanas con Polanski en Londres, Sharon volvió a Los Ángeles, no sin recomendarle al polaco que leyera Tess d' Urberville, la novela de Thomas Hardy, que ella tanto había disfrutado y que veía como un vehículo posible para que ambos realizaran juntos. (Polanski terminó adaptándola en 1980, con Natassia Kinski en el protagónico, dedicando el film a su amada Sharon).

La protagonista de la novela  que encandiló a Sharon es una heroína con un destino de sacrificio. Para simplificar, digamos que por un problema de clase social, termina asesinando a su marido, y esperando pasivamente a la policía tendida sobre una de las piedras de Stonehenge.

La noche del 20 de julio fue la última vez que estuvo con su madre y hermanas; juntas compartieron la emisión televisiva en directo del primer alunizaje del hombre.
No vamos a hablar aquí de la abyecta Susan Atkins, ni del Álbum Blanco de los Beatles, ni de lo que sucedía en el rancho Spahn. Hay muchos documentales, artículos y libros sobre ese fenómeno llamado Charles Manson (todo un éxito del merchandising) y lo que llevó a semejante horror, esas noches del 9 y del 10 de agosto de 1969. 

Para los que quieran indagar en esa dirección, hasta hoy el mejor libro sigue siendo Helter Skelter, escrito por el fiscal del caso, Vincent Bugliosi, en colaboración con Curt Gentry, publicado en 1974 y con varias reediciones.  También, hasta hoy, la mejor versión fílmica sobre esos tristes hechos que sumieron en estupor al mundo es una miniserie basada en ese libro, Los crímenes del clan Manson , con dirección de Tom Gries, realizada con suma eficiencia para la televisión en 1976.

Lo que importa resaltar es que con la muerte de Sharon Tate, del hijo que estaba a punto de dar a luz en 10 días, sus circunstanciales acompañantes y el matrimonio LaBianca, una estrella se apagó y el cielo quedó más oscuro. Hollywood nunca volvió a ser lo mismo. 

Notas
1.    Catálogo de subastas de bienes de Sharon Tate. (https://juliensauctions.com/auctions/2018/Sharon-Tate/Sharon-Tate-flipping-book/74/)
2.    Greg King, "Sharon Tate and the Manson Murders”, Open Road Integrated Media, New York, pág. 56
Otras fuentes consultadas:



Publicado en Regia Magazine, el 15 de julio de 2019