6/2/20

Judy


Pocas figuras del Hollywood clásico tuvieron el enorme talento de Judy Garland, como actriz, cantante y bailarina. Pocas tuvieron una vida con tantos altibajos y se labraron una leyenda cercana al martirologio con ellos.

El film de Rupert Goold toma del último año de vida de la diva su visita a Londres para dar una serie de conciertos, lo que le posibilitaría un respiro financiero y el combustible para pelearle la custodia de sus dos hijos menores a su tercer marido. Con la salud muy desmejorada, adherida como una ventosa a la alternancia del alcohol y de las píldoras, y con unas ansias de afecto y reconocimiento desmesuradas, Judy se las arregla para enfrentar el desafío y conquistar el escenario y a su público, ya sea de pie, acostada o sentada, según el grado de intoxicación de ese momento.

Si en unos años se recordará este musical es por la interpretación de Renée Zellweger, que consigue integrar los manierismos de la ya más que decadente Judy y hacerlos propios, con una distancia paródica no exenta de compasión. El film mismo, basado en una obra teatral, arroja una mirada piadosa hacia los horrores que la mujer padecía, suavizando y embebiendo en tintes azucarados y rosados, una trayectoria en caída libre.

Quien consiga la biografía de Anne Edwards sobre la doliente estrella, se enterará de que ese tramo final, poblado de ilusiones con poco sustento en la realidad -fundadas en un nuevo marido parasitario o una cadena de cines con su nombre o un renacimiento artístico de ave fénix o un reencuentro con sus pequeños- no es más que un derrape hacia la postrera dosis de pastillas.    

Un enfoque más realista fue el que diera la miniserie La vida con Judy Garland: yo y mis sombras (Robert Allan Ackerman, 2001), contada desde el punto de vista de su hija Lorna, que nos ofrecía una semblanza de la vida de la estrella, con sus glorias y ocasos. Allí, en su edad adulta, era interpretada de manera incomparable por la inigualable Judy Davis, que no imitaba sino que componía un personaje, y que no cantaba ella misma -como sí lo hace decorosamente Renée- sino que nos permitía acariciar una vez más la voz de la verdadera Judy a través de grabaciones originales de cuando estaba en el pináculo de su carrera.

Con padres provenientes del vaudeville y del music hall, la pequeña Frances Ethel Gumm -tal su verdadero nombre- trajinaba los escenarios desde los 3 años. Formó un grupo con sus dos hermanas mayores y, en 1935, fue contratada por la Metro Goldwyn Mayer. Tras varias apariciones en distintos films musicales, logra la consagración como la adolescente Dorothy, su papel en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), que le vale un Oscar especial. Entre otros temas, allí interpreta “Somewhere Over the Rainbow”, un himno melancólico a la esperanza eternamente renovada que se transformará en su marca de fábrica.

Luego de una sucesión de comedietas en las que formó rubro con otro adolescente, Mickey Rooney, en las que interpretaban el modelo ideal de la juventud estadounidense, chicos sanos en un ambiente rural, reunidos permanentemente junto a la fuente de soda de la farmacia pueblerina, él diseñando planes que ella apoyaba y ayudaba a concretar, comedias que ayudaron a establecer su imagen de chica común, la vecinita de al lado, de rasgos agradables y ojos de mirada desmesurada, nunca una belleza pero dueña de un empuje y una impulsividad más propia de los varones, vinieron papeles más comprometidos.

De la mano del que sería el padre de su hija Liza, protagonizó uno de los hitos del musical estadounidense, La rueda de la fortuna (Meet Me in St.Louis, Vincente Minnelli, 1944), un retrato de la vida provinciana estadounidense amenazada por el progreso que trae una feria de innovaciones técnicas.

