18/2/22

Spencer

 

Desorientada en sus propios pagos, Lady Diana (Kristen Stewart) se aproxima en un descapotable rojo sangre al castillo de Sandringham, donde pasará la Navidad con la familia real. Ya lleva casi 10 años de casada con el príncipe Carlos (Jack Farthing, de sorprendente parecido facial a Julianne Moore) y se ha enterado que le ha regalado a su amante Camila (Emma Darwall-Smith), un collar de perlas exactamente igual al que va a regalarle a ella.

Este es el punto de partida del nuevo film del chileno Pablo Larraìn (Tony Manero, Post Mortem), en el que repite una estrategia que le rindiera frutos en Jackie (2016): hacer ingresar al espectador en el sentir de un personaje histórico. En aquel caso era Jackie Kennedy, aquí una Diana Spencer muy alejada de los almidones y brillos de la revista Hola.


 

En la cena de Nochebuena, rodeada de figurones que controlan cada milímetro de sus movimientos, la tensión que experimenta la muchacha lleva a que el collar se desgrane, cayendo algunas perlas en la sopa de crema de arvejas. Contada desde su punto de vista, la escena es un logro que trasmite al espectador la incesante turbación que experimenta esta heroína gótica moderna. No sólo se siente apresada por las miradas de sus parientes, los sirvientes también colaboran en la empresa real. Incluso le han puesto un cancerbero (Timothy Spall, tan disecado como un bacalao) que, como un director de tráfico, la guía sobre lo que sería conveniente hacer para cumplir los protocolos atosigadores o para que se reencuentre con un fantasma, la decapitada Ana Bolena, sorora en desgracia de tantos ensueños y pesadillas.

Entre lujos de vestuario y escenografía, la pobre Diana va dando tumbos en busca del atracón nocturno que compensará momentáneamente las expulsiones orales de su estómago en incontables visitas a los inodoros reales. También volverá -desobedeciendo la ley y el orden-  a la ruinosa casita de los viejos en noches de insomnio, en busca del consuelo que no encuentra por ningún lado, salvo en sus hijos y en su mucama y amiga Maggie (Sally Hawkins, notable como es usual en ella), y en algún chef que se conduele de sus miserias.  


 

Posando como una figura de Playmovil ante las cámaras de los fotógrafos, siempre ávidos de su esencia para construir a la princesa del pueblo, invocando en relámpagos de memoria a un padre protector, del que quedan jirones de ropa cubriendo a un espantapájaros, Diana entrampada en el castillo boquea como pez fuera del agua.

Spencer es un film irregular, como lo era Jackie, pero bastante imaginativo en muchos de sus tramos, preñado de presagios y atmósferas turbias que le quedan bien a esta figura tan satinada por los medios. Cuento de hadas negro, tiene en la Stewart una intérprete arriesgada que sabe dar una actuación expresionista:  quebrada por dentro, adopta posturas más adecuadas en el robot de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). No hay más que observar cómo ladea su cuello, rotos los tensores que amasijan la carne con los huesos, para darle chapa de gran actriz.


 


2/2/22

Licorice Pizza

 


El nuevo film de Paul Thomas Anderson (Boogie Nights, Magnolia, Petróleo sangriento, El hilo fantasma) es una buena excusa para volver a visitar una sala de cine, dados su virtuosismo técnico y su alta calidad audiovisual. Ambientado en el lugar en donde se crió y todavía vive el director, -el Valle de San Fernando, en 1973-, narra la historia de amor entre un muchacho de 15 años y una mujer de 25.

El lugar es importante porque es el patio trasero de Hollywood, y está habitado por individuos con sueños de triunfar en la industria del cine pero que, dada la alta tasa de frustración en sus cometidos, pueden derivar hacia otras iniciativas comerciales, tan irrazonables como las que encara Gary. A tan temprana edad intuye que su pasado como actor infantil está quedando atrás y puede iniciar un negocio de venta de camas de agua, o anticiparse a la despenalización de las máquinas de Pinball en California e instalar un local poblado de ellas. Es tan emprendedor, tan seguro e independiente para su edad que parece mayor, y no duda en declarársele a Alana que, entre la sorpresa y la curiosidad, lo secundará en varias de sus aventuras, a la vez que va encontrando un lugar en el mundo. 


