24/7/21

La voz humana, de Pedro Almodóvar

 


En el pasado Festival de Venecia se estrenó este cortometraje basado en la célebre pieza de Jean Cocteau, sobre una mujer de mediana edad que espera el llamado telefónico de su amante que le confirmará que no volverán a verse. Codiciado por las actrices porque les permite un gran lucimiento, el monólogo –la voz del hombre no se escucha-, hay una versión previa cinematográfica con la gran Anna Magnani (Roberto Rossellini, 1948), y otra para televisión, donde Ingrid Bergman (Ted Kotcheff, 1966) se desvive por mantener el contacto hasta revolcándose por los suelos.

La versión de Almodóvar adapta muy libremente la pieza, coloca en el centro de la cámara a la maravillosa Tilda Swinton, y es su primer aventura en inglés. Filmada a comienzos de la pandemia, en un estudio de sonido que forma parte de la escenografía que, a su vez, incluye el decorado del departamento en que la mujer se encontraba con su amante, permite un despliegue de la actriz y de artificios en la puesta en escena que llevan el sello del manchego.



Swinton encarna aquí a una modelo –lo que da la excusa a que luzca un vestuario despampanante que puede cambiar de un plano a otro sin necesidades dramáticas-  cuya natural apariencia alienígena se ve subrayada por el recurso de unos auriculares inalámbricos para escuchar a su hombre que parecen formar parte de su cuerpo y dan la impresión de una actriz ensayando un soliloquio. Por suerte su ceño se frunce, sus ojos se inundan de desesperación y se desplaza continuamente por los espacios que el director habilita, a veces con la compañía de la perra que dejó el desertor, a veces en la soledad más cortante.   

La voz de la escocesa amalgama los distintos saltos de plano, ocultando y volviendo casi transparente la artificiosidad del envío. El cuerpo se desplaza por distintas dependencias evitando el estatismo de otras puestas. La de Rossellini se anclaba en largos planos del rostro de la ilustre romana y permitía la intromisión de sonido ambiente en los momentos de silencio abrumador, entre llamada y llamada. La de Kotcheff llevaba la máscara de la sublime sueca a reflejarse en un espejo mediante efectos de maquillaje –donde se veía prematuramente envejecida-, con la cámara siguiendo sus nerviosos desplazamientos por las habitaciones deteniéndose en busca de cigarrillos que había prometido no fumar.

Las versiones antiguas, apegadas al texto original, dejaban a la mujer en el lugar de la postración ante el canalla, hasta culpándose por la separación . El director de Volver, fiel a su estilo, empodera a su víctima; el corto se inicia con Swinton comprando un hacha en una ferretería regenteada por el hermano de Almodóvar. Tras someterla por unos momentos al suplicio que sufrían algunas de sus heroínas anteriores -(la Marisa Paredes de La flor de mi secreto, la Carmen Maura de Mujeres al borde de un ataque de nervios y La ley del deseo), a las que les costaba desarraigarse de esa geografía masculina tan recorrida, le posibilita expectorar la ira contenida, no volviéndola hacia sí misma, sino externalizándola en un huracán de destrucción, sin dejar de lado algunos toques humorísticas.



Si agregamos que los colores de los muros combinan con el vestuario, que una regadera puede ser utilizada tanto para dar vida como para destruir, que aparecen varios de los libros cuyos autores el director adora, y que un cuadro de Artemisia Gentileschi –“Venus y Cupido”- preside con mirada rectora el accionar de la mujer, descubrimos que estamos en un territorio estético reconocible y somos guiados por una mano magistral.