Tras 27 películas en 15 años y haberle permitido recaudar 80 millones de dólares, en 1950 la MGM rescindió su contrato, debido a sus llegadas tardes a los sets -cuando se presentaba- y sus conductas erráticas y agresivas para con el resto de los compañeros. La productora no era ajena a estos problemas de comportamiento, derivados de años de suministrarles a varios actores anfetaminas para que rindieran más en las extensas jornadas de trabajo (llegaban a filmar hasta tres películas por año) y somníferos para que pudieran dormir por las noches. Tales desequilibrios, más fuertes carencias afectivas de base, hicieron de Judy una adicta a las píldoras y el alcohol, sufriendo crisis que desembocaban en intentos de suicidio y a ser internada en “casas de salud” (como eran llamadas las clínicas psiquiátricas en esa época), a la vez que sufría desequilibrios extremos en su peso y figura corporal.

Alejada de la industria del cine -nadie se atrevía a contratarla- inicia su etapa de conciertos en grandes teatros, los primeros importantes en el Palladium de Londres, una de sus tantas reentradas al mundo de espectáculo.

Adorada por la capacidad de su voz de conectar en un nivel primitivo de emotividad con el corazón de sus oyentes y espectadores -en especial el público gay, que la transformó en su ícono, dada su capacidad de resiliencia, su androginia y sus tics cada vez más pronunciados y teatrales, una catedral del camp- los recitales ayudaron a pagar las numerosas deudas acumuladas y a reestablecer temporariamente la siempre temblorosa autoestima. De la mano de otro de sus maridos, el productor Sid Luft, padre de sus hijos Lorna y Joseph, regresa al mundo del cine con un gran proyecto, la primera versión musical de Nace una estrella (George Cukor, 1954), otro de los hitos del género, autogestionado con el apoyo de la Warner. Nominada para el Oscar, lo pierde a manos de Grace Kelly.

A partir de allí, sus apariciones cinematográficas disminuyen. Dos papeles dramáticos – uno que le vale una nominación como actriz secundaria, en la marmórea El juicio de Nuremberg (Stanley Kramer, 1961), otro en Un niño espera (John Cassavetes, 1962)- y un drama musical realizado en Inglaterra, en donde interpreta a una cantante. Éste último, en clave autorreferencial y pleno de guiños queer, se llamó Amarga es la gloria (Ronald Neame, 1963), y tomaba ventaja de las presentaciones teatrales de Judy ante el público inglés que le rendía pleitesía y la emparejaba con un señor ambiguo (nada menos que, ¡oh la la!, Dirk Bogarde) con el que había tenido un hijo.  (Se dice que tres de los cinco esposos de la Garland fueron bisexuales, al igual que su progenitor)

Un par de años antes, en 1961, había brindado un recital en el Carnegie Hall y la grabación de ese evento le valió un Grammy, siendo uno de sus discos más vendidos, donde se ratifica su extraordinaria capacidad de entrega y su hipnótica conexión con la audiencia.

En 1963 tuvo un show televisivo que abarcó 26 episodios, donde interpretaba sus grandes éxitos y hacía de anfitriona de numerosos talentos de la nueva y de la vieja guardia, alabado por la crítica, pero cancelado dado su alto costo y sus bajos números de audiencia.

Ese fue el último de sus grandes logros y el comienzo del declive final, desbordante de situaciones desagradables y patéticas que el film de Rupert Goold edulcora, entre borlas de talco rosadas y admiradores gays que parecen salidos de Los ositos cariñosos. Sería una pena que quienes no la conocieron en su apogeo se queden con esta imagen de trazo grueso que la interpretación de Renée dibuja de un tramo de su vida en donde ya no quedaban ni arco iris ni pajaritos que pudieran cantar.

Frances Ethel Gumm nació en Grand Rapids, Minnesota el 10 de junio de 1922. Judy Garland falleció en Londres, de una sobredosis de barbitúricos prescritos bajo receta médica, el 22 de junio de 1969.

Fuentes consultadas:
Edwards, Anne, Judy Garland, Simon & Schuster, New York, 1975
Dyer, Richard, Heavenly Bodies. Film Stars and Society. Routledge, New York, 2004