 

Las constricciones morales de nuestra época mantienen a la historia de amor dentro de los límites de la castidad, y sirven de hilo argumental para una visión caleidoscópica de la vida en el Valle. A la manera de la novela picaresca, Anderson elige una estructura argumental parecida a la de La dolce vita (Federico Fellini, 1960), donde el recorrido vital del protagonista servía como radiografía de una época de Roma, atravesando distintos episodios que pueden mostrar los abusos policiales de la época, la facilidad con las que los gerontes podían conseguir una mujer joven embobada con la fama, o que un peluquero devenido amante de una estrella famosa podía repartir necedades a troche y moche.

Como se observa, no todo es rosado en el mundo de Anderson. Bajo la apariencia de la comedia romántica subyace el tema que le es común a toda su filmografía: las relaciones de poder que informan todo vínculo humano. Las vimos entre padre e hijo en la extraordinaria Petróleo sangriento; entre maestro y discípulo en la hipnótica The Master; entre los miembros de un matrimonio en la sofisticada El hilo fantasma. Aquí la relación entre los protagonistas es asimétrica en cuanto a la edad, niveles de independencia económica y capacidades: Alana puede conducir autos, lo que es todo un valor en una ciudad en donde nadie camina ni toma autobuses. Pero mientras el muchacho depende de ella en cuestiones como ésa, sus bases están sólidamente establecidas a nivel social y laboral. El deambular de Alana por distintos ámbitos y situaciones hará que su personaje crezca y encuentre la estabilidad identitaria  que Gary posee hace mucho tiempo. Y ese deambular permitirá al espectador sumergirse en el bajo vientre de una sociedad que detrás de situaciones glamorosas esconde la hediondez de una cloaca.


 

Hay homenajes a las ya por entonces veteranas estrellas de Hollywood: Lucille Ball y William Holden aparecen apenas disfrazados en dos secuencias del film, la primera amenazando con castrar a Gary por una mofa que el joven le hizo mientras escenificaban un número musical en vivo para la televisión; el segundo - a través de un afable Sean Penn-, seduciendo a Alana para que sea su audiencia y después descartándola cuando consigue un público más numeroso.

Las mejores secuencias del film tienen a Jon Peters (el popeyesco Bradley Cooper) como centro irradiante; escasea el combustible por un embargo que los árabes impusieron al Imperio estadounidense y necesita llenar el tanque de su descapotable para acudir a una cita con Barbra Streisand (que será su compañía romántica durante 9 años y a quien le producirá Nace una estrella. El ex peluquero será el símbolo del Hollywood por venir: su liaison con la estrella lo conducirá a originar Flashdance, El color púrpura, Top Gun, el Batman de Tim Burton, entre otros sucesos). Anderson lo pinta con las tonalidades burlonas de un hombre de Cromañón, amenazante, despótico, casi un psicópata, a la busca de carne en que estampar sus dientes.


 

 Tras su paso tan ridículamente devastador, Alana quedará afianzada; ya no satélite de un hombre sino conductora de su propio destino (la metáfora del camión). Será voluntaria en la campaña de un político municipal pero ya estará lo suficientemente avispada como para separar la paja del trigo y ver más allá de las apariencias. Tanto verá que descubrirá a un muchacho sospechoso que podría ser el doble del francotirador de Nashville. El homenaje a Robert Altman, uno de los precursores de Anderson, va acompañado por otro al Taxi Driver de Scorsese, cuando Alana como sosías del personaje que interpretaba Cybill Shepherd le transmite su inquietud ante aquella acechante presencia a un compañero de campaña.


 

Más allá de la miríada de intertextos a los que el film alude -su título es el nombre de una cadena de disquerías que frecuentaba el director- nunca se pierde en un vórtice infinito como sucede en el caso del último opus de Tarantino,  Había una vez en Hollywood, porque la altura con la que se mide Anderson es la de los seres humanos y no la de los mitos. Gary y Alana son un muchacho con acné y una mujer con rasgos faciales modernistas con los que uno se puede topar en la cola del supermercado, que sufren con las incomodidades que la Historia de su país les inflige (el negocio de los colchones de agua perece por la crisis del petróleo); los actores que los interpretan no son super estrellas y trabajan por primera vez para la pantalla grande (uno es el hijo del actor fetiche de Anderson, Philip Seymour Hoffman; la otra, una de las figuras del grupo musical Haim). La autenticidad emocional y el desenfado que trasuntan en sus encuentros y desencuentros lucen naturales, nunca prefabricados.

Y Licorice Pizza es uno de los mejores films del segundo año de la pandemia del coronavirus, una fiesta inagotable para muchos de los que amamos el cine, con su capacidad para entretener y expandir imaginaciones siempre ávidas ante lo imprevisible, maravilloso y artero que reside en lo humano.